Yo era una niña "con barriguita" y no quería saberlo

Una crítica a la presión estética hacia los niños: salir a caminar o ir a entrenamiento funcional con tu madre y la pregunta de "¿Por qué necesito hacer deporte?" como detonante de desórdenes en la adolescencia

29/03/2026

PalmaMarc viene a clase de entrenamiento ‘funcional’ conmigo. En algún momento, ‘funcional’ se convirtió en una palabra para referirnos a un tipo de ejercicio físico y todas lo aceptamos. A mí me resulta extraño. ‘Funcional’ me suena a “el mínimo que puedes hacer para ir por la vida”. Me gustaría saber por qué es funcional. ¿Te hace funcional a ti? Entiendo que sí, que te pones fuerte para poder ser funcional como ser humano. Que es la razón por la que me he apuntado yo. Para tener cierta fuerza, en un futuro, para ser autónoma, controlar mis esfínteres y no mancharme encima después de haber parido (si es que lo hago alguna vez), por ejemplo, o para poder cargar ladrillos de leche y no necesitar la ayuda de estos hijos que habré parido. No lo sé. No sé por qué lo pienso en términos de maternidad. La cuestión es que, si no pongo remedio, mi musculatura empezará a desprenderse más y más de mis huesos, hasta ser totalmente disfuncional. Ahora lo veo de esta manera, en términos prácticos. Pero durante mucho tiempo no fue así: era en términos estéticos que lo pensaba. Y me da pena que a Marc le acabe pasando lo mismo.

Cargando
No hay anuncios

En Marc tiene diez años y hace sentadillas y abdominales rodeado de mujeres de entre 30 y 60 años, los miércoles por la tarde. Lo busco con la mirada cada vez que rotamos de ejercicio, intentando descifrar qué está pensando, si se siente extraño entre nosotras, si es consciente de ello. En Marc, con su culo de abeja y su barriga aún convexa, de bebé, me recuerda a mí. Porque los y las que hemos sido niños panzones tenemos esta conexión, nos miramos a los ojos y nos entendemos. Nos une nuestro momento más humilde: el de haber parecido mujeres de 70 años cuando no habíamos ni acabado la Primaria. Nos detectamos y, en silencio y comunión, nos guardamos este secreto. No se lo diremos a nadie, fuera de aquí continuaremos sanos y salvos.

Esto es lo que parece Marc, un abuelo en clase de pilates, cuando la profesora de 'funcional' le hace agacharse y mantener la pelota de fitness pegada a la pared con la espalda. Es muy gracioso y a todas les parece una monada. A mí, en parte, también. Y digo en parte porque desde que he entrado por la puerta no dejo de preguntarme qué hace un niño aquí. Mi primera suposición ha sido que su madre, que también hace clase con nosotros, no ha conseguido liberarse de él ni la hora que dura el entrenamiento y que lo ha tenido que llevar con ella. Pero de repente, al percibir su insistencia porque Marc haga bien los ejercicios, descarto esta hipótesis. Y empieza a cobrar fuerza la teoría de que, así, mataban dos pájaros de un tiro. El interés porque el niño acabe las repeticiones –y no por tenerlo entretenido– me hace pensar que esta era la mejor solución para ponerse ambos en forma.

Cargando
No hay anuncios

Marc, entrenando con su madre, me recuerda a mí, yendo a caminar con la mía, en quinto o sexto de Primaria, paseo Marítimo arriba y abajo. Me pregunto si a Marc tampoco le gustan los deportes. Si, ni siquiera, el fútbol le interesa, aunque sea por mimetismo; si ya han tenido suficiente paciencia con él, como la tuvieron conmigo, para intentar engancharlo a alguna extraescolar. Y me pregunto qué le gusta hacer, a Marc; si preferiría estar en su casa, pintando, o en la biblioteca, leyendo un libro sobre insectos. ¿En qué debe pensar, Marc, cuando le hacen botar la pelota medicinal en el suelo, con fuerza? Me pregunto si todo esto, en algún momento, le hará sacar conclusiones erróneas. Me pregunto si su cabecita un día, en el camino de la escuela a entrenamiento 'funcional', se detendrá a pensar por qué tiene que ir allí, si no se lo pasa nada bien; si encontrará la respuesta a por qué necesita hacer deporte. Y, lo que más me preocupa: si esta respuesta le pasará de largo o si le quedará escondida, en algún rincón del cerebro, para aparecer en plena adolescencia, sin herramientas para domarla.

A mí me quedó latente, esta respuesta, el motivo por el cual en un momento dado me convino hacer deporte. “Esta niña tiene barriguita” o algo así oí decir al pediatra poco antes de que en casa todo volviera desnatado, integral y sin azúcar, y de que me pusieran a caminar. Entonces, los cambios dieron resultado y supongo que volví al peso recomendado. A cambio, aprendí que A+B=C y, más tarde, probé de replicar la misma fórmula, con peores resultados. Digamos que la dismorfia de un cuerpo adolescente es una bomba de relojería cuando ya te han enseñado el atajo para menguar tus carnes.

Cargando
No hay anuncios

Con el tiempo, me lo he preguntado. ¿Por qué caminar? ¿Por qué no una actividad con otras niñas? ¿Por qué no un deporte para competir, para jugar, para pasarlo bien? Y, después, recuerdo que nada me gustó lo suficiente para decir a mis padres “quiero volver”. Ni las clases de natación, ni las de hípica, ni las de patinaje; ni siquiera el baile: abandoné batuka, ballet y hip-hop. Supongo que por eso mismo estoy aquí, con Marc, haciendo entrenamiento ‘funcional’ los miércoles.