Las últimas veces

Guarda en el teléfono la conversación con Pilar. Son frases tontas, una selfie, un chiste, cuatro risas. Siempre nos decíamos buenas noches, pero aquella vez no lo hicimos, y la comunicación se interrumpe bruscamente, sin ningún adiós, sin ninguna frase trascendental, sin ninguna palabra de agradecimiento por todo lo que ha sido. Seguro que habría sido diferente, si hubiera sabido que al día siguiente moriría de una manera fulminante y absurda.¿Cuántas cosas hacemos por última vez sin saberlo?Entre otros momentos que lamento no haber retenido está, por ejemplo, este: no consigo recordar la última vez que mi hijo mamó. Qué pena no haberme despedido de aquel bebé rollizo y risueño que hacía fiestas cada vez que veía que me desabrochaba la camisa. Ha vuelto un hombre con voz retumbante y gestos contundentes, y parece mentira que hubiera un momento en el que toda su felicidad era tener la barriga llena y el trasero limpio. Qué pena no retener en mi corazón la última vez que lo alimenté con mi cuerpo.Muchas veces vivimos cerrando los ojos a la evidencia del hecho de que cotidianamente estamos perdiendo cosas para siempre.Seguramente mi abuela sí que lo sabía, el día que partió por última vez de Mallorca. Hacía años que los abuelos se habían trasladado a Barcelona para estar con nosotros, y cada verano volvíamos todos a la Ràpita, a aquella casa que habían comprado en los años 70 y que poco a poco se había ido haciendo grande, a medida que la familia crecía. Cada año visitábamos a todos los parientes que quedaban vivos, íbamos a Consolació, hacíamos cochinillo por la Mare de Déu d’Agost, asábamos el pescado que mi padre pescaba. Al atardecer los viejos se sentaban en el rincón de la terraza donde corría la brisa y veían el tiempo pasar.Así, entre gestos cotidianos a los que no dábamos ninguna importancia, se acababa el último verano que ellos vendrían. Los abuelos tendrían que ser eternos, pero no lo son, y lo entiendes demasiado tarde. Yo no lo sabía todavía, pero diría que la abuela era consciente.La retrataría: menuda y nerviosa, con la piel blanca y fina, aquel vestido con un estampado que ahora vuelve a estar de moda y los zapatos planos. Aquel día de principios de septiembre subió con el abanico en la mano al coche, y cuando yo ya lo había puesto en marcha y me ajustaba el retrovisor, ella se giró para mirar por la ventana lo que con tanto esfuerzo habían construido, y dijo, tan bajito que debía pensar que no la oiría: “Adiós, casita”.No volvió nunca más. Y siempre pienso en ella cuando cierro la casa, su legado, y le digo abuela, todavía venimos, todavía me parece veros en el rincón de la terraza donde el aire de la tarde da un poco de respiro.Es curioso haber crecido en una casa así, porque a pesar de que todo esté tan cambiado, todavía soy capaz de verla como era antes.Cuando era pequeña todos los alrededores de la casa de la Ràpita eran garriga. ¡Había jugado tanto! Todavía os puedo decir los pinos que había, las piedras, las higueras de moro, los márgenes. Mi mundo, de niña, estaba hecho de círculos concéntricos que se iban haciendo más y más anchos a medida que yo crecía: primero solo iba a nadar al cocó, luego ya pude ir a las cuevas, y poco a poco el alcance se ensanchaba más y más, y en la adolescencia íbamos a nadar a la playa, y de vuelta subíamos la costa con aquella bicicleta un poco oxidada y sin marchas que, no sé por qué, habíamos dejado atada a la entrada del club, como si hubiera algún peligro de que alguien quisiera llevarse aquel trasto.Cada año, cuando volvía y salía a jugar a la llanura, lo veía un poco cambiado. Una pared nueva, una obra donde antes había pinos, calles que no llevaban a ninguna parte y cuadriculaban absurdamente el caos.Hay un pino que recuerdo con mucha ternura. No crecía recto, era perfecto para trepar por él, el tronco era muy parecido a una pequeña rampa que me permitía llegar a la copa, donde me convertía en princesa, o hada, o mochuelo, o en lo que tocara jugar aquel día.No recuerdo la última vez que subí y, de hecho, no sé si pasaron algunos veranos esperándome, mientras ya me había hecho mayor y no jugaba trepando a los árboles. La verdad es que aquel pino torcido y feo ya no existe. Ahora está la piscina de la casa de unos franceses.Me molesta que no sepan lo que había antes de ellos, de la casa enorme que han construido. Podría ser que alguien dijera lo mismo de nuestra casa, que seguro que también necesitó talar pinos y también debió cambiar el paisaje que alguien amaba.Hablando de paisajes que amo, no pude ir a la manifestación en defensa del Trenc. Habría ido seguro.No sé si a vosotros os pasa, pero a mí sí: siempre que voy a esas playas me da miedo que sea la última vez, que algún día los avariciosos consigan sus planes malignos y perdamos para siempre este espacio mágico.Que la codicia de unos pocos no malogre el tesoro de todos.