Por qué cambiamos de lengua sin darnos cuenta?
Las ideas que tenemos sobre las lenguas condicionan más de lo que pensamos la manera como hablamos
¿Cuántos de vosotros habéis empezado una conversación en catalán y, al cabo de poco rato, habéis acabado hablando en castellano? Quizás la otra persona os había contestado en castellano pero os entendía perfectamente. Quizás no sabíais si hablaba catalán. Quizás era una persona que acababais de conocer y no la queríais hacer sentir incómoda, o quizás, sencillamente, os salió así.
Con todo, es posible que ninguna de estas respuestas explique del todo qué ha pasado. En realidad, antes de decidir qué lengua hablaremos, ya tenemos muchas ideas sobre las lenguas que usamos. Consideramos que una es más útil, que otra es más propia de un lugar, que una determinada manera de hablar es más culta o más fina, que un acento es más agradable que otro o que hay lenguas que sirven para todo y otras que no sirven para determinadas cosas.
Ideologías lingüísticas
Estas ideas pueden parecer opiniones personales, pero forman parte de un conjunto de creencias que en sociolingüística se llaman ‘ideologías lingüísticas’. El concepto, desarrollado y estudiado por autoras como la antropóloga lingüística Kathryn Woolard, hace referencia a las ideas que tenemos sobre las lenguas y sobre la relación que mantienen con las personas que las hablan. Estas ideas pueden tener que ver con la identidad, con la utilidad, con la corrección o con aquello que consideramos ‘normal’. A menudo, sin embargo, no las percibimos como ideas: sencillamente, nos parecen evidencias.
Por ejemplo, si decimos que una lengua es ‘más internacional’ que otra, probablemente no pensamos que estemos haciendo ninguna valoración sobre aquella lengua. Nos parece que simplemente describimos una realidad: tiene más hablantes, se habla en más territorios o es más habitual encontrarla fuera del territorio en que es propia. Con todo, esta etiqueta también puede hacer que la percibamos como una lengua más ‘útil’, más ‘necesaria’ o, incluso, más ‘moderna’.
Con las lenguas que consideramos ‘locales’ puede pasar una cosa diferente. Las podemos asociar más fácilmente con un territorio, con una manera de vivir o con una identidad concreta. En este sentido, Woolard, a partir de los trabajos de la sociolingüista Susan Gal, habla de dos maneras de dar valor a las lenguas que nos pueden ayudar a entender muchas situaciones cotidianas: la autenticidad y el anonimato.
Una lengua es percibida como ‘auténtica’ cuando la relacionamos con un lugar o con un grupo de personas. Es la lengua que nos parece que identifica ‘a los de aquí’, la que asociamos a una comunidad concreta. En cambio, una lengua es percibida como ‘anónima’ cuando parece que no es especialmente de nadie: es la lengua general, la que puede usar todo el mundo y que, precisamente por eso, parece menos marcada.
En el caso de las Baleares, diversos estudios han observado esta diferencia en la manera como se perciben el catalán y el castellano. El catalán tiende a asociarse más fácilmente con una comunidad concreta, mientras que el castellano puede aparecer como una lengua más general, compartida por todos. Dicho de otra manera, el catalán puede servir para identificar a alguien como miembro de un grupo, mientras que el castellano puede aparecer como la lengua que no necesita esta identificación.
Esto nos vuelve a llevar a aquella conversación que comenzábamos en catalán. Si consideramos que el catalán es la lengua de un grupo determinado, es posible que, antes de usarlo con una persona desconocida, queramos saber si aquella persona forma parte del grupo. ¿Es de aquí? ¿Habla catalán? ¿Tiene acento? ¿La conocemos? Si no lo sabemos, puede ser que el castellano nos parezca una opción más ‘segura’.
Ahora bien, esto no pasa siempre porque la otra persona lo hable mejor (¿cuántas veces hemos oído conversaciones en castellano entre personas que se nota que son catalanohablantes iniciales?). Simplemente puede pasar porque hemos aprendido a percibir el castellano como una lengua que no necesita explicaciones.
Aquí, sin embargo, aparece una paradoja. Si solo usamos el catalán cuando sabemos que la otra persona es catalanohablante, es difícil que lleguemos a descubrir que también la habla la gente que ‘no lo parece’. En este caso, de hecho, la pregunta siguiente sería esta: ¿cómo ha de ser una persona para que nos ‘parezca’ catalanohablante?
Además, esto puede tener consecuencias especialmente importantes para las personas que aprenden catalán. Si cuando una persona que no consideramos ‘de aquí’ nos habla en catalán le contestamos automáticamente en castellano, puede interpretar que el catalán no es una lengua para ella. Aquello que para nosotros puede ser un cambio de lengua casi automático, para la otra persona puede ser una señal que le indica qué lengua esperamos que hable.
Cuestiones prácticas
Esto no quiere decir, evidentemente, que todas nuestras decisiones lingüísticas sean consecuencia de una ideología. También hay cuestiones prácticas: podemos elegir una lengua porque es la que dominamos más, porque es la que usa nuestro interlocutor o porque es la que necesitamos en aquel momento. Las ideologías lingüísticas, pues, no explican toda nuestra conducta lingüística, pero sí que pueden ayudarnos a entender por qué, ante una misma situación, dos personas pueden tomar decisiones diferentes.
Por lo tanto, las ideologías lingüísticas son interesantes porque condicionan lo que, de entrada, podrían parecer decisiones muy pequeñas: la lengua que elegimos con un desconocido, la sorpresa que nos hace sentir que alguien ‘de fuera’ hable catalán, el acento que consideramos más elegante o aquella palabra que nos parece ‘muy nuestra’, entre muchas otras cuestiones.
Muchas veces no pensamos en ello en absoluto: llegamos a un lugar, empezamos una conversación, alguien nos responde en otra lengua y nosotros, casi sin darnos cuenta, la cambiamos. Ya lo hemos hecho antes y probablemente lo volveremos a hacer. A partir de ahora, sin embargo, podemos intentar fijarnos en ello, no tanto para decidir qué lengua deberíamos hablar, sino para preguntarnos qué nos ha hecho elegirla.