De descubrir el Mediterráneo a acabar encarcelado en Mallorca: la historia de Odón de Buen

Revisamos la trayectoria de Odón de Buen, creador y director del Laboratorio Oceanográfico de las Baleares, el segundo del Estado, cuando se cumplen 90 años de su encarcelamiento en Mallorca

PalmaEra aragonés, de tierra adentro, pero un largo viaje en barco, con visita a las Islas incluida, le descubrió su vocación: el estudio del mar, la oceanografía, de la cual fue pionero en España al crear y dirigir el Laboratorio Oceanográfico de las Baleares, el segundo del Estado y toda una referencia internacional. Eran los últimos pasos de su trayectoria cuando en julio de 1936, ahora hace 90 años, fue detenido en Mallorca y encarcelado hasta agosto del año siguiente.

Odón de Buen, nacido en Zuera (Zaragoza) en 1863, fue un personaje polifacético, de actividad incesante y lo que ahora se diría un buen relaciones públicas, que invitaba a periodistas e investigadores para que se hicieran eco de sus aventuras científicas, y que llegó a gozar de un sólido prestigio internacional. Era un hombre de ideas avanzadas para su época: librepensador, laico y republicano. Fue senador por la coalición Solidaridad Catalana.

Un viaje marcó para siempre su trayectoria, tal como a Darwin el del Beagle por todo el mundo: el que hizo como naturalista, entre 1886 y 1887, a bordo de la fragata Blanca, por el norte de Europa, en una primera etapa, y por las Islas Baleares, Argelia y el sur de Francia en la segunda. Su trayectoria estuvo muy ligada a Mallorca: un tío suyo vivía en la isla y él y su mujer la visitaban a menudo. Era un entusiasta de la cocina mallorquina.

Viajar por el mundo estaba muy bien, pero había que ganarse la vida. De Buen obtuvo, por oposición, la cátedra de Historia Natural de la Universidad de Barcelona. Y le llovieron los problemas. Sus innovaciones educativas, los contenidos de sus libros y su defensa de la teoría de la evolución lo convirtieron en objeto de las iras de los sectores más conservadores y, sobre todo, de los vinculados a la Iglesia.

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Viajes de estudios a Mallorca

Su volumen Geología fue incluido en el índice de los libros prohibidos por la autoridad eclesiástica y se decretó su cese. De Buen no se amedrentó: se plantó en la universidad y espetó: “Parece que aquí huele a muerte. Pero que conste que, si alguien muere, será la libertad de cátedra”. Los estudiantes se movilizaron y se le devolvió la cátedra. Al reanudar las clases, empleó la célebre expresión de fray Luis de León, en una circunstancia similar: “Decíamos ayer...”

Con sus alumnos de Barcelona, el catedrático aragonés organizó viajes de estudios –estos sí que debían serlo, de estudios, de verdad–, una de las destinaciones de los cuales fueron las Baleares. Llegaron a ser, alguna vez, más de 200 estudiantes. En 1923, entre aquellos jóvenes, visitó Mallorca –según recoge José María Tejerina– “un chaval asturiano, alto, delgado, taciturno”. Se llamaba Severo Ochoa y llegaría a ser Premio Nobel de Medicina. Fue también en aquella etapa que comenzaron sus visitas al laboratorio marítimo Aragón, en Banyuls, el Rosellón. Con colegas franceses, hizo el primer estudio de conjunto de las costas de las Baleares. En uno de los recorridos descubrieron una nueva especie: una pequeña gamba ciega, en los lagos de las cuevas del Drach. También visitaron en Miramar el archiduque Luis Salvador, amigo de De Buen y fiel seguidor de sus iniciativas.

El científico aragonés concibió la idea de crear unas instalaciones similares a las de Banyuls en su casa. ¿Dónde se había de ubicar aquel nuevo laboratorio? De Buen lo tenía claro: en las Baleares, un “archipiélago de posición sin parangón”, como afirmó en una conferencia en el Ateneo de Madrid, en 1906. Sería tanto un centro de formación de universitarios de todo el Estado como un foco de atracción para los investigadores extranjeros.

Solo habían pasado seis meses de aquella charla cuando el nuevo equipamiento se creó, en Palma, por decreto del gobierno central. Era el segundo del Estado, solo por detrás del de Santander. Inicialmente tuvo una sede provisional, cerca del torrente del Mal Pas, cerca de Bellver. Por supuesto, no faltaron las complicaciones: Madrid no había aportado los terrenos comprometidos, mientras que el Ayuntamiento de Palma cerró el grifo de la ayuda económica.

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Al final, en 1908, se inauguró la sede, en Portopí. Aquel laboratorio tenía todo lo necesario para la investigación científica: mesas de trabajo, instrumental, biblioteca, museo, gabinetes de química y de fotografía y, sobre todo, un acuario, con dos amplias ventanas con vistas al mar y dividido en ocho espacios, uno para cada grupo de especies, admiración de los visitantes.

¿Qué más necesitaba De Buen para completar la tarea? Muy sencillo: un barco con el que hacer exploraciones científicas. Aquella petición dejó atónitos a los del ministerio –“¿para qué querrá un barco este buen hombre?”–, pero le entregaron, no uno, sino dos que habían sido confiscados a contrabandistas. En la primera travesía, en Ibiza contrataron ya de vuelta hacia Mallorca un marinero más como refuerzo. Solo puso, como condición, poder llevarse “un par” de melones. Y se presentó con un carro lleno. Es decir, ‘un par’ versión isleña.

