Ser 'charca', la peor pesadilla: no tenemos personalidad, somos unas snobs

Queremos gustos sofisticados. Queremos ser de nicho. El estatus cultural es el único al que podemos aspirar. Hay un sentimiento de superioridad en quien señala al resto como 'charca', y una felicidad despreocupada en quien es señalado.

30/08/2026 - 15:30 h.

Quizás en el tiempo que tarda en publicarse este texto, ya se considera charca decir que algo es charca. Pero profundizar en este tema ha devenido una necesidad, una obligación (y para mis amigas, una obsesión). En definitiva, algo mucho más complejo y menos frívolo de lo que habría deseado, que en un principio se reducía a un listado de las cosas que nos hacían ser charca (según mi interpretación, claro).

Todo comenzó durante una sobremesa, en el porche de mi amiga Tània. “¿Qué es ser charca?”, me pidieron, más como acusación que como pregunta; haciéndome empuñar un arma que las apuntaba a todas, con el riesgo de herir a la mitad de las personas que estaban allí. A pesar de los equilibrios para esbozar una definición cuidada y que, al mismo tiempo, se alejara lo máximo posible de un retrato robot de cualquiera de las presentes, fue imposible detener el acoso de preguntas que vino después. “¿Subir una foto de mi Strava es charca? ¿Y un selfi?”, “¿Ser charca es lo mismo que ser boomer?”, “¿Y yo? ¿YO SOY CHARCA?”. No recuerdo qué contesté, simplemente que hice un esfuerzo por no responder con otra pregunta, parafraseando a Bécquer: “¿Qué es charca? ¿Y tú me lo preguntas?”.

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Todavía hoy nos debatimos por encontrar una buena definición, que entienda y contente a todos. Cada vez que intentamos acotar el concepto –inalcanzable, como todo lo que proviene del fascinante mundo de internet–, lo hacemos volver más abstracto, y todo acaba siendo susceptible de ser charca. A partir de una de estas conversaciones, y de algunos artículos publicados al respecto de este tema, resumimos el término en “el hecho de basar tu personalidad en todo aquello que la sociedad de consumo ha creado específicamente para que te guste (y no ser consciente de ello)”. No es el hecho de que te guste uno de estos productos –vacíos, hechos solo para ser consumidos–, sino que esto conforme la base de pirámide de tu identidad, como si fuera una originalidad. En resumen, es incorporar, de manera acrítica, los gustos regurgitados que alguien ha diseñado para ti.

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Para el test de personalidad que debía incluir este artículo –Descubre si eres charca o no– reuní algunos requisitos, que he decidido mantener a modo de ejemplo. Y son los siguientes: asistir a cualquier concurso de hamburguesas; antes, viajar a Tailandia y ahora, a Japón o a Bali; crear imágenes o carteles con ChatGPT de manera no irónica; pedir matrimonio en un concierto de Bruno Mars; publicar una foto de la pizarra de tu entrenamiento de Hyrox; el ritual de ir a ver las luces de Navidad; organizar un gender reveal (cada parte de este proceso: desde pensar que es una buena idea hasta el papelito rosa o el humo azul del tubo de escape y los cupcakes de los dos colores); usar palabras como ‘Wanderlust’ o tatuarse ‘Ohana’; el libro de La asistenta; recomendar a todo el mundo La Casa de Papel; el chocolate Dubai y la Tagliatella; tener la tradición de tomar un Pumpkin Spice Latte en el Starbucks cuando empieza el otoño, como si estuviéramos en Connecticut; tener en la bio de las redes sociales un recuento de los países que has visitado.

¿Ahora bien, desde qué mirada clasificamos estas modas? ¿Quién reparte los carnets de charca? Por suerte, tengo unas amigas listas y sinceras que saben hacer las preguntas necesarias. No sé si ya más indignadas que curiosas, me acorralaron, a mí, toda sola con mi vergüenza y mi humildad. Todo, para recordarme que el humor siempre debe ser de abajo hacia arriba. Les enfadaba ser las perdedoras de un juego en el que no habían podido participar. Y de repente me sentí el verdugo de una burla que nos engañaba a todas, como la frase de ‘Tú no eres como el resto. Tú eres diferente’.

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No es personalidad: es esnobismo

Hay un sentimiento de superioridad en quien señala al resto como charca, y una felicidad despreocupada en quien es señalado. Quizás nos hace falta agudizar un poco más nuestra mirada y hacer como Martin Parr: contemplar a las personas y sus hábitos como despojos de esta sociedad de masas, en lugar de reducirlas a sus prácticas de consumo. Ver ahí la sátira y la crítica, en lugar del ridículo y la parodia. Quizás es que se nos está escapando el esnobismo por una costura. Como nuestra economía ya no nos permite establecer jerarquías –somos todas precarias por igual–, utilizamos el acceso a la cultura como herramienta de ascenso social y, si hace falta, como arma arrojadiza hacia nuestros iguales. Todo para volvernos a sentir clase media.

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Queremos gustos sofisticados. Queremos ser de nicho. El estatus cultural es el único al que podemos aspirar. Construimos nuestra identidad a costa de periferia, de las parejas que van al centro comercial a pasar el día, de quien escucha Los 40 en el coche. Nos hemos convertido en unas yonquis de esta sensación, de la capacidad de olfatear –como los cerdos las trufas– la autenticidad de cualquier producto: la última de Joachim Trier, unas gafas de sol negras de ravera, el nombre más pequeño en el cartel del Primavera Sound y el café torrefacto de un bar de toda la vida. ¿Y todo para qué? Para complacer este anhelo de ser diferentes que, al fin y al cabo, nos hace iguales al resto.