San Jorge o la gran ilusión del libro: ¿mucho ruido y poca literatura?

Después de Sant Jordi parece que apetece hacer un poco de balance. El mundo del libro parece abocado, en los últimos años, a una fiesta del comercio cultural en la que buena parte de la facturación anual se concentra en un solo día. No deja de ser una buena noticia que la fiesta de la rosa y el libro continúe teniendo tan buena aceptación, y que haya tanta gente que aún tenga el anhelo de regalarle un libro y una rosa a su estimada. Hace unos años, las cosas iban de tal manera que los hombres compraban la rosa y las mujeres el libro, pero el sesgo machista de este intercambio ha tendido a disolverse (nadie quiere acordarse de este detalle). Es evidente que si todo el mundo compra un libro por Sant Jordi (cosa que tampoco pasa, no nos engañemos) el negocio puede llegar a funcionar muy bien, porque vender dos millones de libros en un día no es poca cosa (pero hay más de dos millones de catalanoparlantes; pocas ganas de gastar, y menos aún de leer). Pero, si nos atenemos a la cifra de libros que puede colocar el autor más vendido solo ese día, pues vemos que difícilmente llegará a 30.000 ejemplares (su título no representa ni un 1% del total de ventas); es decir: lo más importante no tiene ninguna importancia. Todos aquellos libros que llamamos ‘best sellers’, libros que se adaptan a los gustos populares, solo son un 6% del total de libros que aquel día se han colocado. Tampoco hay que añadir que solo un poco más de la mitad de los libros que se venden son en catalán, en porcentajes que tienden a igualarse, lamentablemente, año tras año. Y que si la cosa va de vender libros populares, tampoco podemos esperar que, una vez convertidos ciertos libros en ‘cultura de masas’, estas obras sean las que destaquen más por sus valores estéticos o literarios –o por su mérito intelectual. Todavía hay gente que se sorprende cuando ve lo mala que puede llegar a ser la mala literatura, y hasta es admirable que se dediquen más esfuerzos de la alta cultura a hundir aquello que el mercado ha elevado que a levantar aquello que, siendo excelente, pasa más o menos desapercibido y no da nada de caja. No hace falta decir que este fenómeno muestra más resentimiento y esnobismo que una verdadera preocupación por el estado de la cultura. Que Sant Jordi sea una fiesta de la literatura comercial o popular tampoco debería asustar a nadie, porque al día siguiente (Sant Fidel) podemos seguir yendo a las librerías y llevarnos, sin colas ni aglomeraciones, las verdaderas maravillas que continúan publicando los editores que no se han transformado en proxenetas de la propaganda ideológica disfrazada de narratividad 'para todos'. Aquello que conocemos como literatura, o buena literatura, no morirá nunca, pero cada vez tendrá un papel y un lugar más reducido en la cultura, fenómeno que cada día que pasa se aleja más de lo que debería ser (una exhibición y aprendizaje de la excelencia posible) para transformarse en una simulación de integración cultural o ideológica: en la celebración del tópico, o de aquello más manido y previsiblemente inocuo, de lo que ya sabemos reforzado con propaganda y papelinas.