El rey Juan Carlos vuelve a Mallorca (y Marivent) después de siete años para celebrar un aniversario
El rey emérito aprovechó una visita relámpago para celebrar los 80 años de Miguel Arias, propietario de Flanigan y amigo suyo desde la juventud
PalmaJuan Carlos I ha vuelto a Mallorca y al palacio de Marivent siete años después. El rey emérito aprovechó una visita relámpago a la isla para entrar el domingo en la residencia que concentró durante décadas la vida familiar, política y social de la monarquía española. Antes celebró en el restaurante Flanigan el 80.º aniversario de su propietario, Miguel Arias, un viejo amigo de los tiempos en que el establecimiento era conocido como 'el restaurante del Rey', según ha avanzado La Vanguardia.El monarca había llegado el domingo por la mañana a Mallorca en un avión privado procedente de Ginebra. El viaje coincidió con la salida de Felipe VI, que había abandonado la isla para visitar, junto con la reina Letizia, a los vecinos desplazados por los incendios y alojados en un polideportivo de Villamanta, en Madrid. Esa misma tarde, el monarca viajó a Lima para asistir a la toma de posesión de la nueva presidenta de Perú, Keiko Fujimori.
No hubo, por tanto, reencuentro entre padre e hijo. Cuando Juan Carlos I entró en Marivent, poco después de las 20.00 h, Felipe VI ya había partido. En la residencia, quedaban la reina Sofía, las infantas Elena y Cristina, algunos de los nietos y otros familiares. También estaban la reina Ana María de Grecia, hermana de Sofía, y la princesa Alexia. El emérito estuvo en Marivent hasta poco antes de la medianoche. Después se desplazó hasta Cala d'Or, a unos 60 kilómetros de Palma, para pasar la noche en casa de su amigo Manuel Piñera. El lunes a primera hora abandonó Mallorca en un avión privado con destino a Cerdeña.
La visita quedó así reducida a unas pocas horas, muy alejada de los largos veranos en que Mallorca se convertía en el centro político, social y familiar de la monarquía. Un almuerzo en Portals, unas horas en Marivent, una noche en Cala d'Or y un nuevo avión privado a primera hora de la mañana.
La última visita oficial del emérito a Mallorca fue durante la polémica misa de Pascua de Resurrección de 2018, cuando las reinas Sofía y Letizia tuvieron un desacuerdo público por unas fotos con las infantas Leonor y Sofía. No había pisado la isla desde su abdicación, cuando la Casa Real impuso un cordón sanitario para salvaguardar la imagen de su hijo como nuevo rey después de los escándalos de Botsuana, Corinna y su patrimonio. De manera privada, Juan Carlos I asistió en 2019 a la boda del tenista Rafa Nadal, que se celebró en una fortaleza de Pollença, al norte de Mallorca.
Un amigo de antes de ser rey
El motivo del viaje fue el 80 aniversario de Miguel Arias, que el domingo reunió a sus familiares y amigos en el restaurante Flanigan del puerto de Portals. La relación entre Arias y Juan Carlos I se remonta a los años 50, mucho antes de que Mallorca se convirtiera en el escenario de los veranos de la Corona. El entonces príncipe acudía a esquiar a Navacerrada y se alojaba en el hostal que regentaban los padres de Miguel. Pepe Arias, hermano del restaurador, era uno de sus profesores de esquí. Miguel Arias fue uno de los pioneros de este deporte en Navacerrada y estudió hostelería en la misma promoción que Juan Mari Arzak. Más adelante gestionaría Baqueira Beret, la estación frecuentada tradicionalmente por la familia real, y actuaría como consultor de Klaus Graf para definir el modelo que debía seguir el puerto de Portals. Arias había contribuido a reimpulsar el turismo de nieve en el Pirineo leridano y trasladó a Mallorca una fórmula basada en la combinación de deporte, ocio y servicios.
