Si a mi madrina la volvieran a echar de su casa
No hace falta ninguna pirueta vital para quedar en la calle. Basta ser una mujer normal, cualquiera, como las que te encuentras por la calle: en el supermercado, en el bus, en la sala de espera del médico. Todas estas mujeres era mi abuela.
PalmaNo hace falta que te desahucien para quedarte en la calle. No hace falta que un fondo buitre compre tu casa para perderla, basta con no poder pagarla. No hace falta la Policía para que te saquen de tu hogar, pueden hacerlo tus hijos. No hace falta la fuerza, pero sí violencia, para dejar a una jubilada sin casa. No hace falta ser Maricarmen. También puedes ser María del Carmen.
Para quedarte sin casa, basta con haber sido una mujer nacida en los años 30 en España, haber tenido los hijos que no te convenían y confiar en que el Estado, algún día, te compensaría por todo el trabajo hecho a su servicio sin cotizar. Pero mi abuela no sabía todo esto. Tuvo que morir mi abuelo para descubrir que si a los cerca de 700 euros de pensión de viudedad que cobraba le restábamos los 650 de alquiler, en cuestión de meses estaría en la calle. Tuvo que morir mi abuelo, también, para descubrir que no podría contar con ninguno de sus hijos varones –ni con su fuerza de trabajo– para salir adelante. De buenas intenciones está hecho el cielo y de mujeres con familias desestructuradas, el estado del bienestar.
No hace falta ninguna pirueta vital para quedarse en la calle. El sistema ni siquiera necesita jugar sus cartas para echarte de tu casa. Basta con que intentes avanzar en el tablero, como una dama, para caer en alguna de sus trampas. Basta con haber tenido una vida normal. Basta con ser una mujer normal, cualquiera, como las que te encuentras por la calle: en el supermercado, en el bus, en la sala de espera del médico. Todas esas mujeres eran mi abuela. Con ella os habríais cruzado un día cualquiera, pensando que podríais ser ella, de mayores: una octogenaria que necesita ayuda para cargar la compra. De veras, que podríais ser ella: una octogenaria con una vida entera compactada en dos cajas de cartón debajo de la cama.
Todo pasó muy rápido. Quizás las cuentas nunca le habían salido. Ni siquiera había ahorros para gastar. Solo unos hijos y un agujero negro en la libreta. Nadie la echó fuera: fue su sentido común y la urgencia de una deuda que no sabía desde cuándo arrastraba. Nos dijo “llevadme con vosotros” e hicimos tanta vía que debió quedar la taza de la merienda en el fregadero todavía por fregar aquel día. Cuarenta años y una familia de siete sepultados en un quinto con ascensor con vistas a la parroquia. Tanto tiempo para construir una vida y tan poco para despedirte de ella. No sabía que aquel día sería el último día. O quizás sí, y por eso –de entre todo lo que podía recoger– cargó los álbumes de fotos y el vestido de novia.
A veces, no es tan bueno explicar por qué una persona ha tenido que dejar su casa sin hacer una mudanza, ni cómo ha llegado hasta aquí. Lo más probable es que mi abuela nunca se planteara que esto le podía pasar: que el día que se fuera no tendría que alquilar un camión para transportar sus cosas. Tampoco debía imaginar que, sin embargo, allí a donde iba no habría lugar para sus cosas. Porque suponía que muy mal tenía que hacerlo para tener que abandonar su vida y quemar el pasado, como una fugitiva. De ella he aprendido a no dar nunca por garantizado un techo. Y de mi madre, a garantizármelo. Me pregunto si mi abuela nunca soñó con una casa, o sintió su casa antes como una pérdida que como una fantasía. Si depositó su fe en otras parcelas, descuidando esta. Me lo pregunto ahora, que todas soñamos con paredes. ¿En qué estamos dejando de soñar nosotras?
No nos hace falta ninguna desgracia para quedarnos en la calle. Pero sí un sistema social para salvarnos, porque entre nosotras nunca nos podremos salvar a todas. Mi madre lo intentó: vendió su casa –mi casa, mi infancia– para conseguir nuestra casa, algo grande, fuera de Palma, donde cupiera un plural: las tres. ¿Y entonces quién nos tenía que salvar de nosotras mismas, de nuestra estructura carcomida, de los cuidados infectados? Tan solo lo hicieron nuestros impuestos y la decisión de alguien de invertirlos allí donde tocaba para sacarnos del infierno, para liberarnos del peso de un problema estructural que soportábamos con una infraestructura familiar.
Me gustaría saber qué habría pasado si no hubiéramos salvado a mi abuela de la calle, cómo habría respondido el engranaje dentro del cual estamos metidas, qué recursos se habrían activado, y si habríamos sido capaces de poner a prueba, hasta las últimas consecuencias, el estado del bienestar. Me gustaría saber qué habría pasado si no hubiera tenido ninguna hija mujer, si no hubiéramos hecho red, si alguien más habría parado el golpe. Me gustaría saber de cuántas cosas más se ahorran hacerse cargo, porque ya nos ocupamos nosotras. Me gustaría saber cuántas Maricarmens y Marías del Carmen más estamos salvando y cuántas, todavía, necesitan ser salvadas.