Los isleños han tenido que renunciar a ir a las playas más emblemáticas

Los residentes en las Baleares a menudo buscan horarios intempestivos, fechas fuera de temporada y espacios inaccesibles para combatir la expulsión que sufren por la masificación

25/07/2026 - 17:12 h.

Palma“Recuerdo que veníamos con la motito desde Sóller, con los amigos. Bajábamos a Cala Deià con la moto hasta casi la playa y nuestras barquitas estaban todo el verano sobre la arena. Había gente de Deià, sollerenses y cuatro turistas. Qué tiempos...”. Lo recuerda Tomeu Ferragut, un sollerense que hoy ni se plantea ir a uno de sus lugares preferidos del litoral mallorquín: “Cada año comparecía allí Narcís Serra, del gobierno de Felipe González. Conocíamos a sus guardaespaldas. Y hacíamos bromas. Todo era muy familiar”.

Hoy, Cala Deià es otra cosa. A las 11 h de la mañana todos los accesos y aparcamientos de la cala están llenos. Esto provoca que se cierre la carretera que baja a ella, lo que genera caos circulatorio porque los turistas no renuncian a visitar el paisaje que Instagram les ha mostrado. Devuelven el coche a la carretera principal, la general de la sierra de Tramuntana, y generan un atasco monumental. “Se paran en medio de la carretera, cada día es lo mismo. En las carreteras de Mallorca no se puede trabajar”, espeta desde el volante José, uno de los muchos repartidores que se desesperan en medio del tráfico.

Los residentes sí que pueden bajar, porque el Ayuntamiento tuvo que organizarles un aparcamiento específico. Antònia Mas dice que va por la mañana temprano porque “por mucho que haya aparcamiento para los vecinos, también se llena”. Además, “algunos coches de alquiler no se andan con miramientos y se meten”, explica Toñi, otra vecina de Deià. “Yo recriminé la actitud a un extranjero de un 4x4 y se rió de mí. Es muy triste”, lamenta. “Y no solo es bajar, la aventura. Es que después, cuando quieres subir, te encuentras coches de alquiler por todas partes, parados, mal aparcados, atascos, gente dentro del coche que no se quiere mover porque ha visto una foto y sí o sí quiere ir a la Cala. Es normal que los locales renunciemos a nuestra costa”, asegura Toñi.

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Todo se transforma

Tanto una como la otra coinciden en la transformación vertiginosa de los últimos 20 años, que “lo ha reventado todo”. “Ya no es la Cala, es el pueblo entero”, dice Toñi. “Yo no estoy en contra del turismo, trabajo para un extranjero que tiene una finca grande. Él es muy respetuoso, ha restaurado las casas, ama mucho la isla. Pero es el primero que no se compraría una propiedad aquí ahora mismo, porque es insoportable”, afirma: “He llegado a tardar 40 minutos para recorrer unos 300 metros de carretera a la altura del pueblo. Creo que no hace falta decir nada más”, lamenta.

Antònia Mas añade que “en Deià las tiendas de ropa son prohibitivas, para ricos. La comida, los bares, todo se ha transformado. Es un escaparate artificial y los locales nos hemos quedado excluidos y lógicamente, en parte, somos culpables. Hemos vendido la isla”, sentencia.

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El caso de Cala Deià no es desafortunadamente una excepción. Los isleños han tenido que adaptarse a la avalancha de millones de turistas que quieren visitar como sea los lugares que los instagramers han consagrado como visita obligada. Y no pararán hasta conseguirlo, aunque tengan que colapsar un acceso o pasar horas al sol haciendo cola.

Los isleños ya habían vivido la transformación del paisaje, las construcciones masivas en el litoral y la desfiguración del territorio en nombre de los ingresos del turismo. Pero en los últimos años han constatado que, además de todo esto, no tienen ni el consuelo de poder disfrutar mínimamente del paraíso en el que se supone que viven. “Vamos a la playa como a escondidas, por la tarde al final, entre semana, es ridículo. Yo voy en moto a un rinconcito mal accesible, tienes que llevar deportivas para llegar y escarpines para meterte en el agua. Una gincana porque hemos consentido ceder todos los tesoros al negocio turístico”, explica Miguel García, un peninsular que llegó a Mallorca hace 25 años y se enamoró del Caló del Moro (Santanyí). “Ahora no voy ni de broma antes de octubre. Jamás me lo habría imaginado”, lamenta.

Por lo tanto, la masificación turística ya no transforma solo la tierra, sino también las costumbres de quienes viven allí. Esta es una de las principales conclusiones del trabajo de fin de grado en Geografía de Sergio Gómez, dirigido por el profesor Miquel Àngel Coll, que analiza cómo la saturación de los espacios litorales condiciona los hábitos de los residentes.

