Del segundo cinturón de Palma a la tartana de Inca modelo 1875
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El Consell de Mallorca, que gobierna el PP aliado con Vox, anunciaba recientemente el próximo inicio de las obras del segundo cinturón de Palma, las cuales, según el presidente de la institución, Llorenç Galmés, comenzarán antes de que acabe 2026 –o, si no, y a lo sumo, recién iniciado 2027– y durarán –casi nada, dice el diario– seis años. Aseguraba muy ufano que estamos ante “una reivindicación histórica de los mallorquines”. Que por supuesto la hará realidad la derecha y no la pérfida izquierda.
El hombre le puso un poco –o un mucho– de fantasía. No todos los mallorquines lo reivindican. Por ejemplo: hasta siete organizaciones cívicas ya se han opuesto. Y entre el resto de la aristocracia política local tanto el PSOE como MÉS se muestran contrarios, si bien por razones diferentes. Los socialistas, por divergencias presupuestarias mientras que los nacionalistas lo rechazan del todo porque –la etiqueta ecologista obliga– ellos apuestan “por otro tipo de movilidad” basada, dicen, en el “transporte público”.
Las Baleares disponen de casi un vehículo por cada habitante. Somos la provincia y región española con este índice más alto, muy por encima de las otras y líder en toda la Unión. Los atascos de las arterias del tráfico rodado no son solo responsabilidad de los coches de alquiler. Ayudan mucho durante el verano, pero no lo explican para todo el año. Ni remotamente. Somos los residentes –son, porque un servidor no tiene vehículo privado– los que colapsamos las carreteras y los accesos a Palma.
Así que hacer nuevas infraestructuras viarias parece inexorable. Ahora bien, es verdad que cada una de estas obras que se haga se llenará enseguida y acabará atascada. Si el dinero llama al dinero, los coches llaman a los coches, bien cierto es. Sería fabuloso que como dice MÉS las instituciones apostaran por el transporte público. Pero la historia reciente muestra que no se puede confiar en ningún partido.
Desde que el primer Gobierno del Pacto de Progreso hizo la prolongación de la línea del tren de Inca hasta Manacor –inaugurada en mayo de 2003– no se ha hecho nada más respecto al ferrocarril, en teoría el mejor sistema de transporte público. Y eso que la izquierda nacional ecologista y etcétera junto con la socialista y la ultraizquierdista volvió a gobernar entre el 2007 y el 2011, 2015 y 2019, y 2019 y 2023. Han tenido 12 de los 23 años transcurridos para hacer lo que dicen que defienden pero se olvidaron. Como para confiar en ellos.
No es solo que la red no haya crecido. Es que la existente está obsoleta. Verbigracia: en 1875 se inauguró el trayecto Palma-Inca que se hacía en poco menos de una hora. Hoy necesita unos cuarenta minutos o un poco más incluso. En 150 años hemos reducido como mucho un tercio del tiempo del viaje. Así es imposible que quite coches de las carreteras. Se me dirá que los autobuses son más eficientes. Sí, pero la red y las frecuencias hacen difícil que sea la alternativa al coche para muchísimos mallorquines que se tienen que desplazar por fuerza cada día desde su respectivo pueblo a Palma y después volverse a su casa.
No hay milagros y ni siquiera soluciones fáciles para problemas complejos. Y si tenemos uno, de complicado, es el del transporte público y privado. Con un incremento de población como el que hemos experimentado y con el lógico y proporcional aumento de la motorización, qué podíamos esperar, si no es lo que tenemos. Bien, lógico no lo es mucho, pero sí comprensible porque el coche es necesario, además de ser símbolo de estatus personal, mientras que el transporte público queda para mujeres de clase baja, inmigrantes, jubilados y algún tipo de aquellos raritos que no tenemos carné de conducir ni vehículo.
Desde este punto de vista tiene razón Galmés. Necesitamos el segundo cinturón como el aire contaminado que respiramos. Sin embargo no debería ser incompatible con el hecho de intentar poner unas sumas reales y mucho más intensas a favor del transporte público. Gastarse 350 millones con el segundo cinturón es mucha pasta. ¿No podría el señor Llorenç –y la señora Marga, que es la dueña de los posibles– reservar una parte de este dinero para el transporte con voluntad pública?
El PSOE le reprochaba al PP sobre todo esto del dinero. De manera implícita esta crítica basada en la cuestión presupuestaria permitía entender que los socialistas no divergen mucho en el fondo del proyecto del PP. En efecto, la vía conectora que defendían cuando gobernaban no era muy diferente del segundo cinturón actual, más allá de la denominación y de aspectos menores. Y si esta constatación tiene razón de ser debe conducir por fuerza a plantearse cómo es posible que los dos grandes partidos no puedan llegar a un pacto de mínimos que asegure a los ciudadanos una estable política de inversiones en transporte público a largo plazo que algún día, entre otras cosas, permitiera –y eso sí que sería un gran milagro– que el tren de Inca dejara de ser la tartana modelo 1875 que es ahora.