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    <title><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Josep Sintes]]></title>
    <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/firmes/josep-sintes/]]></link>
    <description><![CDATA[Ara Balears en Castellano - Josep Sintes]]></description>
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      <title><![CDATA[La factura]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/factura_129_5863754.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Unos políticos dicen que el Impuesto del Turismo Sostenible debería subir dos euros. Otros quieren cuatro. Mañana alguien propondrá seis. Mientras tanto, los hoteleros lo miran de reojo, no sea que esta subasta acabe subiendo demasiado. Por otro lado, hay un Gobierno que procura no mojarse mucho, no sea que alguien le pase factura en las próximas elecciones. Yo escucho a unos y a otros con cierta fascinación, porque siempre me queda la misma pregunta: ¿dos o cuatro, en base a qué? ¿Por qué cuatro y no tres? ¿Por qué dos y no siete? ¿Qué cálculo nos ha llevado exactamente hasta esa cifra?Que yo sepa, ninguna. Es una manera bien curiosa de hacer cuentas: primero decidimos cuánto queremos cobrar y después ya miraremos qué cuesta. Si vamos a cenar y cuando pedimos la cuenta el camarero nos pregunta si preferimos pagar dos, cuatro o seis, seguramente le pediremos una cosa más elemental: la factura.Pues eso es exactamente lo que nos falta.Cuando un turista parte de las Islas ha pagado el hotel, el restaurante, el avión, el coche de alquiler y todo lo que le hemos querido cobrar. Pero hay otra factura que no sabemos si ha pagado entera: la de los efectos que su estancia deja sobre los demás. Hay, por lo tanto, muchas cuentas sin cobrar. Pero no son exactamente del turista. Él paga lo que le pedimos. Somos nosotros quienes no le hemos presentado toda la factura.Los economistas las llamamos externalidades: efectos de una actividad sobre terceros que no quedan recogidos en el precio. La factura que buscamos es el coste que estos efectos tienen sobre el bienestar de quienes vivimos aquí. Y no es suficiente con sumar los gastos de las administraciones. Una parte del coste aparece en los presupuestos públicos; otra la sufrimos en forma de congestión, presión sobre la vivienda, escasez de agua, saturación de espacios o, sencillamente, pérdida de tiempo y de calidad de vida.No todo será fácil de convertir en euros. ¿Qué vale una hora perdida dentro de un atasco? ¿Qué coste tiene el hecho de que encontrar vivienda sea cada vez más difícil? No saber poner precio a una cosa es muy diferente de pensar que no cuesta nada.Hay otra cuestión que para mí es importante. Cuando hablo de turismo no pienso solo en quien duerme en un hotel o en una vivienda vacacional. También pienso en quien tiene una casa en las Islas y viene a pasar las vacaciones. Que duerma en su propia casa no hace desaparecer los efectos de su presencia. Aquella casa forma parte del parque residencial, aunque se utilice solo una parte del año; y cuando está ocupada consume agua, utiliza carreteras, infraestructuras y servicios.A la factura, por tanto, le debería ser bastante indiferente dónde dormimos. Un hotel, una vivienda alquilada o una segunda residencia pueden generar costes diferentes, pero todos deben entrar en la cuenta. Si solo miramos las plazas turísticas regladas, dejamos una parte de la actividad fuera de la fotografía.Y tampoco basta con contar cabezas. No es lo mismo venir tres días que pasar allí tres meses. Importa cuánta gente viene, pero también cuánto tiempo está, cuándo viene, dónde se concentra y qué presión ejerce sobre recursos que no son infinitos. Por eso, más que de número de turistas, prefiero hablar de nivel de actividad turística.Además, la factura no tiene por qué crecer al mismo ritmo que la actividad. Un coche más en una carretera vacía casi no se nota; en una carretera colapsada es otra historia. Con el agua, la vivienda, los servicios y determinados espacios puede pasar algo parecido. Cuando nos acercamos a los límites, añadir más actividad nos puede salir cada vez más caro.Esto es lo que deberíamos saber. No busco una gran cifra que diga “el turismo cuesta tanto”. Me interesa saber qué factura tenemos con diferentes niveles de actividad y cómo cambia cuando aumenta o disminuye. Quizá