El triunfante hotelerismo

La enorme influencia que los políticos baleares permiten que tenga el gremio de los hoteleros, lo que se puede llamar ‘hotelerismo’, explica por qué el modelo turístico no ha cambiado durante más de siete décadas. También por qué se han ido creando tantos problemas directamente relacionados, desde el mismo negocio que ahora empobrece al conjunto social hasta la estructura económica cautiva de un monocultivo que debilita peligrosamente su potencial, pasando por tantos otros, como el de la sustitución demográfica. Nada de todo esto preocupa en absoluto al hotelerismo, para el cual lo único que vale es satisfacer la codicia de estos empresarios.Basta decir que la responsabilidad no es tanto de los hoteleros como de los que se dejan influir y a menudo determinar, los políticos. Los de la derecha no han disimulado nunca su sumisión, mientras que los de izquierdas y nacionalistas pueden avergonzarse de ella –algunos– y negarla, pero la práctica cuando han gobernado delata el mismo vasallaje. Esta hermandad dócil es una realidad desde el 2003, si bien el influjo es más antiguo.La primera vez que se manifestó fue en 1955: apogeo de la dictadura, inicios del turismo masivo, primeros operadores de viajes que traían cada año más visitantes, fondas que de un día para otro eran hoteles, casas alquiladas enteras o por habitaciones y que cada año crecían con nuevas habitaciones adosadas –no existía control urbanístico–, el Banco Hipotecario que otorgaba generosos créditos para construir hoteles y cada temporada aparecía un puñado sobre la arena de alguna playa...La progresión del negocio era tan rápida e incontrolada que algunos políticos de la Diputación –que no debían tener intereses hoteleros, ni directos ni indirectos– comenzaron a preocuparse ante el desbarajuste creciente. Y como pensaron –ingenus– que les tocaba ponerle remedio, decidieron aprobar la Memoria y proyecto de la Carta Provincial –publicada en el boletín oficial provincial el 30 de diciembre de 1955–, en la cual, entre otras medidas, se ponía en marcha un impuesto especial para los establecimientos turísticos –hoteles, pensiones y otros– y la prohibición de edificar sobre los arenales costeros.Los hoteleros vieron aquello más o menos como el advenimiento de la revolución soviética. Se aliaron con lo más granado del fascismo institucional –el movimiento Organización y el Gobierno Civil– y dirigieron el Fomento del Turismo contra la iniciativa. El Fomento presentó alegaciones –tenía el Madrid oficial detrás– y el desenlace fue el previsible: el intento de limitar la avaricia hotelera fue abortado y el presidente y otros miembros de la Diputación dimitieron –por ‘razones personales’– durante el año siguiente.En la práctica, fue la luz verde para el descontrol absoluto. En los 20 años siguientes, el hotelerismo sembró la primera línea de nuevas construcciones: la ‘baleárización’. Con la crisis del petróleo de 1973 el turismo menguó y no se recuperó del todo hasta 10 años más tarde, coincidiendo con la invención autonómica.Entonces –en 1983– aún existían otros poderes fácticos. Verbigratia: el vaticanismo y la Banca March. La entidad financiera, por ejemplo, determinó quién sería el primer presidente del Gobierno, Gabriel Cañellas –de Alianza Popular, AP, hoy PP–, cuando el director general, Carlos March, forzó una reunión en su despacho en Madrid entre Cañellas y el jefe de Unió Mallorquina –que disponía de los diputados clave–, Jeroni Albertí, el cual tenía avales bancarios que –según dijo en una entrevista a Memòria Viva. Mallorca des de la mort de Franco fins avui, Promomallorca, 1995– no le dejaban “ser libre económicamente” y no tuvo más remedio que hacer presidente a Cañellas, cerrando las opciones del socialista Fèlix Pons. Y las propias, no en vano aspiraba a forzar un bloqueo que su elección pudiera deshacer.El hecho de que el Govern se formara de manera tan ignominiosa no puede extrañar que la política turística que puso en marcha fuera también infame: satisfacer la codicia hotelera. La izquierda se opuso y cuando llegó al poder, en 1999, inició la estrategia de conflicto con los hoteleros –diseñada por un consultor catalán, del PSC– que implicaba imponer una ecotasa como primer paso de la futura reforma del turismo. Pero el PP de Jaume Matas ganó en 2003 y los perdedores asumieron que la guerra contra los hoteleros había sido la causa.A partir de entonces el hotelerismo alcanzó su máxima esplendor. El PSOE, la extrema izquierda y el nacionalismo progresista se hermanaron con la derecha y le rindieron vasallaje. El segundo pacto de Progreso (2007-2011) y los siguientes Gobiernos de izquierda (2015-2023) lo certificaron.Hace más de 70 años del primer intento fracasado de poner límite al poder hotelero, en 1955. Han mejorado muchas cosas desde entonces, pero hay una que, si ha cambiado, solo ha sido para empeorar. Y no parece que vaya a mejorar en los próximos años: el hostelerismo triunfante.