Observatorio

Bellver: un programa en la cima

La Simfònica inició el jueves el Festival Bellver con el violinista Sergei Dogadin

27/06/2026

PalmaEl tándem Tchaikovski-Dogadin fue el encargado de inaugurar esta nueva edición del Festival Bellver, como un apéndice de la temporada de la Orquesta Sinfónica Illes Balears, en el marco incomparable, que es un tópico, pero incontestable. Dirigía la función Pablo Mielgo, que de nuevo mostró buena química con el solista de turno. Sergei Dogadin ya había tocado con los mismos acompañantes en dos ocasiones anteriores. La temporada 23/24 interpretó el Concierto para violín, de Alexander Glazunov, y la siguiente fue el encargado de abrir la temporada de la Sinfónica con el Concierto para violín. A la memoria de un ángel, de Alban Berg. El jueves, quiero suponer que con el Domenico Montagnana, del 1721, nos ofreció una pieza más reconocida que las mencionadas, pero con un grado de dificultad superior, tan inmenso como excelso, con el Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 35, de Piotr Ilich Tchaikovski, el único que el ruso que muchas veces no lo parecía compuso para este instrumento. 

No hace falta decir que cualquier indicio de originalidad con pretensiones revolucionarias, en su momento inicial e iniciático, siempre genera un brote de improperios de los cuales no se salvó el compositor. Como por ejemplo un “apestaba el oído”, que le dedicó el crítico austriaco, nacido en Praga bajo el dominio de los Habsburgo, Eduard Hanslick. Hoy, ya en la cima, es uno de esos ocho mil musicales que no necesita defensa ni ponderación. Un clásico, que combina a la perfección armonía estética con funambulismo interpretativo. Un reto para el cual se necesita –“tan solo”– una sobredosis de excelencia para su ejecución. Aunque hubo un mínimo descontrol inicial, la interpretación se asentó enseguida para convertirse en un monumento musical de las dimensiones y características que atesora y que no son pocas. Sergei Dogadin desplegó todas sus habilidades, aumentando prestaciones con una cadenza superba, entre las notas de una melodía mítica. De una delicadeza marca de la casa la Canzonetta, el segundo movimiento; enérgico y penetrante el tercero. Allegro vivacissimo, nunca mejor dicho. Bis de rigor. El público en pie.

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Por si fuera poco, que esto siempre es un hándicap, tras una pieza tan famosa y prestigiosa, tocó el turno a Johannes Brahms y su Sinfonía núm. 1 en do menor op. 68, que algunos mezquinos tacharon de la “décima de Beethoven”, cuando seguramente tiene tantas deudas o más con Wagner. Aun así, sin olvidar las estructuras del primer y el cuarto movimiento, con sello propio, personal e intransferible, Brahms en estado puro. Pero el imponente Inicio de los timbales le pasó factura, hoy convertida en anécdota, porque lo que requiere su interpretación es una imponente sobriedad, que no es oxímoron sino un hecho. Quizás faltaban un par de efectivos para encumbrar la composición al lugar que le corresponde, pero, en cualquier caso, Mielgo y la orquesta dejaron patente la sobriedad y el rigor para redondear un programa en la cima.