Somos tu novia, no tu ‘groupie’: no pienso adoptar el ‘hobby’ de mi novio
No hace falta compartir aficiones con la pareja: una defensa de hacer vida propia y no convertirse en la "groupie" de los hobbies del otro
PalmaMi novio y yo no tenemos ninguna afición en común. No tenemos los fines de semana para salir a caminar o escalar a la montaña, ni tampoco los miércoles de salsa o bachata, ni las tardes de yoga o las mañanas de bici y café de especialidad. No tenemos nada que nos vincule al otro como un abono, una actividad extraescolar que ya has pagado hasta el curso que viene. Te puedes desapuntar en el momento que quieras. Estamos aficionados el uno al otro, sin intermediarios. Una cosa limpia, que no da lugar al error, un vale en blanco con opciones aleatorias: la última sesión del día para ir a ver la de Sorogoyen, una excursión en pádel surf por la Colonia de Sant Pere, una exposición en la Toni Catany, un paseo por el Estanyol o una cena en el vietnamita de Palmanova.
Ambos hemos asimilado que hacemos las cosas que nos gustan a solas, que no debemos convencernos mutuamente de probar nuestros hobbies; que eso no nos hará mejores a nosotros ni tampoco a nuestras aficiones. Lo tenemos bastante claro, hasta que nos vamos de vacaciones a nuestra estimada provincia de Cádiz. Entonces, aparecen los pactos: él acaba tomando rebujitos a las tres de la madrugada dentro de una caseta en la feria de Conil y yo, alquilando una tabla de surf durante dos horas en El Palmar. Y todo para concluir lo mismo que Foster Wallace, que aquello es Una cosa divertida que no volveré a hacer nunca más.
Me he subido encima de una tabla de surf tres veces en mi vida, y cada una ha empezado con la misma sensación de no saber cómo se comporta aquel trozo de corcho. Puedo reconocer buena parte del campo semántico del surf y entender qué es un in and out, pero, cuando la ola viene hacia mí, quedo paralizada, sin saber qué hacer con aquellos dos metros de miedo y adrenalina. Es gracioso ver a una persona tan fuera de su medio natural, y por eso le concedo el lujo a mi novio de verme así, gritando que qué suerte que sé leer y escribir y que no me tengo que dedicar a nada que tenga que ver con eso para sobrevivir.
Ni mi cabeza ni mi cuerpo están hechos para asimilar aquellas fuerzas de la naturaleza. Yo no practico el deporte: yo entreno el ridículo. No hay nadie que grite más que yo en esta playa. “¡Las quillas, las quillas! ¡Las quillas me pegarán en la cabeza!”, advierto constantemente a mi novio –ahora, instructor– cuando me anima a dejarme llevar empujada por una ola. Yo sé lo que viene después: la punta de delante se hundirá, perderé el control y la espuma me hará salir expulsada hacia un lado, y mi bikini y la tabla, hacia otro.
En el tiempo que dura este excepcional momento de obedecer las órdenes de mi novio, solo puedo pensar en mis musas, y en la compasión que sentirían por mí. Recuerdo a Amaia, cuando le hicieron mechas californianas en Operación Triunfo: “Me dicen: ‘Estilo surfero’. Y yo: ‘¿Pero qué dices de surfero? ¡Pero si yo soy de Pamplona!’”. Y también a Hannah, al inicio de la última temporada de Girls, cuando parte a hacer una crónica de un surf camp y finge una lesión en el brazo para liberarse de las clases y refugiarse en la enfermería. Un recurso que, en mi caso, tengo que descartar, porque el enfermero también es mi novio.
Hombres que buscan afición y no pareja
Desconfío de las parejas que están tan unidas por un deporte, o por una afición. Me pregunto: si se las quitaran, ¿qué quedaría de ellos? ¿Sabrían enfrentarse al vacío? ¿Tendrían cosas que decirse? Me recuerdan a los matrimonios que, entre ellos, se llaman “mami” y “papi” y que, cuando los hijos se van de casa, se dan cuenta de que ya no tienen nada en común. Pero aún desconfío más de los hombres que buscan parejas con sus mismas aficiones. Es como si no pudieran soportar que alguien les tenga que hablar de un tema que no les interesa durante las dos horas que, como mucho, pasarán juntos al día (el tiempo que nos queda después del trabajo, el gimnasio, la compra, la cena, el táper). Y este es justo el tipo de tipo que nos encontramos en la playa durante nuestras vacaciones: chicos con chicas aficionadas al surf –lo practiquen o no–, que caminan unos pasos detrás de ellos por la arena, arriba y abajo, haciéndoles fotos y vídeos, vestidas con camisetas anchas “estilo surfer”.
Desde el chiringuito donde me siento puedo presenciar esta puesta en escena. En la mesa de al lado, se sientan dos parejas y una de las chicas presume de saberlo todo de las rutinas de su chico, y las explica orgullosa: “Cada mañana toma colágeno y también se come la piel del pollo, porque es una fuente natural”. Más bien, es su groupie. Espigo otras conversaciones y las voces de ellas siempre parecen un eco lejano, como si sus palabras estuvieran dictadas: suenan usadas, aprendidas de memoria. Repiten que las “condiciones hoy no son buenas” o que es “un deporte muy sacrificado”, como si no pudieran estrenar el silencio con sus ideas nuevas, frescas, hilvanadas en su cabeza. Ellas hablan de lo que ellos ya saben, intentando llenar el vacío que los separa. Y yo me hago cruces recordando el tiempo en el que intenté entender qué era un ollie o un varial, sentada en el banco de la plaza del Tub, con mis amigas. Pasivas, inmóviles, rodeadas por skaters interesados solo en romperse la tibia en muchos trocitos.
Deshago el camino desde el chiringuito caminando por la arena, consciente del trauma colectivo que es haber invertido tantas horas en aficiones que no nos interesaban, solo por intentar acortar este vacío. Hasta que llego a nuestra toalla, donde mi chico habla con otro surfer, de las Filipinas, que de repente me ofrece su tabla: “¿Y tú, no haces surf?”. No, gracias, está bien así.