El 'overbooking' del 'overbooking': 'Game Over'

Cuando un año antes de la pandemia el amigo Àlex Dioscórides dirigió el magnífico documental ‘Overbooking’, que ya evidenciaba algunos de los indicadores que nos convierten en una isla colapsada, creo que ni él ni todas las personas que lo vimos éramos capaces de imaginar que llegaría un día, tal como este inicio de temporada, en que no solo los políticos no habrían hecho nada para revertir la situación, sino que nos encontraríamos con una situación deoverbooking de overbooking.Si el concepto de overbooking hace referencia a la “sobreventa”, a haber vendido por encima de nuestras posibilidades, con el overbooking del overbooking me quiero referir a la conversión de esta sobreventa en una estrategia permanente, gracias a la cual el colapso ya no es la excepción, sino la norma, incluso más allá de la temporada alta, como estos días. No hablamos solo de compañías aéreas o de hoteles, donde habitualmente se producía el overbooking empresarial, sino también de casas de alquiler turístico, de coches de alquiler y de un largo etcétera de servicios y productos turísticos –¡también el cicloturismo, y tanto!–, que indirectamente generan saturación en los servicios que necesitamos –y pagamos– los residentes: carreteras, transporte público y, indirectamente, sanidad y educación, presionados por el crecimiento de población que arrastra el overbooking del overbooking.Que el overbooking del overbooking va más allá de las “sensaciones” o el “capricho” de los residentes lo constataba no hace mucho el mismo Gobierno, cuando el Foro de la Sociedad Civil lo forzó a hacer públicos los resultados de la encuesta de opinión a los residentes, que señala que el nivel de satisfacción con el turismo había bajado del 71% en 2018 a solo un 42% en 2024. Por primera vez, el overbooking del overbooking hace que haya una masa crítica más que significativa que empieza a cuestionar aquello de ‘el turismo es intocable, porque es lo que nos da de comer’… el 77,2% de los residentes responsabilizan directamente al turismo del aumento del precio de la vivienda; el 55,4% del encarecimiento de los bienes y servicios básicos; el 65,5% percibe una saturación excesiva de calles, tiendas y transporte público; el 62,3% cree que el turismo degrada los recursos naturales y el paisaje.Hace unos días, en una excursión por Sóller pude tocar con las manos un overbooking que hace rato que se ha sobrepasado, donde las recetas de los políticos, tanto locales como autonómicos, se limitan a querer “gestionar mejor” el flujo de coches, pero sin que nadie se atreva a decir que lo que se tiene que hacer es reducir, limitar, decrecer… Sóller es la metáfora del overbooking del overbooking: vivir en un pueblo de postal y no poder salir de tu casa. Me gustaría ver de aquí a unos años estudios sobre el incremento de enfermedades respiratorias por el incremento del tránsito de vehículos, ya que es del todo evidente que esto ya debe afectar a los habitantes del municipio en términos de salud pública, además de otros quebraderos de cabeza cotidianos.

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En 10 años casi habremos duplicado –¡duplicado!– el número de visitantes, de 10,9 millones en 2016 a probablemente más de 20 este año. Un éxito, eso de morir de éxito. Mientras las estadísticas se empecinan en celebrar nuevos récords de visitantes, las personas residentes sentimos que la partida está a punto de acabar. Porque cuando el territorio llega al overbooking del overbooking emocional, social y ambiental, el sistema no puede ofrecer una partida nueva. En una isla de recursos finitos, los excesos que sufrimos son la última pantalla antes del Game Over.El colmo de todo esto es que quienes más han apostado fuerte por eloverbooking en nombre del crecimiento y la libertad de empresa sean quienes se oponen más activamente a regularizar la situación de las personas que en los últimos años el sistema económico que ellos mismos han creado ha llamado a trabajar en nuestras Islas. Trabajar, sí, en condiciones de esclavitud si hace falta… Pero traer a tu familia, cotizar o usar la sanidad, no… También este es un Game Over moral que nos pasará factura como sociedad, porque, como he insistido muchas veces, la inmigración en las Baleares no es un ovni, sino un fenómeno que nos define, también, como pueblo.Como en cualquier partida de videojuego, y cuando solo nos queda una pizca de vida, se trata de conectar nuestros malestares diversos, de tejer complicidades y alianzas, en lugar de incrementar la fractura social. La salida del colapso no se encuentra en nuevas infraestructuras, sino en la reconexión de todos los que habitamos estas islas bajo un mismo anhelo: el derecho a una buena vida. Una vida que no se mida ni en récords de llegadas ni en el PIB del trimestre, sino en tiempo para disfrutar de la tierra, en la certeza de un hogar accesible y en la dignidad de unos servicios que no se agoten. Me atrevo a decir que la partida final no va tampoco de turistas contra residentes, sino de personas contra un modelo que nos ha convertido a todos en mercancía.