“He vaciado ocho pisos de mi hijo”: el drama invisible del síndrome de Diógenes
Maria ha invertido 400.000 euros en el bienestar de su hijo, duerme en el coche cuando va a Mallorca desde Menorca y continúa buscando una respuesta institucional para una enfermedad que le deja cada vez más aislado
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PalmaMaría saca del maletero dos bolsas con ropa de hombre y sábanas limpias. Ha convertido los asientos del vehículo en una cama. El último año ha viajado 44 veces de Menorca a Mallorca para comprobar cómo está su hijo, sin saber siquiera si la recibirá ni en qué estado encontrará la vivienda que le compró y acondicionó en un barrio de Palma. “Yo duermo siempre dentro del coche”, asegura. Decide sobre la marcha qué barco cogerá para volver a su casa.
“Ya he vaciado ocho pisos del hijo”, confiesa antes de explicar el proceso de limpieza de las viviendas en ambas islas; las reformas necesarias, las gestiones y los 400.000 euros que ha invertido para procurar bienestar y estabilidad a Pau, de 40 años. “Ya estoy como anestesiada, vacunada contra un dolor que no se va. La última vez, la nevera estaba en un estado que no fuimos capaces ni de abrirla para vaciarla. Había escritos y navajazos en las paredes, y excrementos suyos por todas partes. Todo esto lo he limpiado yo”, revela mientras muestra las palmas de las manos. “Dejé los zócalos y las juntas de las baldosas que podías lamer en el suelo. Me he esforzado para que tenga un hogar”, continúa.
Pau acumula objetos y suciedad hasta que su casa se hace inhabitable. De pequeño, “guardaba cosas sin sentido”, recuerda María. Una goma elástica, encendedores, papeles. “Es indescriptible, pero al principio no te das cuenta. Pasa poco a poco”. Cuando se hizo mayor, “toda la habitación era un desastre”. “No quería ni que entrara ni que le tocara nada. Era insostenible y afectaba a las zonas comunes”. De los 7 a los 14 años, aquella situación fue “un infierno” de visitas a psicólogos y psiquiatras para entender qué le pasaba a aquel niño “afectuoso, apegado a su madre, trabajador y responsable”, que incluso consiguió aprobar la prueba de acceso a la universidad para mayores de 25 años.
El psiquiatra Javier Kuhalainen, del hospital de Inca, explica que los problemas de acumulación –o el síndrome de Diógenes, cuando se añaden el abandono extremo del cuidado personal, la falta de higiene y un aislamiento social profundo– también pueden aparecer en personas jóvenes que, fuera de casa, mantienen una vida laboral y social aparentemente satisfactoria. El deterioro se puede mantener oculto durante años. “Los casos más graves siempre han comenzado de manera gradual, insidiosa y silenciosa”, señala.
Cuando María deja las dos bolsas sobre una silla del bar del barrio y pide un café con hielo, el personal le dice que su hijo es educado y que lo ven cada día. “Pero no recibe a nadie, no tiene compañía y está desmotivado. Creo que tiene una depresión muy grande, mucha ansiedad y mucha soledad, que es un desencadenante. Él piensa que no tiene ningún problema, pero, a la vez, repite que no está bien y que no sabe qué le pasa. No es una cuestión de conducta, sino el síntoma de una enfermedad grave”.
Aquello que no se puede tirar
Cuando va al supermercado, Pau puede comprar 40 cosas aunque solo necesite cuatro. Después, la comida se estropea dentro de una nevera donde ya no cabe nada más. Si su madre tira un aguacate podrido, él protesta porque lo quiere conservar. Cuando hacen limpieza, vigila las bolsas y las remueve. Intenta rescatar cosas de ellas. Vive la limpieza “como un castigo”, como si le quitaran “sus tesoros”.
Kuhalainen sitúa en esta relación con los objetos una parte de la explicación. Una camiseta puede materializar un recuerdo; una taza puede conservar el vínculo con quien la regaló. La dificultad para desprenderse de ellos puede llegar a reducir el espacio disponible a un rincón para dormir y comer. En algunos casos, explica, las cosas se convierten en un refugio ante la pérdida y el aislamiento. “La acumulación es la historia no contada de la persona afectada, que sustituyó las palabras por las cosas, que se amontonaron en su memoria y también en su espacio vital y material”, dice el psiquiatra.
La madre no consigue que el hijo le explique por qué guarda determinados objetos. “Cuando le pides una cosa concreta, se va por las ramas”.
Volver a empezar
Para proporcionarle esta última vivienda, Maria compró un garaje, lo acondicionó y encargó un proyecto de cambio de uso. “Quedó digno y limpio”, recuerda. Pensaba que él lo cuidaría. Después tuvo que volver con botas y equipos de protección para acabar con la suciedad. Tuvo que cambiar el váter e instalar una cocina nueva. Por allí pasaron el yesero, el fontanero y el electricista. Pau llegó a dormir en el patio, dentro de una tienda de campaña, porque ya no tenía sitio dentro.