algunos costes crecen poco y otros, mucho. No lo sabemos. Y este ‘no lo sabemos’ me parece bastante más riguroso que algunas cifras que circulan con una seguridad admirable.Y así volvemos a los dos euros y a los cuatro. A ratos, el debate sobre el Impuesto del Turismo Sostenible parece una subasta al revés. Yo empezaría por una cosa bastante menos emocionante: haría la factura.La haría, eso sí, sin decidir antes qué resultado nos gustaría obtener. Si hay efectos positivos que no estén ya recogidos en la actividad económica, también deben entrar en la cuenta. Si hay cosas que no podemos estimar con suficiente rigor, se debe decir. No buscamos que la factura salga grande ni pequeña. Buscamos que sea creíble.Después están los hoteleros. Las patronales representan a sus asociados y es muy legítimo que se preocupen por los márgenes, los costes y la competitividad de sus empresas. Lo que sería más sorprendente es que se preocuparan primero por nuestra cuenta de resultados. Los tenemos que escuchar, naturalmente. Conocen el negocio y tienen información que necesitamos. Pero una cosa es escucharlos y otra, darles la calculadora.Cuando una patronal dice que cuatro euros pueden perjudicar la competitividad, puede tener razón. También podría resultar que cuatro euros fueran demasiado poco. Sin conocer la factura, no sabemos ni una cosa ni la otra. La factura de las Islas no la puede calcular quien tiene interés en que salga barata. Y tampoco me tranquilizaría mucho que la calculase quien tiene interés en que salga cara.Yo encargaría el trabajo a un grupo de expertos de reconocido prestigio, independientes tanto de los sectores afectados como del Gobierno. Economistas y especialistas en vivienda, agua, movilidad, territorio, servicios públicos y medio ambiente. Con los datos, la metodología y los posibles conflictos de interés sobre la mesa. Que calculen lo que se pueda calcular, estimen con rigor lo que se tenga que estimar y digan también lo que no podemos saber.Entonces sí que tendríamos un debate político interesante. ¿Qué parte de los costes externos ya está cubierta? ¿Cuál queda sin pagar? ¿Quién debe asumirla? ¿Tiene sentido cobrar igual a formas de actividad que pueden generar costes diferentes?Entonces sí que podemos discutir cómo lo tenemos que cobrar.Hasta entonces podemos continuar con los dos euros, los cuatro o la cifra que haga más fortuna aquella semana. Pero no confundamos una posición política con un cálculo económico.¿Dos, cuatro o cuarenta?No lo sé.Y me sorprende que haya tanta gente que sí.Solo sabremos si son dos, cuatro o cuarenta cuando tengamos la factura.Ya es hora de hacerla. Y solo entonces sabremos de cuánto es, realmente, la cuenta sin pagar que el turismo nos deja cada temporada.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/factura_129_5863754.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Sep 2026 05:46:07 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El turismo, ¿al servicio de quién?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/turismo-servicio_129_5837089.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/f54371d9-2865-429a-9533-3ec52cde7283_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p><a href="https://es.arabalears.cat/sociedad/aeropuerto-palma-continua-engordando-temporada-alta-63-crecimiento-concentra-mayo-julio_1_5827737.html" target="_blank">Hace años que batimos récords turísticos.</a> El problema es que una parte creciente de los isleños ya no los celebra. No hace falta explicar mucho por qué. Vivienda, saturación, tránsito, ruido, presión sobre los servicios. Las manifestaciones solo han hecho visible un malestar que ya hacía tiempo que existía. Por eso creo que el debate ya no es si queremos más o menos turistas. El debate es quién tiene que estar al servicio de quién.Sería absurdo negar todo lo que el turismo ha aportado a unas Islas que le deben una buena parte de la prosperidad. Pero una cosa es reconocerlo, y otra dar por hecho que los intereses de nuestra principal industria coinciden siempre con los intereses de quienes vivimos aquí. Un hotelero quiere llenar más habitaciones. Un restaurador, más mesas. Una compañía aérea, más pasajeros. Es bien normal. Lo que ya no es tan normal es dar por hecho que nosotros también necesitamos este crecimiento.La pregunta es bastante sencilla. ¿Qué nos deja un turista más, qué