Morir de frío en la calle: la vergüenza que nos retrata como sociedad

Día primero de enero se encontró el cuerpo de un hombre de 52 años, fallecido en un parque del Camp Redó de Palma. Era una persona que vivía en la calle y que, según las noticias sobre el hecho, murió a causa de las distintas enfermedades que sufría. Y también, evidentemente, a consecuencia del hecho de vivir en la calle y pasar las noches al raso en plena ola de frío.

El día de los Reyes fueron hallados otros dos hombres muertos en la calle, uno en Badalona y otro en Barcelona. Tenían 55 y 57 años respectivamente. Muertos al raso, de frío. En Barcelona, ​​en el último mes han muerto otros cuatro en las mismas circunstancias. En Badalona, ​​el alcalde de esta ciudad, Xavier García Albiol, ordenó el pasado 21 de diciembre la expulsión —con cargas policiales sin justificación alguna— de 400 personas sin techo, que dormían en el edificio abandonado de un antiguo instituto. Fueron a parar debajo de un puente, y allí llevan semanas, con el único socorro de los servicios de las entidades sociales y de la Generalitat, que evidentemente son parches que solo evitan que el problema empeore. Albiol justificó su decisión como una forma de combatir "la inmigración ilegal", y con su falta de luces habitual se permitió bravear de la situación, como se usa entre los trumpistas de provincias.

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Las personas sin techo, llamadas también sin hogar, son la expresión terminal del problema de la pobreza, que es tan urgente como siempre: el porcentaje de la población que se encuentra en riesgo de exclusión sigue alrededor del 20%, y una cantidad cada vez mayor de estas personas acaba en la calle, sin casa y sin lugar a donde acudir. Como decía hace unos días eleditorial del diario ARA, es un paso definitivo en el camino hacia la marginación y, a menudo, hacia la muerte. Las personas que viven y mueren en la calle pueden ser inmigrantes sin papeles, como dice Albiol, o pueden no serlo. El hombre que encontraron en el Camp Redó el día de Año Nuevo era de nacionalidad española, y eso tampoco le salvó. La pobreza y la infamia no tienen nacionalidad. Sólo en Palma, Cruz Roja alerta de que hay unas 600 personas que duermen en la calle. El IMAS ha tenido que añadir 25 plazas nuevas en albergues, además de las 570 que ya tenía. Los servicios sociales no dan abasto.

El sinhogarismo es un gravísimo problema social y, por tanto, también político. La falta de compasión se ha convertido en una moda oprobiosa en los discursos neoliberales. En el caso de Badalona, ​​Albiol recibió el pleno apoyo de Feijóo, y por tanto debemos entender que el Partido Popular asume como ingredientes de su discurso el racismo y la aporofobia, que son los verdaderos ingredientes ideológicos del comportamiento del tal Albiol. ¿Los asume también el PP de Baleares? Trump, que ya hemos dicho que es el referente de la derecha nostrada, se burla de los pobres. Pero burlarse de los pobres, dar a entender que morir de frío en la calle es culpa del muerto, no es más que un signo inequívoco de la decadencia de un sistema político y de una sociedad. La pobreza es, volvamos a decirlo, la expresión terminal del desequilibrio de un sistema que, aquí y ahora, hoy en Baleares, está fuera de control y en manos de los especuladores más descarados y avariciosos. Un sistema que premia a los más ricos y castiga a los más pobres es un sistema ineficiente, que no funciona y que ha tomado el camino de la degradación y el colapso. Pero ante todo, es una vergüenza que nos concierne a todos. En un país, en una isla, en una ciudad que permite que las personas mueran en la calle de frío, nadie puede vivir tranquilo.