La visita del príncipe de Mónaco

En 1909, el laboratorio de Palma recibió la visita del príncipe Alberto I de Mónaco, otro apasionado de la oceanografía, que se declaró “encantado de la belleza de la isla”, según narraba La Época. Al año siguiente vino Santiago Ramón y Cajal, que entonces ya había recibido el Nobel de Medicina. El objetivo: estudiar las neuronas de los cefalópodos. Se instaló en el mismo laboratorio, acompañado de su mujer, que le preparaba las comidas.

En 1914 se creaba el Instituto Español de Oceanografía, de acuerdo con una propuesta del mismo De Buen, que se integrasen los laboratorios de Baleares y de Santander, y alguno más que se crearía después, como el de Málaga. Por supuesto, la sede estaba en Madrid, donde, como todo el mundo sabe, hay mucha mar. De Buen se encargó de la puesta en marcha.

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Aquel científico de ideas tan avanzadas, curiosamente, era buen amigo del general Miguel Primo de Rivera –habían sido compañeros de colegio, en Madrid–, quien al convertirse en dictador, a partir de 1923, le confió la dirección general de Pesca, que incluía el Instituto Nacional de Oceanografía. El designado insistió mucho en el hecho de que aquel cargo era “exclusivamente técnico”.

Con el mallorquín Antonio Maura, cinco veces presidente del gobierno central, coincidió unas cuantas veces en Palma, y entre sus amigos en Mallorca había unos cuantos destacados mauristas. Otro mallorquín, el general Weyler, liberal, había usado su influencia para que a De Buen se le devolviese la cátedra cuando había sido apartado.

En abril de 1933, ya con la República, el laboratorio de Palma celebraba los 25 años en una nueva sede, en el Agua Dulce, con un hotel –el Royal– encima de las instalaciones científicas: toda una premonición de cuál iba a ser la futura actividad esencial de los mallorquines. De Buen estuvo acompañado del entonces comandante militar de las Baleares, Francisco Franco; y del médico Emilio Darder, quien solo unos meses más tarde se convertiría en alcalde de Palma. Antes de acabar el decenio, el primero se convertiría en dictador y el segundo sería fusilado.

Al llegar el verano de 1936, el ambiente en el Estado era de marcada tensión: el día 13 de julio asesinaron al diputado de derechas José Calvo Sotelo. Por suerte, a De Buen, que ya tenía 73 años, y a su mujer les esperaban unas vacaciones en su querida Mallorca. Aquello era “la isla de la calma”. Nada malo les podía pasar. Llegaron el 18 de julio, muy temprano. Y, cuando disfrutaban de una buena merienda en la terraza del Royal, con vistas al mar, se enteraron del golpe de estado.

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Solo unos días más tarde De Buen fue detenido y encarcelado en el antiguo convento de los capuchinos, en unas condiciones más que lamentables y sin poder comunicarse con su mujer. Enfermo de diabetes y de cataratas, consiguió que se le llevara comida del exterior y después lo trasladaron al hospital, donde se encontró asistido por médicos que eran antiguos alumnos suyos y pudo recibir la visita de su esposa. Después de cenar, De Buen fascinaba a todos –enfermos, guardias y enfermeros– con sus charlas sobre los animales marinos.

El 3 de diciembre, se presentó en el hospital el cónsul de Dinamarca, vestido de etiqueta, para comunicarle, con toda la solemnidad que requería la ocasión, que había sido galardonado con el premio Schmidt de oceanografía. Todos, compañeros, médicos y la monja que les atendía, lo rodearon para expresarle su satisfacción.

Por fin, en agosto de 1937, De Buen y su mujer fueron trasladados a Valencia, donde él fue intercambiado por dos mujeres del bando contrario: una hermana y una hija –qué pequeño es el mundo– de su viejo amigo Miguel Primo de Rivera. Con la derrota de la República, tuvieron que trasladarse a México, donde murió, en 1945, Odón de Buen, el hombre que redescubrió el Mediterráneo; incluso, a los mismos isleños.

El misterioso investigador que discutía con las anguilas

El mismo Odón de Buen relata en sus memorias cómo, un buen día, se presentó en el laboratorio de Portopí un personaje curioso, con el que llegó a disfrutar de una estrecha amistad. Se llamaba, o se hacía llamar, Gandolfi Hornyold: de aspecto descuidado, insaciable en el comer y el beber y entusiasta de la gastronomía mallorquina y, al mismo tiempo, hombre de sólida cultura, buena persona y muy trabajador. Con su mujer y sus dos hijas se instaló en el barrio de El Terreno, en Palma.Hornyold estudiaba las anguilas, y lo más curioso es que, en su gabinete, se le oía hablar, solo: hasta que descubrieron que lo hacía con aquellos animalitos, a los que insultaba si su investigación no avanzaba o se dirigía a ellos con afecto si marchaba a su gusto. Esta curiosa relación no era incompatible con hacerlos servir como ingredientes de cocina, ya que esta era otra de sus pasiones.De Buen se quedó de piedra cuando le llamaron del Palacio Real de Madrid, pidiéndole si sabía la dirección del “señor duque de Gandolfi”, porque, al haber muerto su madre, el rey Alfonso XIII quería darle el pésame. Y, en efecto, resultó que el hombre que hablaba con las anguilas era el duque de Gandolfi y Hornyold, miembro de la aristocracia británica e hijastro de Alfonso XII, el padre del monarca vigente.

Información elaborada a partir de textos de Antonio Calvo Roy, José María Tejerina, Albert Herranz Hammer y Joana Maria Roque Company, Luzbel Ruiz, Josep Massot i Muntaner y el mismo Odón de Buen.