costes colectivos genera su estancia y, sobre todo, quién los paga? Basta mirar cualquier zona turística: calles, asfalto, alumbrado, jardines, alcantarillado, redes de agua, bombeo, recogida de basuras, limpieza, accesos. Muchas urbanizaciones crecieron para acoger a una población que se multiplica durante unos meses, pero los ayuntamientos las tienen que mantener todo el año. Y esta presión ya ha entrado de lleno en nuestros pueblos y ciudades: plazas, aparcamientos, agua, limpieza, seguridad, mantenimiento.Una parte de esta capacidad adicional se acaba pagando con los mismos presupuestos que han de atender las necesidades de quienes vivimos aquí todo el año. Y el dinero público, si va aquí, no puede ir a vivienda, escuelas infantiles, transporte público, dependencia y otras necesidades. La OCDE hace tiempo que advierte que el turismo depende fuertemente de las infraestructuras y de los servicios públicos y que una presión elevada puede afectar a los recursos y la calidad de vida de las comunidades que lo acogen. Es curioso que nos preocupe tanto que el destino sea competitivo y que nos preguntemos tan poco quién paga esta competitividad.Después, está la factura que no pasa por ninguna Administración. La encontramos cuando buscamos un piso, cuando nuestros hijos no pueden emanciparse, cuando determinados precios se adaptan a la capacidad de gasto de quien está 15 días de vacaciones, pero también en cosas más difíciles de poner en euros: el ruido, las colas, la congestión, la pérdida de tranquilidad y tener que adaptar durante meses nuestra vida cotidiana a una presión que no hemos elegido. La demanda turística y de segunda residencia compite, también dentro de nuestros pueblos, con familias de aquí que tienen mucha menos capacidad de compra. Esto cuesta de tragar: mantenemos nuestros pueblos para que sean atractivos, pagamos impuestos todo el año y, al final, una parte de nuestros hijos ya no puede permitirse una casa. Y todo este desgaste, aunque no salga en ningún presupuesto, también sale de nuestro bienestar.Por eso creo que nos equivocamos cuando discutimos si el número adecuado son 15, 17 o 20 millones de turistas. El tamaño de la industria turística no debería decidirse de entrada. Debería ser un resultado. Primero deberíamos saber qué cuesta realmente esta actividad y procurar que los costes colectivos que genera formen parte, tanto como sea posible, de la factura que paga quien los genera. Solo entonces podremos saber qué dimensión de la industria turística es compatible con el interés general.Esto encarecerá una parte de la oferta turística. ¿Y qué? Si alguien considera que venir a las Islas vale aquel precio, vendrá. Si un negocio continúa siendo rentable después de pagar los costes que genera, magnífico. Y si solo lo era porque una parte de estos costes los pagábamos nosotros, tal vez deberíamos preguntarnos por qué tenemos tanto interés en conservarlo. Seguramente vendría menos gente. No me parece ningún drama. Menos volumen no ha de ser el objetivo. Ha de ser, si corresponde, el resultado de dejar de cargar a los residentes una parte de la factura.Y aquí también debemos exigir una respuesta a nuestras instituciones. ¿Por qué continuamos gobernando el turismo pensando tanto en las necesidades del sector y tan poco en el bienestar de quienes vivimos aquí? El sector turístico tiene todo el derecho a defender más actividad, más clientes y más rentabilidad. Es su trabajo. Pero el Gobierno, los consejos y los ayuntamientos no tienen este mandato. Su mandato es defender el interés general de los ciudadanos que vivimos aquí. Siempre.Un buen gobierno no gobierna para maximizar los intereses de una industria, por importante que sea. Gobierna para maximizar el bienestar de los ciudadanos. Cuando el interés del sector y el interés general coinciden, perfecto. Pero cuando dejan de coincidir, no hay mucha discusión posible: debe prevalecer el interés general. Por eso tenemos derecho a pedir a quienes gobiernan cuál es el criterio con el que deciden si una política turística es buena. ¿Que venga más gente? ¿Que aumente el gasto? ¿Que el sector facture más? ¿O que los isleños vivamos mejor?No gobernamos una industria. Gobernamos una sociedad. Durante demasiado tiempo hemos pedido a los residentes que entiendan las necesidades de nuestra principal industria. Quizás ha llegado el momento