No es sólo cosa del pasado
Hay muchas maneras de explicar cómo hemos crecido en Baleares. El reportaje de Mercè Pinya sobre el patrimonio arqueológico asediado, engullido o encajonado por la construcción muestra una de las más explícitas: hemos llegado a menospreciar aquello que, al mismo tiempo, declarábamos Bien de Interés Cultural. Es decir, un patrimonio que, por definición, tiene un mandato de protección, también de su entorno.
Lo más preocupante, sin embargo, es que esta no es solo una mala praxis del pasado. Continúa. Y, a veces, lo hace con el aval o promovido por las mismas instituciones que deberían velar para que no pasara. Así, en Menorca, el Consell ha decidido llevar adelante la construcción de un viaducto junto al yacimiento talayótico de Rafal Rubí, a pesar de las advertencias de la Unesco y el riesgo de poner en cuestión la declaración de la Menorca Talayótica como Patrimonio Mundial. En Mallorca, el Consell quiere levantar un gran edificio sobre el yacimiento de Pol·lèntia para concentrar allí los hallazgos arqueológicos de toda la isla. Un almacén que podría haberse situado en cualquier polígono acabará dentro del yacimiento en un espacio que forma parte de su comprensión. El patrimonio no son solo las piedras que logramos salvar de una obra. También es el territorio que las explica.
El problema es que hoy no solo no enmendamos desastres como el de Son Oms, el santuario posttalayótico que hace décadas que está dentro de un parterre de la autopista del aeropuerto de Palma. Continuamos haciendo barbaridades. Y esta mala praxis no siempre es fruto de la ignorancia, sino de decisiones avaladas por técnicos que aplican criterios desde una ética discutible. El patrimonio, así, continúa supeditado a otros intereses, incluso cuando quien debería protegerlo es quien toma la decisión de sacrificarlo.