Cuando el 'argentino' quería sustituir al español: la lección para el debate menorquín

En medio del cargante debate sobre el nombre y la unidad de nuestra lengua (¿no se acabará nunca?) es habitual que, cuando alguien dice lo de 'menorquí sí, catalán no', alguien pida por qué no se dice eso mismo del castellano. En Extremadura, en la Pampa o en las calles de Ciudad de México, suele decirse, todo el mundo tiene claro que habla la misma lengua, sin perjuicio de las formas propias en el vocabulario, la fonética, la entonación y la sintaxis. ¿Por qué entonces no se aplica el mismo criterio al catalán? Ydo resulta que sí, que entre los hablantes del castellano también se han producido intentos de secesionismo lingüístico que son el mar de entretenidos.

Los trabajos que dedicó a esta cuestión el filólogo Amado Alonso son especialmente interesantes. Nacido en Navarra en 1896, trabajó muchos años en Argentina, donde se nacionalizó, y en varias universidades de Estados Unidos, donde murió en 1952. Entre los muchos temas a los que dedicó su investigación se encuentra, precisamente, el negacionismo de la unidad de la lengua castellana y los debates sobre su denominación.

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En el libro Català, español, idioma nacional (1938), Alonso explica que durante siglos el nombre dado a las lenguas no tuvo intención política alguna, sino que se refería únicamente a su lugar de procedencia. Como el castellano había nacido en Castilla, éste fue el nombre que se le dio. Pero cuando la lengua castellana empezó a tener un valor de proyección internacional se empezó a preferir el nombre de español, al igual que en Francia la lengua de oeil empezó a ser llamada 'francés'.

Siglos más tarde, cuando las colonias americanas empezaron a independizarse de España, los nuevos dirigentes nacionales sentían la necesidad de romper cualquier vínculo con el antiguo Imperio, y el separatismo también llegó a la lengua. Para empezar, muchos volvieron a preferir el nombre de castellano al de español. Y desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX, en Argentina, México y otros estados americanos se aprobaron leyes que hablaban del 'idioma nacional' o 'nuestra lengua' para evitar cualquier referencia a su origen.

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Y después del cambio de nombre vino la negación de la unidad de la lengua por parte de los políticos nacionalistas. Los filólogos denunciaron la manipulación política de lo que iba a ser una discusión científica. Alonso cita al periodista argentino Arturo Costa Álvarez, muy crítico con esa deriva, para quien el uso de fórmulas ambiguas para referirse a la lengua común "no sirve más que para encubrir, como si fuera una verhoña, el nombre real del idioma que hablamos, y para fomentar en nuestros tontos la esperanza de que, a la vez, la naturaleza". Porque, en efecto, ésta era la intención de los secesionistas: cambiar el nombre para acabar afirmando que el español podía ser la lengua de España, pero que en América se hablaban otros idiomas, distintos en cada país.

La lección de Amadeo Alonso

Amado Alonso explica que el mismo debate también se produjo en Brasil en relación con el portugués, y en Estados Unidos, en relación con el inglés. Varios políticos y escritores estadounidenses antibritánicos defendieron denominaciones como 'National Language', 'Statish Language', 'American Language' y 'Federal Language', entre otros, todo para evitar la denominación de 'lengua inglesa'. Aún en 1923, un congresista de Montana hizo una proposición de ley para que el idioma fuera designado oficialmente como 'American Language', y que la palabra 'English' fuera borrada de todos los documentos oficiales. Alonso, claro, celebra que la prensa se vaya a bromear esta ocurrencia y la redujera al ridículo, contribuyendo a que el proyecto no saliera de la comisión del Congreso donde se había presentado. La conclusión de Alonso, obvia, es que la naturaleza de la lengua no barata debido a que se cambie su nombre.

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Parece que el destino nos condena al bucle. Quienes quieren que el menorquín sea una isla, sin puentes ni pasado, deberían leer más. La riqueza del menorquín no necesita pasaporte propio por ser auténtica. Querer desatar al menorquín del catalán es tan irrisorio como un argentino que decía, encendido de pasión, que la demostración más clara de que el argentino y el español son dos lenguas distintas es, justamente, la diferencia de pasión con la que hablan unos y otros.

Si Amado Alonso levantara la cabeza quizá sonreiría al ver que quienes hoy quieren secuestrar al menorquín para reducirlo a patués insular, sin ninguna ambición, sin ninguna proyección fuera de nuestros setecientos kilómetros cuadrados, desempeñan el mismo papel galdoso que aquellos que querían trocear el castellano o el castellano. Para Alonso, el secesionismo lingüístico americano escondía un complejo de inferioridad bajo un aspecto de orgullo nacional y pedía menos vientre y más cerebro. He aquí.

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