Patrimonio nacionalista

Poco antes del verano, un amigo me decía que había ido a uno de los palacios reales de Madrid (ahora no recuerdo si el de Oriente o el de Aranjuez) y que no le había gustado ver los libros que se vendían en la tienda de aquel regio lugar. Junto a los habituales catálogos de obras de arte y piezas de colección, las guías de visita, las obligadas hagiografías de los monarcas hispánicos y algunas novelas históricas, había una serie de títulos que se presentan como libros de historia, cuando son obras con una carga ideológica cínica y desacomplejada, auténticos manuales del nacionalismo español más rancio. El enfado de mi amigo (¿tú crees que en sitios del Patrimonio nacional deben vender estas cosas?) me hizo recordar que hace cuatro años a mí también me había sorprendido la oferta de libros de la tienda del Real Monasterio de El Escorial. Tomé nota, por si un día venía bien comentarlo. Había piezas como La leyenda negra, historia del odio a España, de Alberto G. Ibáñez, Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español, de María Elvira Roca Barea, y La Reconquista contada para escépticos, de Juan Eslava Galán. Todos estos libros son la versión en letras de la comida basura: también se venden a montones aunque sean poco saludables.Si alguna vez han ojeado cualquiera de estos títulos (por salud mental nunca he leído ninguno entero), ya sabrán que, aunque se presentan como nuevas aportaciones a la historiografía de España, raramente superan el nivel de subproducto cuñadista destinado a alimentar el revisionismo más grosero. Algunos lo hacen con un tono humorístico y desenfadado, otros con una pátina pseudoacadémica para maquillar las manipulaciones más burdas. El denominador común de todos es un nacionalismo ultramontano resistente a cualquier filtro de la razón. El problema, sin embargo, no es tanto que en los reales sitios (que son instituciones públicas del Estado, alerta) vendan esta bazofia mental, como que no encuentres la alternativa, obras con un mínimo de rigor y con un relato más higiénico. Porque hablamos de una institución pública que, se supone, debe ayudar a formar, o al menos informar con veracidad, a sus ciudadanos. En aquella mesa de El Escorial lo más ‘alternativo’ que vi fue Defendiendo a España: verdades y leyendas de nuestra historia, del hispanista británico Henry Kamen. Me jugaría lo que fuera a que en ninguna tienda de los lugares que integran el Patrimonio Nacional jamás encontraremos un libro como el que me recomendó el amigo Ismael Pelegrí (no se equivoca nunca), y que he leído con fascinación este verano: Una y eterna. Sobre el nacionalismo español, de Ferran Garcia-Oliver. Se trata de una exploración extraordinaria de las raíces, el desarrollo y la perpetuación, hasta ahora mismo, de la construcción del gran mito nacionalista de España. Pasa que el Patrimonio Nacional en realidad es Patrimonio Nacionalista, también en tiempos del gobierno más progresista de la historia. Todo ello hace ser bastante pesimista respecto a las posibilidades de una hipotética reforma de España, o cuando menos de la concepción que España tiene de sí misma. Asusta la cantidad de gente que en el fondo sigue viendo a España como un imperio venido a menos por culpa de la sempiterna conspiración extranjera, con la complicidad de los sucesivos representantes de la anti-España interior: judíos, moros, rojos, masones, separatistas, maricones, y otros degenerados. Cíclicamente, la intelligentsia española se encarga de volver a poner las cosas en su lugar, de avivar, con nuevas voces pero siempre con la misma música, la única historia de España que puede salvar el orgullo de ser español y muy español. Las secreciones editoriales que hemos comentado solo son una erupción epidérmica de una enfermedad mucho más profunda. El estado de opinión infoxicada que provoca la gran difusión que se da a esta clase de libros –muchos de sus autores son habituales de tertulias radiofónicas y de ciertas teles–, ayuda a entender por qué a España le cuesta tanto entender el terrible drama humano que desde hace un mes largo se vive en Ceuta, y por qué el vocerío nacionalista español se sobrepone a cualquier discurso humanitario, que deviene anecdótico. ¿Cómo es posible que no se hayan organizado funerales de estado para las víctimas mortales de esta tragedia? El discurso de la anti-España rebrota. El enemigo siempre es el otro, y la víctima es España, no los pobres migrantes (¿menores de edad, invasores?), enfermos y hambrientos, tirados en las calles y las playas de Ceuta. El nacionalismo español siempre necesita un ‘a por ellos’ para mantener su relato. Hace nueve años fueron los catalanes. Ahora son los africanos que la miseria empuja a huir hacia el norte. Ninguno de los libros que mencionábamos da nunca las claves para entender realmente la historia de España, con todas sus contradicciones. Nunca explican la verdad de lo que sucedió en Marruecos en tiempos del protectorado español, hace cien años. Un conflicto colonial nunca resuelto, que nunca se quiere mirar de frente, y que todavía colea. Y como nunca se explica, no entendemos nada.