Troya trans
Antes de que se haya estrenado, todo el mundo ya habla de ello… Pienso en la versión de laOdisea que ha filmado Christopher Nolan, que se verá en las pantallas grandes el próximo julio. Ya sabemos que antes este director, uno de los artistas cinematográficos más en forma de las últimas décadas, había firmado la historia deOppenheimer y antes las aventuras de Batman. La polémica está siendo generada por todos aquellos que en las redes sociales se oponen a que ciertos papeles sean interpretados por determinados actores, así, el rumor –parece que ya confirmado– que Helena de Troya será encarnada por una actriz negra, Lupita Nyong’o, y que Elliot Page (antes Ellen Page), un hombre transexual, pueda llegar a interpretar, nada más y nada menos, que al guerrero Aquiles. Recientemente se ha estrenado en la televisión una nueva versión de la vida de Mozart –Amadeus, en Skyshowtime– y he visto que al genio de Salzburgo lo interpretaba (magníficamente) Will Sharpe, que es medio japonés, y que al libretista judío e italiano Lorenzo Da Ponte y al músico austríaco Süssmayr, que remató el Rèquiem, los interpretaban actores negros. Todo esto podría hacer reír hace algunos años; ahora mismo está motivando parodias en X, en las cuales, sin embargo, se pone de relieve una supuesta injusticia: que jamás admitiríamos que un personaje histórico negro fuera interpretado por un actor blanco, como por ejemplo un biopic de Obama encarnado por Simón Andreu. Si el color de la piel no importa, como debemos defender si somos antirracistas, por qué preocupa que Helena de Troya la haga una mujer negra (a pesar de ser guapísima)? Y es evidente que detrás de esto hay mucha conciencia culpable y que desde las industrias culturales se quiere apostar no solo por la diversidad en los trabajos –y dar un papel a todo el mundo en las producciones globales: satisfacer cuotas–, sino por compensar la invisibilidad de raza en las películas del pasado. Por mucho que esto nos lleve a mostrar una Viena de Mozart con más diversidad racial que la Nueva York de ahora, tergiversando el relato histórico, como lo desfiguró Clint Eastwood cuando no hizo salir ningún soldado negro en las películas que filmó hace casi veinte años sobre la Segunda Guerra Mundial, tampoco está bien visto que no haya mujeres en el argumento, por mucho que una película bélica o de mafiosos nos pueda obligar (pensemos en la filmografía de Scorsese). Ahora ya no se trata de representar ‘la realidad’, sino de hacer un espejo que proyecte no lo que somos, sino lo que querríamos ser, y que por mucho que ponga en solfa nuestras debilidades como especie, lo haga al menos sin olvidar que somos diferentes, plurales y presuntamente justos en los castings, por mucho que esta forma de justicia ahora nos lleve a falsear un pasado que sí, para el arte ha sido siempre una excusa. Como decía Hitchcock: “El cine son cuatrocientas butacas vacías”, es decir, más que un arte, es una audiencia por encima de todo, y será esta la que decidirá si acepta o no estas licencias. Y creo que no solo las acepta, sino que las pide, o que celebra que la obra la obligue también a posicionarse antes incluso de comprar la entrada y disfrutar.