¿Quién educa a los jóvenes que reivindican el franquismo?

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Diversas personas con la bandera de España increpan a los acampados por la vivienda en la Puerta del Sol, el 12 de octubre del 2026, en Madrid.
20/10/2026 - 11:08 h
Profesor de la UIB

Hace tan solo unos días, el 12 de octubre, mientras la acampada de la Puerta del Sol por el derecho a la vivienda trataba de mantener viva la memoria de Maricarmen, un grupo de jóvenes –muchos de ellos menores de edad– se presentó allí con banderas y simbología franquista para increpar e insultar a los acampados. La imagen cuesta de digerir: adolescentes nacidos en el siglo XXI reivindicando a un dictador contra otros jóvenes que piden, simplemente, un lugar donde vivir. Hace pocas semanas escribía aquí que Maricarmen nos había regalado una lección de dignidad; en el día de máxima exaltación de la nación, algunos le respondían con el águila y el brazo en alto. No es un hecho aislado. Aquí también hemos oído “vivas a Franco” que han acabado en los periódicos, y cualquier docente de Secundaria os podrá contar qué se oye por los pasillos o qué circula por los grupos de WhatsApp del alumnado.

Sería fácil despacharlo con un “estos jóvenes no tienen educación”. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué educación han recibido? ¿Qué educación les hemos dado? Aunque parezca una obviedad, conviene en este sentido no confundir educación con escuela: los jóvenes pasan más horas delante de las pantallas que en las aulas, y lo que allí consumen no es neutro. Son plataformas en manos de una élite tecnocrática que hace negocio del odio, que premia el contenido más extremo porque es el que retiene más la atención, y que ha convertido la violencia verbal en el lenguaje normal. El algoritmo no adoctrina con discursos, sino con repetición: humillar al débil, reírse de las feministas, culpar de todo al inmigrante, presentar el uso de la fuerza como virtud. No es extraño, pues, que la extrema derecha crezca entre los más jóvenes, especialmente entre los hombres, dentro de una sociedad que se fascistiza poco a poco.

Ahora bien, que la escuela pese menos no quiere decir que no tenga nada que decir, o nada que hacer. Primero, revisando su propio currículum oculto: la competitividad, la meritocracia, la obediencia sin pensamiento crítico, formas de dominación que se aprenden sin que nadie las enseñe explícitamente. Segundo, saldando una deuda: la memoria democrática sigue siendo la gran ausente de las aulas, otra de las limitaciones de la Transición. El franquismo se explica allí, si se llega a ello, como un capítulo más del libro de texto, no como una herida que todavía condiciona el presente. Y donde hay silencio, la propaganda encuentra espacio. Si no explicamos qué fue la dictadura, y que no trajo nada bueno, otros lo harán por nosotros, en vídeos de quince segundos, sin miramiento ni escrúpulos.

Pero conviene también corregir el foco: por mucho ruido que hagan, hablamos de una minoría. Quienes estaban en Sol y en plazas de todas partes defendiendo la vivienda también son jóvenes, como lo son quienes en nuestra casa se manifiestan por el decrecimiento turístico o las jóvenes feministas que han conseguido cambiar el sentido común de una generación. El problema es que esta juventud no es rentable para el algoritmo ni para muchos medios: no genera clics fáciles ni pánico moral. Visibilizarla es una tarea política de primer orden, porque demuestra que hay otras maneras de ser joven, capaces de escapar de la maquinaria utilitarista de las redes y del mainstream. Diría que visibilizar también a la gente que hace cosas buenas, que lucha y se compromete por los demás, y que no solo piensa en sí misma y en hacerse millonario a costa de lo que sea.

Hace falta urgentemente pensar y desplegar modelos educativos que vayan más allá del “no”. Se debe dejar claro (y no solo desde las aulas, porque con esto los platós de televisión también tienen mucho que decir) que promover la violencia, el fascismo o el odio a las personas migrantes no está bien ni es tolerable. Pero una educación que solo prohíbe deja un vacío, y la extrema derecha es experta en llenar vacíos: ofrece pertenencia, enemigos claros y un relato de futuro, por falso que sea. Una educación democrática debe ofrecer comunidad, complejidad y, sobre todo, horizonte. Debe permitir pensar, construir vínculos sociales y también soñar un mundo mejor para los jóvenes y para los no tan jóvenes. Paulo Freire lo llamaba lo inédito viable: sin esperanza no hay pedagogía posible, solo gestión de la desesperanza. Y esto implica escucharlos, porque estoy convencido de que muchos de estos adolescentes no buscan a Franco, buscan a alguien que escuche sus malestares y se los tome en serio.

Vienen meses de revuelo electoral, con unos resultados previsibles que nos pueden poner las cosas todavía más difíciles. Los y las docentes ya conocemos el guion: acusaciones de adoctrinamiento contra cualquier maestro que hable de memoria, de feminismo o de derechos humanos, mientras el verdadero adoctrinamiento circula libremente por los móviles. La tentación puede ser la de bajar la cabeza y refugiarse en una supuesta neutralidad inexistente ni en la educación ni en la vida. Y es que ante el odio no hay neutralidad posible. La mala educación no es la de los jóvenes que gritan: es la de una sociedad que les ha dejado solos ante una pantalla que les adoctrina.

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