La laicidad, fundamento de la escuela democrática
La laicidad es el principio que garantiza la independencia de la política y de la educación respecto a las confesiones religiosas, con el fin de preservar la libertad de conciencia, la pluralidad y los valores compartidos propios de una sociedad democrática, como los derechos humanos. La libertad de conciencia es incompatible con cualquier forma de imposición dogmática; por este motivo, la laicidad se convierte en una condición necesaria para evitar visiones únicas y excluyentes de la realidad.
Este principio se concreta en la neutralidad confesional del Estado. Pero conviene aclararlo: neutralidad no significa ausencia de valores. Al contrario. Un estado laico no adopta ninguna doctrina religiosa concreta, pero actúa de forma imparcial y activa para crear un espacio público donde todas las opciones de conciencia puedan expresarse sin privilegios. La laicidad no es antirreligiosa ni relativista; se fundamenta en valores universales como la libertad, la igualdad y la autonomía personal.
El origen mismo de la palabra laicidad refuerza esta idea. Proviene del griego 'laos', que significa 'pueblo' o 'lo común'. La laicidad apela, pues, a lo que iguala a todos los miembros de una sociedad como ciudadanos, más allá de sus creencias particulares. De ahí se desprende una distinción fundamental: en el ámbito privado, cada uno es libre de vivir sus convicciones; en el ámbito público, el Estado debe garantizar que ninguna opción particular tenga una posición de privilegio sobre las instituciones comunes.
Esta mirada no ignora la historia ni la cultura de los territorios. Muchas sociedades tienen raíces religiosas profundas y su reconocimiento forma parte del respeto a la identidad colectiva. Pero respetar la historia no significa sacralizarla ni convertirla en norma política. Las sociedades democráticas se construyen desde el presente, con criterios de igualdad y libertad.
Es en el ámbito educativo donde la laicidad adquiere una relevancia especial. La escuela pública es un espacio civil destinado a formar ciudadanía. Por eso debe garantizar un marco común basado en la igualdad, el respeto a la diversidad y la libertad de conciencia de todo el alumnado. Esta neutralidad civil es imprescindible para que la escuela pueda educarse sin exclusiones ni discriminaciones.
En España, esta cuestión presenta una singularidad evidente. Aunque la Constitución de 1978 establece la aconfesionalidad del Estado, los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 mantienen la enseñanza confesional de la religión católica en la escuela pública. Se trata de una asignatura que, si se analiza el currículo, no responde a un estudio académico del hecho religioso, por mucho que algunas interpretaciones interesadas lo pretendan presentar así, sino a una formación de carácter doctrinal, impartida por docentes designados por la autoridad eclesiástica y financiada con dinero público.
Desde el punto de vista educativo, esta situación abre un debate legítimo sobre la coherencia entre el principio constitucional y la realidad del sistema educativo. El derecho de las familias a transmitir a sus hijos sus convicciones morales o religiosas es indiscutible. Sin embargo, este derecho no debería implicar sin embargo que la escuela pública tenga que asumir e incorporar como propio el currículo doctrinal de una o varias confesiones concretas.
Defender una escuela plenamente laica es apostar por una escuela común, inclusiva y respetuosa con todas las conciencias. La religión debe tener presencia como objeto de conocimiento cultural, histórico y filosófico, y como una dimensión más de la experiencia humana, pero no como doctrina a transmitir ni como práctica institucional.
En definitiva, la laicidad es una condición imprescindible para garantizar la libertad de conciencia y una educación democrática de calidad. El debate sobre el papel de la religión en la escuela debería situarse en este marco compartido, con el objetivo de reforzar la cohesión social y facilitar la tarea educativa de formar a personas libres, críticas y comprometidas con los valores democráticos. En este contexto, también podría ser oportuno que la Iglesia católica repensara su papel y su presencia en el ámbito escolar y contribuyera, de forma clara y respetuosa, a hacer efectiva la laicidad en la escuela.