Turismo 'de calidad' o turismo de ricos? La nueva frontera del lujo en Mallorca
La reclamación de un turismo más selecto esconde una cuestión incómoda: ¿quién podrá continuar pagando los precios de la isla?
En el contexto del debate sobre la necesidad de un ‘nuevo modelo turístico’, un buen amigo, en un artículo de opinión, se preguntaba hace unos días “¿qué Mallorca queremos explicar al mundo?” y acto seguido cuestionaba si se debía seguir promocionando el turismo de sol y playa o si habría que enfocar la promoción turística “también al paisaje, a la cultura, a la gastronomía, al producto local, al patrimonio, a la innovación, al talento y a una manera mediterránea de entender la vida”. Personalmente, para poder asumir la propuesta, me sobra el adverbio ‘también’ y me falta saber si los visitantes que se quieren animar a venir a disfrutar de nuestro ‘producto local’ encarecerán los precios y, en consecuencia de esto, subirá el listón económico requerido para ir a los restaurantes a los que hemos ido toda la vida, en otras palabras, si nos gentrificarán. Si ha de ser así, ya lo digo, prefiero seguir con el turismo de masas ‘de toda la vida’.
Durante muchos años hemos oído un constante martilleo que insistía en la necesidad de reemplazar nuestro turismo por otro ‘de calidad’. Esto, sin explicitarlo de forma directa, quiere decir ir sustituyendo, poco a poco, a los turistas de clase baja y media que vienen de Manchester, Liverpool, Hamburgo o Róterdam por superricos de todo el mundo que vienen en jet privado, se comen nuestras gambas de Sóller y se hacen traer caviar iraní para comerlo al atardecer desde megayates. Turismo de calidad quiere decir turismo de ricos que, con su alta capacidad de gastos de superlujo, hacen subir los precios de todo (restaurantes, comercios, vivienda...) y esto afecta a todos aquellos que no alcanzan esa misma capacidad de gasto, la inmensa mayoría de residentes en el Archipiélago. Alguien puede decir que esto siempre ha pasado, y efectivamente así es, pero mientras los damnificados eran las clases bajas, poca gente tuiteaba por este motivo, pero cuando la saturación gentrificadora ha empezado a desplegarse también sobre las clases medias, mucha más gente ha empezado a salir a la calle para protestar. Mientras tanto, los oráculos del negocio turístico y inmobiliario responden sarcásticamente con el conocido “es la economía, estúpido”.
Y está claro, de lo que se preocupan los ejecutivos al frente (CEO en inglés) de empresas y fondos de inversión que dirigen las naves del turismo y del sector inmobiliario, es de alcanzar los objetivos de los planes estratégicos de su corporación para así conseguir las correspondientes bonificaciones. Esto supone ganar, para sus empresas, más en Mallorca y en Ibiza que lo que aportan a su compañía sus teóricos compañeros destinados a dirigir los negocios de otras regiones del mundo como el Caribe, las zonas turísticas de los países petroleros del golfo y las del sudeste asiático. Si alcanzan objetivos económicos superiores quizás podrán dirigir zonas turísticas más rentables para ellos, con más bonificaciones y, a la larga, quién sabe si coordinar a los ejecutivos al frente de las diferentes regiones donde está desplegada la compañía o, mejor aún, cambiar de compañía con notables mejoras en sus contratos. Pues nada de todo esto se puede conseguir con turismo de cervezas y hamburguesas.
Trasfondo clasista
Los proclamas a favor del turismo de calidad tienen un trasfondo, a veces inconsciente, clasista. A los inicios del turismo de masas a los empresarios de las empresas de Manchester o de Hamburgo, al ir de vacaciones, les incomodaba toparse con los trabajadores de sus fábricas de Inglaterra o Alemania y tener que compartir playa con ellos. Pensemos que, inicialmente, en todas las zonas turísticas, coincidían alojamientos de diferentes categorías, no como ahora que las urbanizaciones turísticas se han ido especializando en diferentes categorías de precios. Y como un hotel caro aporta más ganancias que un par (mallorquín) de baratos, parece que el turismo de superricos, ‘de calidad’, esté avanzando sobre el más modesto con una especie de nueva frontera del lujo que avanza sobre lo que había sido el turismo más popular. Es como si la gentrificación turística también se desplegara dentro del mismo sector turístico, no solo sobre los residentes locales, también sobre los turistas de menor capacidad de gasto. Quizás es por eso que proliferan formas alternativas y descontroladas de turismo de precios más baratos, como los pisos de uso turístico compartidos, los ‘pisos patera de guiris’, que no solo los hay de inmigrantes. Parece como si fuéramos ante una nueva invasión ahora protagonizada por diferentes escuadrones de jets privados y que los nuevos damnificados sean tanto los turistas como los residentes de clase baja y media.
Esto del turismo de calidad como alternativa al modelo turístico actual me recuerda los clamores a favor de la tenencia de las viviendas en régimen de alquiler cuando, antes del estallido de la burbuja inmobiliaria del 2008, se invocaba como mejor opción al infierno que debían sufrir los deudores hipotecarios. Entonces siempre salía el ejemplo de Viena, ciudad sin emergencia de vivienda, aunque no todo el mundo recordaba que en la capital austriaca el 60% de las viviendas son públicas y, por lo tanto, los precios de los alquileres también lo son. Con una distribución público/privado del 60%/40%, gran parte del 40% de las viviendas privadas que se alquilan, no les queda más remedio que ir en línea con los precios que marca la administración con los cuales establece su 60%. En otras palabras, el mercado libre debe equipararse a los precios públicos o queda sin inquilinos. Pero ahora y aquí, con un parque mayoritariamente privado, con precios del alquiler libres y sin ningún tope, nos hemos tenido que comer con patatas aquella receta poco meditada de principio de siglo. Creo que nos puede pasar algo parecido si seguimos invocando el turismo de calidad como alternativa al modelo turístico actual y aplaudimos, sin poner freno, la llegada de más y más jets privados que vengan a disfrutar de nuestro ‘producto local’.