Sueño de una siesta de verano

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20/10/2026 - 07:47 h
Arquitecto

Esta es una visión romántica y utópica de Mallorca. Parte de una posibilidad remota: que los políticos pongan unos impuestos que hagan más interesante sembrar tomates que ampliar un hotel. Es ficción...

En el año 2038, la mitad de los hoteles habían quedado vacíos. Los periódicos hablaban de desastre y la gente se preguntaba qué haríamos ante aquella dantesca situación. “¿Qué haremos ahora?”

Con los impuestos recaudados de los hoteles que todavía funcionaban, el Gobierno había acordado la cesión de los que habían quedado desocupados para que la gente pudiera vivir allí gratuitamente. En realidad, lo hacían porque no sabían qué debían hacer con ellos. Habían probado a vendérselos entre ellos, pero todos ya tenían.

Juntabas dos o tres habitaciones y ya tenías tu casa, con vistas al mar y un teléfono al lado del váter. Algunos destinaban una a la cocina comedor; a otros les bastaba un estudio con minibar. Abajo estaba el comedor público, las salas de juego, la terraza y la lavandería. El bufé ya no cerraba a las diez.

Las piscinas continuaban abiertas. Sobraban reservas de agua, aunque llovía poco. En las pistas de minigolf jugaba la gente del barrio y el night bar abría los viernes para los locales. Después de treinta años preparando vacaciones para los demás, habían descubierto que sentarse un rato también les gustaba. Había quienes todavía se despertaban temprano para reservar una tumbona con la toalla. Las malas costumbres costaban de quitar.

Los hoteles que continuaban abiertos eran los que aportaban valor social o paisajístico: cuidaban el entorno, daban buen trabajo y tenían alguna relación con Mallorca más allá de la conexión con el aeropuerto. Los turistas pagaban bien allí, comían bien y se podían hacer un selfie sin tener que hacer huir a otros turistas.

Algunos antiguos hoteleros se habían hecho campesinos. Con las ayudas de la ecotasa recuperaban tierras y sembraban tomates que vendían a los hoteles a buen precio. Uno había intentado aplicar la tarifa dinámica a los calabacines. Terminó regalándolos a la familia, como todo el mundo.

Llovía poco, pero entre el riego bien pensado, las ayudas y unos precios dignos, el campo volvía a salir a cuenta. Quien tenía algarrobos ya no esperaba que la finca fuera edificable. Esperaba septiembre.

Los pescadores vendían la llampuga a 50 euros el kilo. Los turistas la encontraban excelente y los pescadores también encontraban excelentes a los turistas. La relación había mejorado mucho desde que no había tantos.

Los arquitectos también nos habíamos pasado al campo. Yo tenía seis gallinas y un proyecto de gallinero que había tenido que simplificar por sugerencia de las gallinas.

Mallorca recibía menos gente, el campo volvía a tener vida y los residentes tenían su casa. Los indicadores de crecimiento estaban preocupados. La gente dormía bastante bien.

Yo vivía en la tercera planta del antiguo hotel Paraíso. Habíamos quitado las estrellas de la fachada, pero le habíamos dejado el nombre, ya que empezaba a cobrar sentido.

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