El día que la Playa de Palma dejó de mirar la arena y alzó los ojos al Sol
S'Arenal ha estallado en aplausos cuando la Luna ha tapado el sol y ha convertido la costa de Ciudad en un inmenso observatorio al aire libre
Palma“¡Ohhhh!” La exclamación ha recorrido la Playa de Palma cuando la Luna ha terminado de tapar el sol. Y después han llegado los aplausos. Por un momento, el alcohol y el desenfreno han desaparecido de este enclave del turismo de borrachera. Durante poco más de un minuto, más de 60.000 personas (la mayoría extranjeros) han dejado de mirar el mar, la arena, las terrazas y las pantallas de sus móviles para concentrar toda la atención en un único punto del cielo: el sol. Estas personas han salido de debajo de las piedras, porque justo media hora antes el Ayuntamiento de Palma las había cifrado en 30.000. Sobre el horizonte de s’Arenal, el sol ha desaparecido detrás del disco negro de la Luna y ha quedado reducido a un anillo de luz blanca, una corona que ha iluminado una costa que, de golpe, ha parecido otra. La oscuridad ha llegado en pleno atardecer y la playa ha reaccionado con gritos, aplausos y abrazos, como si acabara de contemplar un espectáculo que no se pudiera repetir nunca más. De hecho, se producirá, pero la gente que estaba aquí no lo volverá a ver.
La imagen ha sido especialmente extraordinaria por el lugar donde ha pasado. La Playa de Palma, acostumbrada a las multitudes del verano, al ruido de las terrazas, a los bañistas que entran y salen del mar y al movimiento constante del paseo, ha quedado convertida durante unos instantes en un inmenso observatorio al aire libre. Las gafas especiales han desaparecido de los rostros porque durante la totalidad ya no eran necesarias, los móviles se han levantado para intentar capturar el anillo de luz y los telescopios han apuntado hacia el cielo. Quienes habían llegado horas antes para asegurarse un buen sitio y quienes habían descubierto el eclipse casi por casualidad han acabado haciendo exactamente lo mismo: mirar arriba.
Una jornada larga e infernal
Para llegar a ese momento, sin embargo, algunos han tenido que trabajar mucho más que otros. La familia Machaca ha llegado a s’Arenal preparada para aguantar una larga espera bajo el sol. Han traído sillas de camping, comida y cubos llenos de hielo y, antes de pensar en el eclipse, han tenido que resolver una cuestión mucho más inmediata: encontrar sombra. Han localizado uno de los pocos árboles que quedaban cerca de la arena y allí han plantado las sillas, han dejado las provisiones y se han dispuesto a pasar la tarde. Sabían que el calor sería intenso y que aún quedaban horas, pero también sabían que abandonar ese lugar podía significar perder la posición que habían conseguido. “No nos moveremos de aquí hasta que deje de hacer este calor”, han explicado bajo el árbol. Para ellos, la espera formaba parte de la experiencia: era el primer eclipse total que verían en directo y no estaban dispuestos a dejarlo escapar por unas horas de calor.
A pocos metros, la situación era completamente diferente. Lukas, Niklas y Maximilian, tres amigos alemanes de 27, 23 y 30 años, han llegado a la playa sin ninguna preparación especial y con un programa mucho más sencillo: tomar el sol, bañarse y beber cerveza. No han traído gafas homologadas, ni cámaras, ni telescopios y, sobre todo, no han traído ninguna expectativa especial. De hecho, ni siquiera sabían que aquella tarde había un eclipse. “Nos hemos enterado ahora mismo por ustedes, pero la verdad es que no nos importa mucho; hemos venido aquí a desconectar, a bañarnos y a disfrutar de la cerveza bien fría”, ha explicado Lukas entre risas mientras levantaba el pulgar. Los Machaca habían hecho del eclipse el objetivo de toda la tarde; los tres jóvenes alemanes habían llegado a Mallorca sin saber que el Sol estaba a punto de desaparecer.
Entre estas dos maneras de vivir la jornada, s’Arenal se ha ido llenando y transformando. Familias cargadas con sillas y neveras portátiles han compartido la arena con bañistas que han continuado haciendo vida normal, mientras los aficionados a la astronomía han instalado telescopios y cámaras en puntos desde donde tener una buena visión del fenómeno. La previsión de las autoridades era que hasta 70.000 personas pudieran llegar a concentrarse en la zona, y la magnitud de la afluencia se ha ido haciendo visible a medida que avanzaba la tarde. La playa, el paseo y las calles de los alrededores han ido recibiendo personas que buscaban un lugar desde donde contemplar el cielo, en una concentración extraordinaria en una de las zonas más turísticas de Mallorca.
La multitud ha obligado también a reorganizar el espacio sobre la marcha. Varias parejas mallorquinas que ya habían encontrado sitio en la playa han tenido que moverse muy enfadadas a indicación de Protección Civil, que iba colocando barreras y delimitando espacios para que la carpa reservada a las autoridades pudiera mantener la visibilidad sobre el horizonte. Quienes habían llegado con tiempo para asegurarse un buen sitio se han encontrado así que aquel trozo de arena que habían elegido ya no era exactamente suyo: tocaba retroceder, desplazarse unos metros y volver a buscar el mejor ángulo posible para ver el eclipse. Entre las vallas, las indicaciones de los voluntarios y el movimiento constante de personas, la logística del acontecimiento se ha ido haciendo tan visible como la expectación por el fenómeno astronómico.