Su relación con Juan Carlos I era anterior a las fotografías, las cenas y las reverencias que rodearían al monarca durante los veranos mallorquines. Cuando preguntaban a Arias por su relación con el rey respondía: "El rey no tiene amigos. Su cargo no se lo permite”.
La historia, sin embargo, muestra una relación de décadas. Arias no era uno de los que buscaban un apretón de manos con el jefe del Estado para colgar después la fotografía, sino alguien que ya formaba parte de su vida antes de que Marivent se convirtiera en la residencia de verano de la familia real.
“El restaurante del rey”
Miguel Arias fue uno de los primeros empresarios que apostó por el puerto de Portals. Abrió allí Flanigan, un restaurante sin grandes sofisticaciones gastronómicas que acabaría convirtiéndose en uno de los principales escaparates sociales de los años 80 y 90. En plena eclosión del puerto, visitar Mallorca implicaba ver la Seu, subir al castillo de Bellver y cenar en Flanigan.
La carta respondía al carácter austero del propietario: tortilla de patatas, croquetas caseras, calamares, gambas al ajillo, pimientos de Padrón, pan con tomate, gazpacho, macarrones y hamburguesas. No había salsas que pudieran disimular el producto. “Si es bueno, perfecto. Si no, no hay excusas”, sostenía Arias.
La terraza concentraba la vida del restaurante. Durante los años del boom, sus mesas redondas se convirtieron en las más codiciadas por la beautiful people. La lista de espera era interminable y los poderosos se resistían a abandonar el local o a esperar su turno. Algunos hasta se ofrecían a pagar la cuenta de los comensales que ya habían llegado al postre si eso les permitía ocupar su mesa.
Por Flanigan desfilaron banqueros como Mario Conde, Alfredo Sáenz y José María Amusátegui, empresarios, aristócratas, famosos y toda una corte de personas convencidas de que bastaba alargar la mano para saludar a Juan Carlos I y a sus hijos, habitualmente acompañados de regatistas. De ahí que muchos comenzaran a referirse al local como “el restaurante del rey”.
No había, sin embargo, fotografías de los clientes colgadas en las paredes. Arias se negaba a aprovechar comercialmente su presencia. “No se puede explotar a los clientes, por eso no tengo imágenes”, explicaba. Tampoco anunciaba el restaurante. Consideraba que una promoción escasa le permitía responder a los descontentos que nadie les había pedido que fueran allí.
La discreción no impedía que Flanigan figurase en la agenda de todos los paparazzis. Era uno de los grandes puntos de vigilancia de la prensa del corazón: un lugar donde podían coincidir la familia real, las grandes fortunas españolas y figuras internacionales como Claudia Schiffer. El local reunía así dos Mallorcas complementarias: la de los poderosos que querían ser vistos y la de los mallorquines bien relacionados que consideraban ridículo hacer cola un 15 de agosto para exhibirse.
Para Juan Carlos I, Flanigan tenía también un sentido práctico. El restaurante estaba delante del amarre del Bribón. Cuando el viento no permitía navegar durante las regatas del puerto de Portals, el monarca entraba a hacer un bocado. Restaurante, barco y amistad quedaban unidos en una misma rutina estival.
El final de los veranos en Marivent
Juan Carlos I había comenzado a veranear en la isla antes de ser proclamado rey. Su presencia transformó Mallorca en escaparate internacional de la monarquía y en capital política durante el mes de agosto. Por Marivent pasaron presidentes, monarcas y personalidades de todo el mundo, mientras las fotografías de la familia real navegando o participando en las regatas asociaban definitivamente la figura de Juan Carlos I con la isla.
Aquel vínculo quedó interrumpido después de la abdicación, los escándalos sobre su patrimonio y el posterior traslado a Abu Dabi. Antes de viajar este domingo a Mallorca, el rey emérito había celebrado en Ginebra la victoria del Bribón en el Campeonato de Europa de la clase 6 Metros. Juan Carlos I no ha vuelto este verano a Abu Dabi debido a la temperatura elevada y ha pasado buena parte del tiempo en Cascais, donde se aloja en residencias de amigos portugueses.