El turismo, al servicio de quién?

Hace años que batimos récords turísticos. El problema es que una parte creciente de los isleños ya no los celebra. No hace falta explicar mucho por qué. Vivienda, saturación, tráfico, ruido, presión sobre los servicios. Las manifestaciones solo han hecho visible un malestar que ya hacía tiempo que estaba ahí. Por eso creo que el debate ya no es si queremos más o menos turistas. El debate es quién debe estar al servicio de quién.Sería absurdo negar todo lo que el turismo ha aportado a unas Islas que le deben una buena parte de la prosperidad. Pero una cosa es reconocerlo, y otra dar por hecho que los intereses de nuestra principal industria coinciden siempre con los intereses de quienes vivimos aquí. Un hotelero quiere llenar más habitaciones. Un restaurador, más mesas. Una compañía aérea, más pasajeros. Es bien normal. Lo que ya no es tan normal es dar por hecho que nosotros también necesitamos este crecimiento.La pregunta es bastante sencilla. ¿Qué nos deja un turista más, qué costes colectivos genera su estancia y, sobre todo, quién los paga? Basta mirar cualquier zona turística: calles, asfalto, alumbrado, jardines, alcantarillado, redes de agua, bombeo, recogida de basuras, limpieza, accesos. Muchas urbanizaciones crecieron para acoger a una población que se multiplica durante unos meses, pero los ayuntamientos las deben mantener todo el año. Y esta presión ya ha entrado de lleno en nuestros pueblos y ciudades: plazas, aparcamientos, agua, limpieza, seguridad, mantenimiento.Una parte de esta capacidad adicional se acaba pagando con los mismos presupuestos que han de atender las necesidades de quienes vivimos aquí todo el año. Y el dinero público, si va aquí, no puede ir a vivienda, escuelas infantiles, transporte público, dependencia y otras necesidades. La OCDE hace tiempo que advierte que el turismo depende fuertemente de las infraestructuras y de los servicios públicos y que una presión elevada puede afectar los recursos y la calidad de vida de las comunidades que lo acogen. Es curioso que nos preocupe tanto que el destino sea competitivo y que nos preguntemos tan poco quién paga esta competitividad.Después, está la factura que no pasa por ninguna Administración. La encontramos cuando buscamos un piso, cuando nuestros hijos no pueden emanciparse, cuando determinados precios se adaptan a la capacidad de gasto de quien está 15 días de vacaciones, pero también en cosas más difíciles de poner en euros: el ruido, las colas, la congestión, la pérdida de tranquilidad y tener que adaptar durante meses nuestra vida cotidiana a una presión que no hemos elegido. La demanda turística y de segunda residencia compite, también dentro de nuestros pueblos, con familias de aquí que tienen mucha menos capacidad de compra. Esto cuesta de tragar: mantenemos nuestros pueblos para que sean atractivos, pagamos impuestos todo el año y, al final, una parte de nuestros hijos ya no se puede permitir una casa. Y todo este desgaste, aunque no salga en ningún presupuesto, también sale de nuestro bienestar.Por eso creo que nos equivocamos cuando discutimos si el número adecuado son 15, 17 o 20 millones de turistas. El tamaño de la industria turística no debería decidirse de entrada. Debería ser un resultado. Primero deberíamos saber qué cuesta realmente esta actividad y procurar que los costes colectivos que genera formen parte, tanto como sea posible, de la factura que paga quien los genera. Solo entonces podremos saber qué dimensión de la industria turística es compatible con el interés general.Esto encarecerá una parte de la oferta turística. ¿Y qué? Si alguien considera que venir a las Islas vale aquel precio, vendrá. Si un negocio continúa siendo rentable después de pagar los costes que genera, magnífico. Y si solo lo era porque una parte de estos costes los pagábamos nosotros, tal vez deberíamos preguntarnos por qué tenemos tanto interés en conservarlo. Seguramente vendría menos gente. No me parece ningún drama. Menos volumen no debe ser el objetivo. Debe ser, si corresponde, el resultado de dejar de cargar a los residentes una parte de la factura.Y aquí también debemos exigir una respuesta a nuestras instituciones. ¿Por qué continuamos gobernando el turismo pensando tanto en las necesidades del sector y tan poco en el bienestar de quienes vivimos aquí? El sector turístico tiene todo el derecho a defender más actividad, más clientes y más rentabilidad. Es su trabajo. Pero el Gobierno, los consejos y los ayuntamientos no tienen este mandato. Su mandato es defender el interés general de los ciudadanos que vivimos aquí. Siempre.Un buen gobierno no gobierna para maximizar los intereses de una industria, por importante que sea. Gobierna para maximizar el bienestar de los ciudadanos. Cuando el interés del sector y el interés general coinciden, perfecto. Pero cuando dejan de coincidir, no hay mucha discusión posible: debe prevalecer el interés general. Por eso tenemos derecho a pedir a quienes gobiernan cuál es el criterio con el que deciden si una política turística es buena. ¿Que venga más gente? ¿Que aumente el gasto? ¿Que el sector facture más? ¿O que los isleños vivamos mejor?No gobernamos una industria. Gobernamos una sociedad. Durante demasiado tiempo hemos pedido a los residentes que entiendan las necesidades de nuestra principal industria. Quizás ha llegado el momento de pedir a nuestra principal industria que entienda las necesidades de los residentes.Porque somos nosotros los que vivimos aquí, los que votamos aquí, criamos a nuestros hijos aquí y dejaremos estas Islas a los que vendrán detrás. El turismo ha sido y continuará siendo una herramienta extraordinaria de prosperidad. Pero es eso: una herramienta. No es la finalidad. Y si para que los isleños vivamos mejor tienen que venir menos turistas, no veo por qué deberíamos tener miedo. Al final, esta es la única medida que realmente importa: que el turismo nos ayude a vivir mejor, no peor.