Con la silla en el mar

Este verano me he fijado en que los jóvenes van al mar con una silla. Y no me refiero a jóvenes que hayan dejado de serlo, sino a jóvenes muy jóvenes. Algunos llevan una tumbona, pero la mayoría, una silla plegable. Los ves con la silla, pero también con la sombrilla, una nevera grande, una cesta con el picnic, fiambreras y con ropa colgada de la sombrilla. Se instalan en las rocas o en la playa como quien lo hace en su casa. Me gusta la actitud.

Cuando yo era joven-joven –no joven como ahora–, las sillas plegables al mar las llevaban los abuelos y las abuelas. Los mirábamos con ternura, a veces con ironía, convencidos de que quien cargaba una silla hasta el mar había llegado a esa edad en la que ya no se podía agachar mucho para sentarse en tierra, o que las rocas le hacían más daño en los huesos que a nosotros. Por cierto, nosotros íbamos con las 'cranqueres' puestas, que todavía ahora me parecen el calzado natural para transitar por las rocas y el mar.

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Un paréntesis: ¿por qué es tan difícil encontrar unas sillas de playa como las de toda la vida? Las auténticas, las que no se han vuelto un artículo de moda y que no cuestan como si fueran unos zapatos de diseño. Este verano las busqué por todo Palma y acabé yendo a Manacor. Allí sí. Pero volvamos a la silla.

Ahora los más jóvenes llegan al mar con su pequeño equipamiento doméstico. Hacen corrillos o se sientan en pareja, tan juntos y tan bien instalados que parecen un matrimonio en edad de celebrar las bodas de oro. Y a mí me resulta entrañable. No porque piense que se hayan hecho viejos antes de tiempo, sino porque quizás han encontrado una manera de montarse, aunque sea por unas horas, el apartamento frente al mar que probablemente no podrán tener nunca.

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Así, un par de sillas, un techo de tela, la nevera, la comida, la toalla y la ropa que se seca al viento. Una casa provisional frente al mar. Yo misma metí dos sillas plegables y una mesita dentro del coche y le dije a una amiga si quería venir a tomar el aperitivo a mi ‘pisito’ del mar. Y nos instalamos en las rocas, no diré de dónde. Bien alerta.

En todo caso, no es una cuestión menor dónde decidimos instalar ‘el pisito’. Hemos tenido que renunciar a buena parte de las playas porque no cabemos. La saturación también ha hecho más difícil eso tan sencillo que era ir al mar, aunque no nos bañáramos. Porque aquí siempre hemos dicho “ir al mar”. Y conviene reivindicarlo.

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Quizá hay algo más en esta invasión de sillas, tumbonas y otros enseres domésticos frente al mar. Es una manera de tomar posición, y posesión. De hacer nuestro, por un rato, un espacio del cual, de una manera u otra, se nos va echando. Como las cenas en la rebanada. Como cenar en el suelo en el paseo del Born.

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Quizá por eso me gustan estas sillas plegables, y más que vayan bajo el brazo de los más jóvenes. Porque, sin saberlo, estos jóvenes que nos recuerdan a los abuelos de un tiempo lo que hacen es algo que siempre ha sido muy joven: inventarse un lugar donde estar.