Nocturno n. 20 de Chopin en Westerbork
Nunca había visitado un campo de concentración. Llegamos a Westerbork sin ninguna idea preconcebida, abiertos a casi todo. A casi todo menos a lo que encontré. Esperaba, quizás, un grito, una herida, un olor, un silencio diferente. Hay espacios de memoria donde parece que todavía se puede sentir el latido de quienes vivieron allí. En Westerbork no sentí nada de eso. Árboles, hierba, caminos, silencio. Un espacio tan limpio y amable que me pareció un lugar bucólico donde ir con los niños a pasar una tarde de domingo.
Westerbork está en el norte de los Países Bajos, camino de Groninga, lejos de las grandes ciudades, en un territorio entonces poco habitado. El gobierno neerlandés había establecido allí en 1939 un campo para refugiados judíos que huían de la Alemania nazi. Al año siguiente llegó la ocupación. El lugar, apartado y discreto, acabaría convertido en el Judendurchgangslager Westerbork: campo de tránsito de judíos. Una expresión burocrática, casi inocente. En realidad, una sala de espera de la muerte.
Un día de agosto de 1942 llegó Edith Stein, de cincuenta años. Nacida en 1891 en una familia judía de Breslau, había estudiado filosofía y había sido discípula de Edmund Husserl, una de las grandes figuras de la fenomenología. Ser mujer había dificultado su carrera académica; el antisemitismo nazi acabaría por hacerla imposible. Había estudiado la conciencia, la empatía, el ser humano. La lectura de Teresa de Ávila fue decisiva en su conversión al catolicismo. Entró en el Carmelo y adoptó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.
Intenté imaginar a Edith Stein caminando por allí. No era fácil. Las barracas habían desaparecido. La última fue derribada en 1971. La vegetación ocupó el espacio y el campo se fue borrando hasta que, en 1992, se marcaron sobre el terreno las trazas de aquello que ya no existía. Se quería preservar el silencio y evitar que una reconstrucción convirtiera la memoria en escenografía. Pero quizás limpiaron tanto la herida que acabaron borrando la cicatriz.
Edith Stein y su hermana Rosa habían buscado refugio en los Países Bajos. Fueron detenidas y conducidas a Westerbork. De allí partieron hacia Auschwitz-Birkenau, donde fueron asesinadas. Juan Pablo II canonizaría a Edith en 1998. La consideración de su martirio provocó debate: era una religiosa católica, pero los nazis la habían detenido y deportado porque era judía.
Dos años después, otra vida caminaba hacia el mismo lugar. El 4 de agosto de 1944, descubrieron en Ámsterdam el escondite de Anne Frank, su hermana Margot, sus padres y cuatro personas más. Anne tenía quince años. Durante dos años había escrito sus pensamientos, los miedos, las discusiones, los sueños y aquel extraordinario descubrimiento adolescente del mundo y de ella misma.
Cuatro días después estaba en Westerbork. Como había sido detenida mientras se escondía, fue considerada un caso de castigo y encerrada en el barracón penal número 67.
La maquinaria que la había conducido hasta allí no hablaba solo alemán. Policías neerlandeses participaron en detenciones de judíos; funcionarios administraron registros; marechaussees participaron en la vigilancia, y los ferrocarriles neerlandeses, en los transportes. Los ocupantes dirigían la deportación. El tren acabó entrando dentro del mismo campo. Ya no hacía falta conducir a los deportados hasta una estación exterior. La burocracia había perfeccionado el trayecto. El 3 de septiembre de 1944 salió de Westerbork el último transporte hacia Auschwitz. En él viajaban 1.019 personas. Anne, Margot y sus padres estaban entre ellas.
Hoy una vía interrumpida recuerda aquellos trenes. Pero, ¿qué puede comprender hoy en día un adolescente que llega a Westerbork sin conocer esta historia? Árboles, hierba, espacios abiertos, formas que indican barracas desaparecidas. Los supervivientes podían mirar aquel prado vacío y ver en él el campo porque lo llevaban dentro de ellos. Nosotros no. El viento del norte ha borrado sus huellas.
No hace falta una reconstrucción teatral del horror. Ni gritos reproducidos, ni figuras, ni una escenografía de la muerte. Pero una barraca auténtica era un documento. Una alambrada, una letrina, una litera, una torre de vigilancia eran documentos. Cuando desaparecen, una placa difícilmente puede devolver aquello que los ojos habrían podido comprender. Más de cien mil judíos, sintis y romaníes fueron deportados desde Westerbork.
Días después caminé por las calles de Zwolle. En las aceras encontraba –numerosas– pequeñas placas de latón: las Stolpersteine. “Aquí vivía…”. Un nombre. Una fecha de nacimiento. Una deportación. Auschwitz. Sobibor. Para leerlas tienes que detenerte y bajar la cabeza. No hay gritos. No hay escenografía. Hay la memoria y la dignidad de una persona.
Westerbork afronta ahora una nueva transformación. Esta puede ser la oportunidad de devolver al campo aquello que ha perdido. No de fabricar un paisaje más oscuro, sino de hacer visibles a las personas, los espacios, las distancias, el hacinamiento, los barracones, la alambrada y el tren. De hacer entender que Anne durmió aquí, que Edith Stein pasó por aquí y que decenas de miles de hombres, mujeres y niños esperaron aquí su nombre en una lista.
Encontré un paisaje verde azotado por el viento del norte, un paisaje disfrazado. Fui con mi hija Marta y ha sido ella quien ha elegido el título de este texto. Me dijo: El 1 de septiembre de 1939, sonaba en la radio polaca el nocturno n.º 20 de Chopin, cuando cayeron las primeras bombas alemanas sobre Varsovia, la guerra acababa de empezar. Ahora, me pregunto qué pieza sonará en la radio cuando empiecen a caer otra vez las bombas sobre nosotros.