Qué quieren esta gente
Ya sabemos qué quieren esta gente, como lo sabemos en la gran canción de denuncia del fascismo de Maria del Mar Bonet, que en estos tiempos nos resuena en la cabeza demasiado a menudo. Ahora quieren que la fotografía de una joven con un hiyab pese más que un expediente académico, que el prejuicio se imponga al mérito y convertir una graduación universitaria en un campo de batalla identitario, porque es donde se sienten más cómodos, atizando miedos aunque sean los más infundados.
El diputado de Vox en el Congreso Jorge Campos publicó una fotografía de Khaoula Ikkene, graduada en Ingeniería Informática por la Universitat de les Illes Balears, con un expediente excelente y elegida para intervenir en el acto de graduación en nombre de toda la promoción. El tuit –escrito en español y con foto de Ikkene– decía: “Se han graduado 1.375 alumnos de la UIB. Y la catalanista universidad pública de las Baleares ha elegido a esta representante de los alumnos para que les dirija unas palabras...”. El mensaje no era contra una decisión universitaria, era contra una mujer, porque lleva hiyab; contra una ciudadana de Manacor, porque nació en Marruecos, contra la idea de que una persona como ella pueda representarnos.
Es la misma mirada que hizo escribir a Mariano Rajoy que en la selección francesa de fútbol no hay franceses. Para algunos, hay gente que nunca será de aquí. Da igual que estudie aquí, que trabaje aquí, que pague impuestos aquí, que hable la lengua propia mejor que muchos de los que lo señalan. Siempre habrá un velo, un color de piel o un linaje que les servirá para negarle la pertenencia.
Si no voy errada, Khaoula Ikkene llegó a Mallorca cuando debía empezar 4º de la ESO. Sabe cinco idiomas. Se ha integrado en una sociedad que también es la suya. Ha conseguido lo que cualquier universidad quiere para todos: talento, esfuerzo y excelencia. Pero ni siquiera deberíamos enumerar sus méritos. También tenía derecho a ser una estudiante discreta, suspender y no destacar. Los derechos no se ganan con notas excelentes. Los derechos simplemente se tienen.
Aquí el problema no es un tuit, es lo que revela: la necesidad de señalar quién es de los nuestros y quién no. Este es un discurso que ya no vive solo en los márgenes, sino que circula por las calles, las casas, las conversaciones de café y se normaliza con una velocidad que inquieta, y mucho. Mientras tanto, las encuestas dicen que la inmigración es una de las principales preocupaciones de los españoles. La inmigración pobre, no la que viene con yate, ni la que compra fincas, expulsa a los residentes del mercado de la vivienda y transforma pueblos. Esta inmigración no les incomoda.
¿Qué quieren esta gente, lo sabemos. Quieren mano de obra barata, si puede ser sin papeles y sin derechos. Quieren trabajadores invisibles que recojan la fruta, limpien hoteles y cuiden a sus padres, pero que no ocupen espacios de representación, que no sobresalgan. Pero aquí lo que inquieta es que hay quienes convierten el odio y el racismo en programa político. Una joven brillante representante de una promoción universitaria no es una amenaza, la amenaza es quien no soporta verla allí.