El estudio, basado en una encuesta a 404 residentes de Mallorca, revela que el 85% asegura que ha dejado de ir a algunas playas durante los meses de verano debido a la masificación. La investigación apunta a que esta situación ha provocado una adaptación de los comportamientos de los residentes, que modifican tanto los horarios como los días y los meses en que disfrutan de las playas para evitar las aglomeraciones. “Decidí hacer el estudio porque todo mi entorno hablaba del tema. Y, en realidad, los resultados son demoledores. Todo el mundo ha tenido que renunciar a disfrutar de su entorno. Es una consecuencia lógica de llevar 19 millones a un espacio reducido donde vive un millón de habitantes”, explica el autor, Sergio Gómez.

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Esta es una de las conclusiones principales del trabajo: los residentes han dejado de poder ir a la playa cuando les resulta más conveniente y adaptan sus horarios para buscar momentos con menos ocupación. La investigación constata igualmente un desplazamiento temporal de los usos de las playas. El 35% afirma que directamente evita ir durante el mes de agosto, mientras que un 24% también procura no hacerlo en julio, los dos periodos de máxima afluencia turística. El 71% asegura que busca una cala menos concurrida, aunque sea más difícil llegar a ella, y un 12% acaba renunciando a la playa y opta por hacer otra actividad. Para el autor, estos datos evidencian que la saturación ya no es solo una percepción puntual, sino un factor que condiciona las decisiones de ocio de los residentes.

La encuesta también identifica cuáles son los espacios que los mallorquines asocian más a la masificación estival. Entre las playas y zonas que los residentes afirman evitar aparecen en primer lugar el Caló del Moro, el Trenc, la Calobra y Formentor. Después, Cala Deià, el Port de Sóller y Magaluf, entre otros. Son playas muy diversas, pero tienen un elemento en común: los isleños ya no van allí porque están completamente saturadas. También Magaluf tenía su público: “Muchos palmesanos íbamos, incluso en autobús, porque estaba cerca. Pero ahora también es un desastre y, si ha habido una fiesta nocturna, encima está llena de suciedad”, afirma Teresa Planas. “Durante la pandemia venía aquí y flipaba. Y, ingenua de mí, estaba segura de que los mallorquines no dejaríamos que volviera a venir tanto turismo nunca más”, explica entre risas.

La Calobra es un caso paradigmático. “Los últimos 20 años la he pisado una vez”, relata el palmesano Jaume Oliver. “Nosotros íbamos una vez al año, era una fiesta para la familia. Ahora, llegas después de una hora y buscas coche y hay un colapso de personas y vehículos, y si no puedes aparcar, te tienes que volver, y ya me dirás a dónde vas. Una vez hace tres años fuimos en junio porque me daba pena que mi hijo no la pudiera disfrutar, y dije: mira, nunca más. Tenemos que asumir que lo hemos perdido. ¿Y sabéis qué me da más rabia? Que los que se han forrado con el turismo no son los que hacemos cola en la cala”, afirma.

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Menorca, también

“En Menorca nos mirábamos las otras islas con una mezcla de orgullo por haber sabido conservar el territorio y también con un cierto miedo a que no fuéramos capaces de evitarlo en un futuro. Por desgracia ya no podemos presumir”, explica a ARA Balears Maria Triay desde Maó. “Ahora también nos hemos visto obligados a evitar las calas más famosas. O están llenas de coches y personas y no puedes ni poner la toalla, o están llenas de embarcaciones”, lamenta.

La playa que registra más saturación es Macarelleta, según los datos del Consell de Menorca. En 2025, Macarelleta alcanzó el 431% de su capacidad de carga. Esto significa que ha acogido más de cuatro veces los usuarios que los estudios consideran adecuados. Le siguen Cala en Turqueta, con un 328%, y Cala Mitjana, con un 303%, ambas muy por encima del triple de la capacidad prevista.

La lista continúa con Pregonda (244%), el Talaier (232%), Macarella (220%), Binimel·là (208%), Son Xoriguer (206%), Viola de Ponent (186%), Binidalí (181%), Son Saura (159%), Biniparratx (140%), la Caleta (133%), el Grau (133%) y Binissafúller (131%). Es decir, las quince playas analizadas superan el umbral del 100% y, en diez casos, la presión prácticamente duplica o más que duplica la capacidad considerada sostenible.

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Desde Ibiza, Miquel Costa lo dice con contundencia: “Ni me planteo” ir a las calas y playas más conocidas. Yo era de pasarme medio verano en las Salinas, o en las playas del Comte. Después pasé a ir en moto porque, si no, era imposible. Ahora, sinceramente, me paso los domingos en casa. Esta opción tiene una ventaja: como todo es tan absolutamente caro y desorbitado, si ni siquiera sales, pues todo esto que ahorras. Este es el magnífico plan que nos ha traído a muchos esta supuesta riqueza turística”, resume.