Mallorca, capital: Barcelona

Año 1936. Pocos meses antes del estallido de la Guerra Civil, una multitud de intelectuales firmó la Respuesta a los catalanes. No se trataba de un gesto simbólico ni circunstancial. Era un manifiesto serio, pensado y valiente, que decía algo muy simple: los mallorquines compartimos lengua, compartimos cultura y queremos andar juntos. En otras palabras, era una reivindicación de la catalanidad de Baleares. Lo redactó Miquel Ferrà y Juan y lo firmaron 151 prohombres de la cultura isleña. El golpe de estado y la dictadura franquista lo cortaron todo de pura cepa, como suele hacer España cuando algo le incomoda.

Este escrito no fue una anécdota, sino la constatación de una continuidad histórica. Ponía negro sobre blanco una realidad a menudo escondida: desde hace mucho tiempo, una parte significativa de la sociedad mallorquina se ha pensado -y se ha querido pensar- como parte de la nación catalana. Es lo que, con mayor o menor acierto, se ha llamado Països Catalans. El término tiene una larga trayectoria, aparece en la historiografía del siglo XVIII y XIX y se consolida en textos como la Respuesta a los catalanes. Es, en definitiva, un concepto que no se inventó ayer por la tarde, pero al que Joan Fuster, en los años sesenta del siglo pasado, pone orden, método y mala leche filosófica.

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Ahora bien, cómo se viven estos Països Catalans en cada uno de los territorios es muy diferente. Conozco a más de uno que ama con sinceridad la lengua de Ramon Llull, pero debe hiperventilar cuando alguien le insinúa su catalanidad. Es así, somos territorios marcados por siglos de subordinación política, lo que deja una marca esquizofrénica en la forma en que se entiende la pertenencia. Los datos, en este sentido, son claros: mientras en Catalunya el voto soberanista ronda el 55%, en la Comunidad Valenciana y en las Islas apenas supera el 15%. Esto explica muchas incomodidades: por ejemplo, mallorquines que escuchan Oques Grasses o La Gossa Sorda, que miran TV3, pero a los que el concepto "catalán de Mallorca" les chirría.

Vamos por palmos y empezamos hablando de Cataluña. Cataluña es una nación y punto. No porque lo marque la historia, ni lo proclame ningún partido o porque lo imponga una élite cultural, sino porque la mayoría de sus habitantes lo perciben así. Según las encuestas, el 60% de los catalanes siente que son una nación con derecho a decidir sobre su futuro. Esta conciencia nacional compartida se ha hecho evidente en momentos recientes, como en los años del Proceso, cuando una mayoría muy amplia defendía el derecho a la autodeterminación como una salida democrática al conflicto político. Cataluña es, pues, una nación viva, pero también una nación minorizada: no tiene estado propio y forma parte de España, que no se reconoce como plurinacional. El resultado es conocido: presión política, conflicto identitario y una relación constantemente tensa con el poder central.

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En las Islas Baleares y en el País Valenciano, el canto es otro. En estos territorios, el sentirse catalán no es mayoritario. La mayoría de la población se siente española, a menudo con un españolismo moderado, sí. De las periferias, diría yo. Poco dado a banderas gigantes y desfiles militares, pero españolismo, al fin y al cabo. Decirlo no debería ser un drama. Es el país en el que nos ha tocado vivir. El problema es ignorar las consecuencias políticas, culturales y lingüísticas que se derivan de todo esto. En estos territorios, el catalanismo se vive acomplejado, desde la minoría, y adopta formas propias, centrándose en aspectos más lingüísticos y culturales, adaptándose a unos contextos sociales y económicos hostiles. De ahí nacen el mallorquinismo y el valencianismo: no como una enmienda a la totalidad de nada, sino como una forma pragmática de sobrevivir.

En las Islas Baleares los datos hablan por sí solos. Según las encuestas, sólo un 27,3% de la población habla siempre en catalán con su familia, pero de éste, el 80% se identifica como nacionalista.

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Aquí viene mi hipótesis: ¿y si la evolución demográfica, política y económica reciente ha configurado dos realidades complementarias: una nación, Cataluña, y dos minorías nacionales catalanas en las Islas y en el País Valenciano? Para acabar de entenderlo quizás sea necesario afinar los conceptos un poco más. Mirad: una nación minorizada es una nación con conciencia mayoritaria de serlo, pero sin poder político propio. Una minoría nacional es un colectivo que forma parte de una nación más ancha, pero es numéricamente minoritario en su territorio. Las necesidades no son las mismas: las minorías necesitan protección; las naciones, poder y autogobierno. Confundirlo sólo genera humo.

Un último apunte en este sentido. Cuando dos lenguas compiten, decide su identidad. Quien se siente español habla castellano; quien se siente catalán mantiene el catalán. No por romanticismo, sino por coherencia. La lengua no sobrevivirá gracias a discursos azucarados ni a transversalidades ficticias, como gustaría a buena parte del asociacionismo en defensa de la lengua, sino gracias a una minoría nacional consciente. Decirlo no es excluir a nadie, es dejar de mentirnos.