Rendimiento, malestar y frontera política
A principios del año 2011, encontré un día una nota, bajo la puerta del despacho, sobre un acto llamado ‘El estado de malestar’. Se había añadido, a mano, un “¡Es esto!”. Venía de un alumno, frustrado desde hacía tiempo por la falta de canales de expresión política –e intelectual– de su generación. Poco tiempo después, este mismo joven lanzó el hashtag #acampapalma, y en un santiamén la plaza de España se convirtió en la plaza de Islandia, a la estela del 15-M.
Quince años después, con las nuevas ocupaciones de plazas, han cambiado muchas cosas, otras menos y, entre unas y otras, la vida política se ha polarizado de una forma muy particular: se ha bipolarizado.
Entre las cosas que han cambiado, está la generación. Los zetas han sustituido a los milenistas como protagonistas de la nueva movilización. También ha cambiado el contexto económico, de una crisis profunda y de dramáticos recortes sociales, a unas cifras macroeconómicas envidiadas en todo el mundo. Y también hay diferencias en el marco político: aquel ciclo se desencadenó por una crisis de legitimación política que puso en la diana el bipartidismo (‘No nos representan’, ‘El PSOE, el PP, la misma mierda es’), y el sistema de partidos se sacudió con la llegada de nuevas siglas y líderes, y la desaparición o transmutación de muchos partidos.
Entre lo que no ha cambiado está la crisis social, incluida la de acceso a la vivienda, que ya era una demanda central entre los indignados, ¿y a quién se le imputa?: a la agenda neoliberal y al sistema de partidos. Aunque se trata de fenómenos globales, se expresan, como hace 15 años, como una impugnación del pacto social de la Transición, del Régimen del 78, de una ‘democracia de propietarios’ que excluye del estado de bienestar el derecho a la vivienda y raja la estructura social, dejando por el camino al menos a un tercio de la ciudadanía. Y esto tiene lugar en tiempos de vacas gordas, porque, se diga lo que se diga, el crecimiento por sí solo no promueve más prosperidad para la mayoría y menos aún más justicia. Tampoco ha cambiado la crisis de representación, la orfandad política de la juventud y de tanta gente, que se ha organizado sin que los radares de analistas, medios de comunicación y, por descontado, de partidos políticos, hayan detectado lo que se movía ante sus ojos.
El clima de excitación que ha desencadenado, tanto a derecha como a izquierda, la última audacia de Sánchez, al convocar elecciones como un plebiscito sobre vivienda, da una vuelta más de tuerca a la bipolaridad de las emociones políticas de los últimos años: altibajos repentinos en el estado de ánimo, de tomar los cielos a la depresión, a la claudicación de unos y la certeza de paseo militar en otros, y ahora, a la euforia y la histeria respectivamente. Igual que con los trastornos bipolares, la psicosis, la desconexión de la realidad, ha sido uno de los rasgos dominantes en la política de los últimos años, a un lado y al otro. Buena parte de la culpa la tiene una serie de influencias teóricas, filosóficas, utilizadas explícitamente por la izquierda, después copiadas por la derecha, según las cuales el discurso es la realidad, y es suficiente con enunciar una nueva frontera política para que las mayorías se recompongan. Podemos lo tradujo en la fórmula de la casta contra la gente, y durante un tiempo funcionó; la derecha lo ha adaptado en un ‘Perro Sánchez’ contra España, y le ha funcionado muy bien. Así, lo social es un juego de identidades en oposición donde gana quien es capaz de establecer a su favor la línea divisoria, a través del relato, del marco, entre el enemigo a derrotar y el nosotros oprimido.
Ahora, ¿se resituarán los polos alrededor de la política de la vivienda y se desplazará la mayoría social, y electoral, a la izquierda? Difícilmente lo hará solo por el arte de la magia del cambio de relato, ahora centrado en la vivienda. La realidad no se agota en el discurso, y lo que vivimos es una consecuencia necesaria del fracaso en resolver los problemas estructurales que ya señalaban los indignados. No han hecho más que agravarse, gobierne quien gobierne, cerrado ya sin éxito el ciclo político que espoleó el 15-M. Son muchas, y profundas, las causas de la situación actual. Y una de ellas es la falta de un proyecto alternativo que atienda lo que está más allá, o por debajo, del marco discursivo: las tendencias a largo plazo, el hilo del estado de malestar que lleva de los indignados a las inquilinas, a los cuales ni derecha ni izquierda han atendido, unos por principios, otros por conformismo, y sí, también en complicidad con el rentismo.