Postal de Folegandros
Escribo este artículo en medio del mar Egeo: estamos dentro de un barco y acabamos de dejar atrás Folégandros, una de las islas más pequeñas de las Cícladas. Íbamos a buscar lo que en nuestra casa ya hemos perdido: un poco de paz, un poco de sol, un poco de sal y un poco de cielo, por decirlo como lo escribió Pere Quart. Calma y naturaleza. Aquí, la electricidad no llegó hasta el año 1973, y los coches no se generalizaron como medio de transporte, junto con las motos, o los más recientes quads, hasta hace cosa de 20 años. Antes, aquí, la gente se movía a pie o en burro, y no tenían muchos motivos para pasearse más allá del trocito de sembrado, ir a un entierro, esperar noticias o productos de primera necesidad al puerto. Ahora mismo viven, a lo largo del año, poco más de 700 personas.Aquí hemos pasado tres días. Y tres nos han bastado para ver cómo el azul, aquí, puede ser igual de azul que el de Mallorca, y que el encalado de las paredes no es tan diferente del que aún se descascarilla en nuestros edificios más antiguos, en las afueras. Aquí han pasado muchas cosas, los últimos 50 años, y estoy seguro de que no todas nos las han querido contar, los habitantes de la isla. Con todo, que el turismo es el principal motor económico es evidente: todo el mundo trabaja o tiene algún vínculo con la veintena de bares y restaurantes que hay, sobre todo en Chora y también en el puerto, o bien con las tiendas de comestibles, las de recuerdos, los taxis barca y los autobuses que cruzan la isla, con parsimonia, pero con una frecuencia bastante digna. Los conductores, cuando se encuentran en las curvas, entre matas y higos chumbos, entre tamariscos y algún pino, sonríen y se saludan. Lo hacen como si hablaran en un código solo conocido entre ellos. Y yo me lo puedo imaginar, y a ratos es como si lo entendiera: es el de la gente que ha sabido ofrecer lo mejor que tienen sin que eso les costara el paisaje que lo ha facilitado, el de la gente que ha sabido (o que no ha tenido que) decir basta.Al anochecer, la gente que duerme aquí y allá se junta en las tres o cuatro plazas que hay en Chora. Vienen de mirar la puesta de sol en el camino de piedras blancas que lleva hasta la iglesita de la Mare de Déu. Se han hecho fotos durante la hora dorada. Antes de llegar, han podido apreciar un concierto de canción pop griega que tres niñas de no más de cinco años han improvisado con un micro con amplificador. Ahora, sin embargo, los padres cenan, y regalan restos de matsata a los gatos que patrullan entre las mesas de los restaurantes. No muy lejos de ellos, al lado de la heladería, otro grupo de niñas prepara el tenderete para el negocio de hoy: collares y pulseras que ellas mismas deben haber hecho, y que venderán, no sin antes tener que regatear el precio con los clientes. Piedrecitas planas. Los precios, garabateados con boli azul. Las miro con mucha envidia: a su edad, mis veranos también eran así. Y no sé si esto que ahora siento es nostalgia de mi infancia o más bien la añoranza de una isla que ha querido crecer tanto que ya no está. Mallorca ya no es como Folégandros.