Vaciar una casa puede requerir una inversión que las familias no siempre pueden asumir, señala Kuhalainen. Pero, una vez retirados los objetos, el riesgo de que se vuelvan a acumular es muy alto si no se aborda el problema de la persona.
El Ayuntamiento de Palma ofrece ayudas para realizar limpiezas a fondo en domicilios con condiciones graves de insalubridad. Entre 2022 y 2025 se beneficiaron 47 familias, aunque el balance no identifica casos de síndrome de Diógenes: los servicios sociales municipales no establecen ese diagnóstico. Cort coordina las intervenciones con la Policía Local y las áreas de Sanidad y Salud. La limpieza se puede plantear cuando la persona la acepta. Si rechaza el acceso al domicilio, puede ser necesario recurrir a una autorización judicial.
Pau, ya adulto, ha recibido diversos diagnósticos: trastorno límite de la personalidad, bipolaridad y el último informe de un psiquiatra forense, que señala un trastorno esquizoafectivo. Maria ha pedido ayuda a psicólogos, psiquiatras, servicios sociales y juzgados. “He tocado a todas las puertas y sé que un diagnóstico equivocado puede llevar a un tratamiento, una medicación y un trato equivocados”, resume. Continúa buscando respuestas e insistiendo para que atiendan a una persona que, a menudo, no quiere ser atendida. “Él me dice que no está bien, que no sabe qué le pasa, y me pregunta si le acompañaré al hospital, pero ingresarlo en una institución psiquiátrica implica que no pueda estar con él. Le da mucho miedo. Cuando tratas a alguien contra su voluntad tienes que ir con mucho cuidado. No puedes culparle de su situación ni de su enfermedad”, reivindica.
Kuhalainen confirma que a su consulta de la sanidad pública llegan pocos casos de este tipo y advierte de la necesidad de prevención, continuidad de los cuidados y supervisión, más allá de plantearlo como una cuestión legal o un conflicto vecinal. “Hace falta más concienciación social para luchar contra el estigma, el aislamiento y la soledad no deseada a la que se enfrentan las personas afectadas por un trastorno grave de acumulación y sus familiares”, reclama.
Ayudar sin ser rechazado
La directora general de Salud Mental, la psiquiatra Carme Bosch, explica que el aislamiento, el abandono de la higiene y de la salud y la falta de conciencia del problema dificultan que estas personas pidan ayuda. A menudo, es el entorno el que acaba alertando de la situación.
Salud tiene identificadas a 66 personas con este trastorno. La cifra no permite establecer la cifra total de afectados en las Baleares. No hay datos desglosados por edad o sexo, pero Bosch afirma que no han detectado un aumento de los casos. Para acercarse a estas personas, explica, hay que construir un vínculo. Los equipos de seguimiento asertivo comunitario, formados por profesionales de diferentes disciplinas, atienden a personas con trastornos mentales graves que se han desvinculado de la red asistencial. La intervención puede empezar por una necesidad que sí que reconozcan: comida o alguna ayuda en casa, coordinada con los servicios sociales.
“No tienes que ser invasivo, pero tampoco le tienes que abandonar”, resume Bosch. Defiende que hay una buena coordinación entre Salud y Servicios Sociales y subraya que cada situación requiere una valoración particular. El ingreso involuntario, explica, se plantea después de una valoración psiquiátrica y está sometido a control judicial. También hay casos que se pueden abordar dentro de la comunidad, sin ingreso.
La recuperación depende de muchos factores. Hay personas que consiguen recuperar una vida estable y dejan de acumular; otras vuelven a hacerlo. El apoyo social y familiar también influye. “No es igual tener una familia que se ocupe y esté pendiente que no tener a nadie”.
Bosch pide que esta realidad se explique con sensibilidad. El desconocimiento de qué puede haber detrás de una casa o una persona en malas condiciones de higiene genera incomprensión. “Hay un estigma asociado a todo lo que sale de la norma”, señala.
María está exhausta y espera que las instituciones puedan ayudar a su hijo. Llega con las bolsas a su casa, pero él no está. Pregunta a un vecino cómo va todo y el hombre, que pasea al perro, se encoge de hombros con resignación. María sufre “la presión” añadida de saber que la situación de su hijo puede causar molestias y mantiene el contacto con la administración de fincas. El viaje no ha servido de nada. Carga las bolsas hasta el coche y, ya dentro del barco, volverá a pensar lo de siempre: “Es una crueldad dejarlo a su suerte. Solo quiero que tenga una vida digna y autónoma”.