de pedir a nuestra principal industria que entienda las necesidades de los residentes.Hace tiempo que hemos pasado el punto en que más actividad turística significaba más bienestar para la gente de aquí. Volver a un nivel que nos convenga no quiere decir decidir arbitrariamente cuántos turistas deben venir. Quiere decir hacer que quien disfruta del turismo pague no solo el hotel, el restaurante, el coche o los impuestos que ya paga, sino también la parte de los costes colectivos que genera su estancia y que hoy continuamos asumiendo entre todos. Solo entonces sabremos qué dimensión de la actividad es realmente compatible con el bienestar de quienes vivimos aquí. Al final, esta es la única medida que realmente importa: que el turismo nos ayude a vivir mejor, no peor.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/turismo-servicio_129_5837089.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Sep 2026 05:46:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aeropuerto de Palma]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
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      <title><![CDATA[Prosperar es más que crecer]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/prosperar-crecer_129_5816404.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Durante décadas hemos identificado el crecimiento económico con la prosperidad. Si una economía produce más, crea empleo y genera más ingresos, tendemos a pensar que la sociedad vive mejor. En general, es así. Sin creación de riqueza no puede haber bienestar.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 04 Aug 2026 05:52:12 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
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      <title><![CDATA[La continuidad residencial: el patrimonio invisible que también debemos proteger]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/continuidad-residencial-patrimonio-invisible-debemos-proteger_129_5791221.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Durante décadas hemos aprendido que hay cosas que una sociedad debe proteger, porque forman parte de su patrimonio colectivo. Protegemos el paisaje, el litoral, los espacios naturales, el patrimonio histórico y la biodiversidad porque entendemos que su valor va más allá del interés particular de cada uno.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Jul 2026 05:32:55 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
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      <title><![CDATA[¿Quién construirá las viviendas de los residentes?]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/construira-viviendas-residentes_129_5762669.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/60bb7868-4f57-4c8b-a3b8-fa326debfb82_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>Hace unos días el presidente de la patronal de promotores inmobiliarios de las Baleares recomendaba a los jóvenes empezar a ahorrar 300 euros mensuales para poder acceder, dentro de cinco años, a los miles de viviendas de precio limitado que se prevé construir en Palma. La noticia, a primera vista, parece incluso esperanzadora. Finalmente podría empezar a abrirse una salida residencial para parte de la población residente. Y probablemente es cierto que muchas de estas promociones serán necesarias. También es cierto que sin fórmulas como la vivienda de precio limitado una parte importante de los residentes ya no podría aspirar hoy a acceder a una vivienda dentro del mercado actual. Pero detrás de esta promesa hay una pregunta que cuesta ignorar: ¿qué pasará durante estos cinco años? Y, sobre todo: ¿quién construirá estas viviendas?</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Jun 2026 05:30:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Construcción de pisos en Paguera.]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Cuando los gobiernos fallan: el patrón que se repite en las Baleares]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/problema-no-friedman-problema-gobiernos-fallan_129_5727407.