Ser o no ser
El absurdo de la vida, su carácter oscuro, trágico, incomprensible, se agota ante los instantes de belleza
PalmaQuizás no haya nada más doloroso que la muerte de un hijo. Un hombre, desesperado, en la orilla del río Támesis, en medio de la espesura oscura, clama a las estrellas indiferentes: ser o no ser, ese es el dilema. Sufrir el desamor, las injusticias, las muertes que nos desamparan, las calamidades de una vida que desde hace, al menos, dos siglos sabemos que no tiene orden ni sentido, es un pesado bagaje. ¿Por qué aguantamos, nos pide William Shakespeare, si tenemos la muerte tan cerca? Albert Camus defendió que ésta es la verdadera pregunta, la que abre toda filosofía posible, ¿por qué ser en vez de morir? Entonada desde distintos lugares, la herida de la finitud nos pone con el cuerpo descubierto ante la vida.
Hamnet era el hijo de Shakespeare y murió cuando tenía once años. Maggie O'Farrell nos cuenta esta historia con un libro que ha conmovido a muchísima gente. Hace poco Chloé Zhao ha hecho una película fascinante. No es el luto sino la vida que persiste, lo que cautiva. El bosque, los hechizos, el color, los augurios, Agnes, el teatro... todo mezclado para contarnos que Shakespeare pudo dedicarse a crear obras inmortales porque una mujer inteligente cuidaba de sus tres hijos. La muerte de Hamnet, el desconsuelo que provoca, hace crecer un abismo entre William y Agnes.
Ser o no ser es el dilema que nos presenta también la última película de Isabel Coixet, Tre ciotole. Una ruptura, el desamor, desencadena una situación vital que enfrenta a la protagonista con su finitud. Desde un balcón abierto a la luz crepuscular de Roma, Marta siente el aullido de la muerte, pero listo para saltar encuentra un motivo que la liga a la vida. Después de un diagnóstico médico que le quita cualquier esperanza, la indiferencia y el tedio se convierten en hambre de ser. Pedaleamos con la cámara por una ciudad que apenas sabemos reconocer, ni el Coliseo ni la Fontana di Trevi, sólo la luz, la manada de pájaros que rompen el cielo, las callejuelas, los bares donde nunca hemos entrado y una protagonista que se va enamorando de la vida a contrarreloj.
Una esperanza minúscula
Ambas historias, contadas así, con prisa, parece que las hemos oído un millón de veces, pero la mirada atenta de las creadoras nos sitúa en la cima de la intensidad, porque desde el "cómo" del arte nos regalan maneras de perseverar en el ser. Parece que nos fuerzan a una minúscula esperanza, sin épica. Una esperanza valiosa, porque somos capaces todos los días, desde nuestra singularidad. El absurdo de la vida, su carácter oscuro, trágico, incomprensible, se agota frente a los instantes de belleza.
El presente es opaco, sordo, insistente, nos abate las alas. Los genocidas, los tiranos, los cretinos, todos casi intercambiables, desde países cómplices nos arrastran por un desierto que no termina. "¿Por qué aguantamos el escarnio de estos tiempos, el yugo de los opresores, el agravio de los soberbios, el amor burlado, la lentitud de la justicia?". Para contestar a la pregunta que nos hace Shakespeare debemos tirar la cámara lejos, al cielo, y ver un pájaro, un grupo de pájaros que con el gesto sencillo de batir las alas nos recuerdan que no son el sentido ni el orden los que nos harán amar la vida, son la belleza que provoca el arte, el amor que despierta la vida suave, un amor que despierta la vida desnuda, atardecer.
¿Ser o no ser? La vida decanta la balanza si atendemos a las pequeñeces.