Canciones de amor
Debemos abatir los confines, para tocar y ser tocados, para salir a la incertidumbre como quien sale a la fresca las noches de verano
Esta semana, el azar me ha empujado a las costas deleuzianas, para desdibujarme sus contornos. Deleuze defiende que la tristeza no nos hace inteligentes, ni lúcidos, al contrario, en la tristeza estamos perdidas. Es por esto que los poderes tienen la necesidad de alimentar sujetos tristes. Cuando tenemos un afecto triste, según el filósofo, un cuerpo actúa sobre el nuestro, un alma actúa sobre la nuestra, a partir de unas condiciones o a través de una relación que no nos conviene, que nos apaga las potencias. No hay nada en la tristeza que permita que los cuerpos o las almas formen un territorio común.
Por eso mismo, hace unos años, reivindiqué la alegría como una tecnología de resistencia. Frente a la tristeza que nos hace impotentes, inmóviles, sumisos, debemos perseverar en la alegría. El pensamiento deleuziano, arraigado en el jardín de Spinoza, defiende la alegría como resistencia; es una potencia, una fuerza que nos permite efectuar nuestras capacidades. Nos permite evitar las pasiones tristes: la resignación, la mala conciencia, la culpa. Esta cartografía de la tristeza se aviene con mi manera de ser en el mundo, desde la infancia he intentado escapar de los tentáculos de la melancolía, de la pena, de las pasiones tristes. Este verano, sin embargo, la lectura de Pánico y ternura, de Paz López, me ha hecho redibujar los contornos de la tristeza, para acercarme al concepto desde otro lugar.
Paz López nos cuenta que, en julio de 2015, uno de los hijos de Nick Cave cayó desde un acantilado junto al mar y los golpes fueron mortales. ¿Cómo es posible sobrevivir al absurdo devastador que supone la muerte de un hijo? Nick Cave continuó cantando canciones de amor, que según él son el “sonido de la pena”. No de la pena singular que entumece, ni la que incubamos para sentir compasión de nosotras mismas, no la pena que nos convierte en el centro del mundo, un centro invivible, como el infierno. La pena de la que habla Cave es un vacío que clama al cielo, para pedir amor y consuelo. Es un lamento desatado que busca a los demás. Como el pájaro que camina a ras de suelo, herido, pero quiere saber que no es el único, quiere saber que volverá a emprender el vuelo.
Paz López defiende que quizás la tristeza nace con nosotros para salvarnos la vida. Como una inteligencia misteriosa y congénita, unos brazos que nos elevan un poquito por encima de la línea de flotación. La tristeza nos recuerda que es necesario movernos, encender las fuerzas insólitas que nos permitirán seguir viviendo. La tristeza, si la miramos a los ojos, nos empuja a abandonar determinados espacios, a buscar lugares más propicios.
En las páginas de Pánico y ternura, he encontrado un Nick Cave lector de García Lorca. Según Lorca, hay un espíritu triste que habita determinadas obras de arte, lo llama el “duende”. No es como las musas inspiradoras o una facultad de la inteligencia, sino un instinto de vida que arraiga en el dolor humano y permite elevarse. Sacude el sol bajo nuestros pies, nos arrebata la comodidad, la fortaleza, nos recuerda que “vivir es empobrecerse de certezas, de seguridades, de formas cerradas”.
Un cuerpo liberado
La tristeza de la que habla Lorca, donde pueden beber las creaciones artísticas, no es el sufrimiento de un ego engrandecido, es un retorno a la “remota provincia” donde se imprimieron nuestras tristezas tempranas, es el enigma que nos hace sentir amor por un olor, por una voz, por un gesto, por un paisaje. La tristeza de Lorca, la que impregna las canciones de amor de Nick Cave, no nos deja encerrados en la habitación de las heridas, del agotamiento, del rencor, sino que abre en nosotros la posibilidad de un movimiento, de una palabra nueva, de un cuerpo liberado.
La autora de Pánico y ternura defiende que al oír una canción de amor, a veces, lloramos, no porque nos pongamos tristes, sino porque la tristeza se nos hace ligera, como una alegría tierna. Cada vez que escuchamos una canción de amor, no los artefactos superficiales que encajan dentro de los umbrales de cada época, una canción de las que nos turban el cuerpo y el alma, algo renace dentro de nosotros. Podemos mirar el pasado y sufrir sin devenir crueles, sin permanecer inmóviles, con las manos llenas de ternura.
Según Paz López, las canciones de Nick Cave son una casa de acogida para la gente que no encuentra cobijo suficientemente en los espacios de la vida. Nick Cave comprendió que para aligerar el peso de la existencia era necesario hacerse tierno, perforar los muros donde hemos enclaustrado la bestia salvaje y fascinante que es la propia vida. Debemos abatir los confines, para tocar y ser tocados, para salir a la incertidumbre como quien sale a la fresca las noches de verano.
Las canciones de amor son una playa de palabras que nos recibe, náufragos, mientras entendemos por qué hemos sido salvados, mientras hacemos tiempo antes de volver a alta mar. La ternura es oceánica, no como el pánico, que es terrestre.