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/4d2902a8-1c27-4a97-bb34-9987d8091696_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>Milton Friedman a menudo aparece en el debate público como una etiqueta. Para algunos, es el símbolo del neoliberalismo. Para otros, una referencia incómoda. Pero esta manera de leerlo es poco útil. No nos ayuda a entender los problemas que tenemos hoy. Friedman no escribía contra el Estado. Escribía sobre los errores del gobierno. Su punto de partida era sencillo, pero incómodo: las políticas públicas no solo pueden fallar, sino que tienden a hacerlo de manera sistemática. No por mala fe, sino por cómo están diseñadas.Los gobiernos deciden con información incompleta, responden a incentivos de corto plazo y operan en entornos donde los efectos de las decisiones no siempre son predecibles. Esto no es ideología. Es una realidad.Y esto no es teoría. Lo vemos cada día. En Baleares, por ejemplo, en la vivienda, medidas pensadas para facilitar el acceso pueden acabar reduciendo la oferta o retrasando nuevos proyectos. En otros ámbitos, ayudas directas para poder pagar un servicio pueden acabar presionando la demanda y hacer que los precios suban.El problema no desaparece. Cambia de forma. Y esto no es una excepción. Es un patrón. Políticas que se acumulan sin revisarse, regulaciones que se superponen, decisiones tomadas con urgencia que después quedan. El sistema se hace cada vez más complejo, más difícil de entender y más difícil de gestionar.El problema no es la voluntad. El problema es el diseño. Estos errores no son casuales. Responden a una lógica. Las decisiones públicas a menudo se toman bajo presión, con información incompleta y con incentivos que premian el corto plazo. Una medida puede funcionar hoy, pero generar efectos que solo se verán más adelante. Y cuando estos efectos aparecen, a menudo se responden con nuevas medidas que no resuelven la raíz del problema, sino que le añaden más complejidad.No es un error puntual. Es una dinámica que se repite.Esta dinámica tiene una consecuencia clara: cada nueva política no solo intenta resolver un problema, sino que también cambia el sistema en el que se aplica. Y a menudo lo hace sin que se pueda anticipar del todo. Cuando las reglas cambian constantemente, familias, empresas e inversores dejan de reaccionar solo a la norma y comienzan a adaptarse a la incertidumbre. Esto se traduce en decisiones que se retrasan, en menos actividad y en más prudencia de lo que sería deseable.El sistema se vuelve más complejo, pero también menos previsible. Y esto es exactamente lo contrario de lo que se buscaba.Friedman insistía en que las políticas basadas en reglas claras y estables tienden a generar menos errores que las intervenciones constantes y discrecionales. No porque el mercado sea perfecto, sino porque el gobierno tampoco lo es.Este es el punto central. No se trata de elegir entre Estado o mercado. Se trata de entender que ambos pueden fallar. Y que los fallos del gobierno no son excepcionales ni dependen de una ideología concreta. Se dan bajo gobiernos de todos los colores. A veces fallan por inacción y otras, por una acción errónea. Pero, a menudo, el problema de fondo es el mismo: un diagnóstico equivocado.En Baleares, esto se ve especialmente bien. A menudo se quiere corregir un problema, pero lo que pasa es que se transforma o se desplaza. Y el sistema, en lugar de simplificarse, se complica.La cuestión no es si el gobierno ha de actuar. Es si lo hace con un buen diagnóstico y con reglas que eviten repetir los mismos errores.Porque, si no es así, el problema no es Friedman. El problema es que todavía no hemos asumido del todo que los gobiernos también fallan. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/problema-no-friedman-problema-gobiernos-fallan_129_5727407.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 May 2026 05:46:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Obras en Son Espanyolet, en Palma.]]></media:title>
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      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