Máxima expresión del capitalismo
La masificación también ha generado negocio. En primera línea, los restaurantes han intentado aprovechar la concentración de gente con bebidas refrescantes y toda clase de ofertas, mientras los vendedores ambulantes han desplegado su género sobre la arena. En medio de las mercancías habituales han aparecido incluso ollas y utensilios de cocina, pero ha habido un producto que ha tenido un protagonismo especial: las gafas para observar el eclipse. Quien no las había comprado con antelación ha tenido que buscarlas a última hora y, en algunos casos, pagarlas más caras. Si en las farmacias costaban unos tres euros, en la venta informal han llegado a venderse por el doble. El sol y la luna han hecho de las suyas y ha ayudado a crear un pequeño mercado a pie de playa, con vendedores que intentaban aprovechar cada minuto antes de que llegara el momento más esperado. Ahora bien, incluso así, a las 19:40 todavía había algún despistado que buscaba protección a la desesperada y preguntaban a Protección Civil dónde podían encontrarla.
Y el momento ha llegado después de una espera que, para algunos, se ha hecho larga bajo un sol implacable. Primero ha sido casi imperceptible: la luz ha empezado a cambiar, el calor ha aflojado y las sombras han adquirido una apariencia extraña. Después, la atención de la gente se ha ido concentrando cada vez más en el cielo. Las gafas han salido de las bolsas, los móviles han empezado a apuntar hacia arriba y los telescopios han quedado fijos en dirección al Sol. Las conversaciones sobre las vacaciones, la comida o el mar han ido desapareciendo poco a poco. Incluso quienes, como los tres amigos alemanes, no habían venido para ver el eclipse han acabado entrando en la dinámica de la multitud. La Playa de Palma ya no esperaba cualquier cosa: esperaba que la Luna acabara de tapar el Sol.
Cuando ha llegado la totalidad, la transformación ha sido completa. El disco de la Luna ha cubierto el Sol y, a su alrededor, ha aparecido el anillo de luz que durante meses había sido el objetivo de todas las miradas. La luz ha desaparecido casi de golpe y la costa ha quedado bajo una oscuridad inesperada, una especie de noche breve que ha llegado antes del atardecer. Durante aquel minuto y medio, los hoteles, el paseo, el mar y la multitud han quedado bajo una luz extraña. Los gritos han dado paso a los aplausos y muchas personas se han abrazado mientras intentaban retener con los móviles una imagen que probablemente sabían que ninguna fotografía podría reproducir exactamente. Ha habido quien ha reído, quien ha gritado y quien simplemente ha quedado en silencio mirando aquella corona blanca que rodeaba la Luna.
Durante unos segundos, ha parecido que se había detenido todo. La gente ha mirado hacia arriba, ha gritado, ha aplaudido y se ha abrazado. Había quien intentaba fotografiar el anillo de luz y quien había renunciado al móvil porque sabía que ninguna pantalla podía reproducir exactamente aquello que tenía delante de los ojos. El eclipse ha durado poco más de un minuto, pero la espera de toda la tarde ha desembocado en un instante único.
Pero el eclipse ha sido tan breve como intenso. Cuando la Luna ha comenzado a apartarse del Sol, la luz ha vuelto progresivamente y, con ella, la Playa de Palma ha recuperado su ritmo habitual. Los móviles han bajado, las gafas han vuelto a las mochilas y los telescopios han comenzado a desmontarse, mientras la gente revisaba las fotografías y comentaba aún con sorpresa lo que acababa de ver. También ha vuelto poco a poco la conexión a internet, que había quedado colapsada por la avalancha de personas concentradas en la zona. Las terrazas han recuperado el ruido habitual, los bañistas han vuelto a mirar hacia el mar y la playa ha comenzado a vaciarse lentamente, deshaciendo aquella enorme concentración humana que, durante unos minutos, había dejado de mirar la arena para mirar hacia el Sol.
Los Machaca han tenido finalmente su recompensa después de resistir el calor y esperar durante horas. Los tres amigos alemanes, que habían llegado sin saber que aquel día habría un eclipse, han acabado viviéndolo rodeados de miles de personas. Entre unos y otros, entre quienes habían planificado cada detalle y quienes simplemente habían ido a la playa, s’Arenal ha compartido durante unos instantes una experiencia que ha hecho desaparecer las diferencias habituales entre residentes y turistas. Todos han mirado el mismo cielo, han visto el mismo anillo de luz y han aplaudido el mismo instante.
Vuelta al alcohol
Después, la Playa de Palma ha vuelto a ser la de siempre. Las terrazas han recuperado las conversaciones, el alcohol ha ganado protagonismo y los extranjeros ebrios han salido de sus 'cuevas' o han entrado al Megapark. Un minuto y medio de historia en medio de agosto y ante una multitud entregada. Por primera vez en más de 100 años, s'Arenal ha dejado de mirar el mar y la arena para dirigir los ojos fijamente hacia el sol.