La euforia de la extrema derecha incomoda al PP

Los populares y Vox protagonizan uno de los episodios más tensos de la legislatura con la derogación de la ley de memoria democrática

12/03/2026

Una vez terminó el último pleno del Parlament, la presidenta de Memoria de Mallorca, Maria Antònia Oliver, volvió a entrar en la sala. Necesitaba hacer un último gesto antes de partir, y colocó su pañuelo rojo sobre la mesa en la que todavía se encontraba la presidenta del Gobierno, Marga Prohens. "Verdad, justicia y reparación", dijo y partió. Lo hizo en señal de protesta por la derogación de la ley de memoria democrática, fulminada a iniciativa de la extrema derecha, apoyada por el PP. Vox lo celebró como una nueva victoria, mientras que los populares se limitaron a pasar ese trance como pudieron. Ningún aplauso, ninguna felicitación y sonrisas de circunstancias. "Somos el único partido normal", se escuchó decir al portavoz del PP, Sebastià Sagreras, una vez acabó el pleno. Ya se sabe: excusatio non pequeña, accusatio manifiesta. En otras palabras, quizás tienes que hacerlo mirar si tienes la necesidad de justificar tu conducta.

Las representantes de esta entidad llevan pañuelos en recuerdo de Nora Cortiñas, una de las madres de la plaza de Mayo de Argentina. Y los pañuelos se vieron tanto en la protesta en el exterior de la Cámara como dentro, donde los representantes de las entidades memorialistas, miembros de las Nuevas Generaciones del PP y simpatizantes de la extrema derecha presenciaron uno de los debates más tensos de la legislatura.

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A Facha. Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida (Blackie Books), Jason Stanley explica que una característica de la extrema derecha es el victimismo, una calidad que los representantes de Vox exhiben cada vez que tienen ocasión. Según la portavoz del partido de Santiago Abascal, Manuela Cañadas, los partidarios de la ley de memoria se comportaron de forma extremadamente violenta, una situación que dijo que incluso podría haber terminado "con un apuñalamiento". Cañadas se olvida de mencionar que el diputado de Vox en el Congreso Jorge Campos hizo el gesto del pollice verso en la puerta del Parlamento: el pulgar hacia abajo, el gesto con el que los antiguos romanos pedían la muerte de los gladiadores derrotados. Al parecer, no podía esconder su satisfacción. Cañadas tampoco recordó que partidarios de la extrema derecha anunciaron que "ahora será un funeral" cuando la derogación se hizo efectiva. Lo hicieron en la sala de pasos perdidos, donde los familiares de los asesinatos reclamaron respeto.

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Tal vez, la derogación de la ley de memoria ha afectado a los recuerdos del exmilitante socialista, porque Cañadas militó en las filas del PSIB antes de encontrar su lugar en el mundo en las filas de la extrema derecha. Pero es necesario aclarar su confusión: a lo que ella llama 'violencia' los demócratas llaman libertad de expresión. ¿O quizás esperaba que le dieran las gracias a las puertas del Parlamento por cargarse una ley que condena el franquismo, reconoce a las víctimas, asegura la retirada de la simbología de la dictadura e impulsa el reconocimiento de las víctimas y la investigación? Tal vez lo entendería con una sencilla explicación: la libertad de expresión existe siempre, sobre todo, en los casos en que los demás no piensan como nosotros.

Es gracias a la libertad de expresión que los miembros de la extrema derecha pueden justificar la dictadura de Francisco Franco, por ejemplo. Ellos juegan al límite, pero se victimizan si alguien les señala por sus actos y palabras. La intervención del portavoz adjunto de la extrema derecha, Sergio Rodríguez, para defender la derogación de la ley de memoria fue, en este caso, de manual. Rodríguez enarboló la bandera de quienes murieron por no ser de izquierdas o por no estar de acuerdo con la República en una interpretación tan cargada de emotividad que a momentos pareció echarse a llorar. Sus razonamientos fueron poco sutiles, porque lo que reclaman las víctimas del franquismo es el reconocimiento después de que un poder establecido, como ocurrió en Baleares desde los primeros compases de la Guerra Civil, aplicara una estrategia para no dejar rastro de ninguna persona que pensara, viviera o actuara de forma diferente a la que los fascistas consideraban correcta.

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Rodríguez levantó el dedo acusador e incriminó al PSOE de ser "responsables de la violencia de la Guerra Civil". Por eso es necesaria una ley de memoria, porque alguien debe recordar que existía un gobierno legal y legítimo, con el que acabó un golpe de estado. Los responsables del golpe de estado son quienes lo ejecutaron. Nadie les obligó, su deber moral no era iniciar décadas de terror, sino defender sus principios democráticamente. Rodríguez dijo sentirse víctima cuando se hacen homenajes a Lluís Companys, el último presidente de la Generalitat antes de la dictadura. Es obvio que Lluís Companys no asesinó a su repadrino ni a su tío. Según el representante de la extrema derecha, es el autor de las muertes quien fue el responsable de la seguridad en Cataluña. Una reductio ad absurdum de manual. Si Marga Prohens es responsable de la sanidad de Baleares, ¿es culpable de las muertes que se registran por negligencias médicas? La comparación es ridícula, en consonancia con el argumento. "Somos superiores moral, intelectual y estéticamente", proclamó Rodríguez desde el atril. La excitación del momento le quitó la careta. Esta declaración lo resume todo y deja claro que, cuando se acusa a la izquierda de creerse superior, el problema está en el dedo que acusa.

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El PP lo intenta

La izquierda hizo lo que le tocaba: defender la ley, apoyar a las entidades memorialistas y asegurar que, cuando vuelva a gobernar, la memoria democrática ocupará el lugar que merece en cualquier sociedad civilizada.

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Por su parte, la representante del PP que defendió la derogación, Cristina Gil, demostró lo complicado que es defender el apoyo de los populares a la extrema derecha en este caso. Gil lo intentó, ovacionada por los suyos, pero la mayor parte de sus argumentos fueron una muestra de puerilidad. Señaló que la tensión del pleno demostraba que la ley de memoria "nos divide". Pero hay que refrescar la memoria a la señora Gil: en sus ocho años de vigencia, la ley no ha creado ningún problema ni división. Lo que ha provocado la tensión es el hecho de que el PP otorgue ese placer a la extrema derecha. También aseguró que "la memoria es individual, de cada uno de nosotros". Quemamos los monumentos, los museos, los libros de historia ahora que sabemos, gracias a la señora Gil, que la memoria colectiva es un invento marciano. Y eso que utilizó un tono pedagógico, como viene siendo habitual en sus intervenciones. Quizás el tono no pueda suplir la falta de ideas.