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      <title><![CDATA[Cuando crecemos demasiado: la lección de Keynes que las Baleares no pueden olvidar]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/crecemos-leccion-keynes-baleares-no-olvidar_129_5696972.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>En Baleares no tenemos solo un problema de crecimiento. Tenemos un problema de cómo lo gestionamos. A menudo este debate se presenta como una discusión entre más intervención o más mercado. Pero la cuestión no es esta. La cuestión es cuándo, cómo y con qué límites se aplica cada política.John Maynard Keynes es recordado como el economista que defendía la intervención pública en tiempos de crisis. Pero su idea central es más incómoda de lo que a menudo se presenta: para poder gastar cuando todo cae, antes has de haber sido capaz de no gastar cuando todo crece. Esta es la parte que hemos olvidado.Durante los años previos a 2008, la recaudación pública aumentó con fuerza. Pero una parte relevante de estos ingresos no respondía a un crecimiento estructural de la economía, sino a un momento excepcional del ciclo inmobiliario. Eran ingresos elevados, sí, pero inestables. El problema no fue gastar. Fue gastar como si aquellos ingresos fueran permanentes.Esto no es una anomalía puntual. Es un patrón recurrente. Cuando los ingresos públicos crecen rápidamente, se genera la ilusión de que se puede sostener más gasto de manera permanente. Pero una parte de estos ingresos depende de factores excepcionales –precios, crédito, actividad concentrada en determinados sectores– que no se pueden mantener en el tiempo. El gasto, en cambio, sí que queda. Y aquí es donde empieza el problema.Cuando el ciclo se giró, la recaudación se desplomó con la misma rapidez con que había crecido. Y con ella, el margen fiscal.En aquel momento se intentó aplicar una política expansiva para compensar la caída de la demanda privada. Era coherente. Era necesario. Pero no era viable en los términos que exigía la situación.El aumento del déficit, la desconfianza de los mercados y la tensión sobre la deuda pública forzaron un ajuste prematuro. La política keynesiana se interrumpió antes de tiempo. Y el coste se trasladó a la economía real: destrucción de empleo, cierre de empresas, una recesión más profunda de lo que habría sido con un margen fiscal suficiente.La teoría no había fallado. Lo que había fallado era el momento en que se había decidido ser prudente.Este patrón no es excepcional. Es recurrente. En fases de expansión, los ingresos extraordinarios se incorporan al presupuesto como si fueran estructurales. El gasto crece sobre esta base. Y cuando el ciclo se invierte, el sistema queda sin capacidad de respuesta.El problema no es ideológico. Es institucional. Ningún gobierno –del signo que sea– tiene incentivos para contener el gasto cuando todo va bien. Es mucho más fácil gastar ingresos presentes que reservar margen para crisis futuras. Pero sin este margen, la política anticíclica deviene teórica.En territorios como Baleares, esta dinámica es aún más acentuada. Una parte importante de los ingresos públicos depende de sectores muy sensibles al ciclo, como la construcción y el turismo. Esto hace que los años buenos sean muy buenos… y los malos, mucho más difíciles de gestionar.La cuestión no es si el sector público debe intervenir en una crisis. Es si tendrá capacidad real para hacerlo. Y esta capacidad no se decide en la recesión. Se decide en los años buenos.El debate sobre la política económica a menudo se plantea en términos de más o menos intervención. Pero quizás la pregunta relevante es otra: ¿somos capaces de diseñar reglas que nos obliguen a ser prudentes cuando no lo necesitamos? Porque, sin esa disciplina, el margen fiscal no desaparece por accidente. Desaparece por diseño. Y entonces, cuando llega la crisis, ya es demasiado tarde.Ser keynesiano no es solo saber intervenir cuando la economía cae. Es saber no gastar cuando la economía crece.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/crecemos-leccion-keynes-baleares-no-olvidar_129_5696972.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Apr 2026 05:31:30 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Samuelson, Friedman y la política de las etiquetas]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/samuelson-friedman-politica-etiquetas_129_5673416.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>¿De verdad creemos que los problemas económicos del siglo XXI se pueden resolver eligiendo entre dos camisetas?</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Sintes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://es.arabalears.cat/opinion/samuelson-friedman-politica-etiquetas_129_5673416.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Mar 2026 06:45:51 +0000]]></pubDate>
      <subtitle><![CDATA[]]></subtitle>
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