Laura Izquierdo

La gramática de los cuerpos

La tribuna de hoy nace de la experiencia con val flores –escritora, docente y activista argentina vinculada a feminismos y disidencias sexuales–, que nos visitó hace poco, de la mano de la asociación artística y pedagógica mallorquina La Lioparda, con el taller Leer es un verbo del cuerpo. A partir de mi ensayo con su práctica performativa, me aproximo a dos verbos del cuerpo: ‘leer’ y ‘escribir’.‘Leer’, ‘escribir’: dos verbos que son la misma agua, hechos de órdenes sintácticos tejidos por hilos invisibles, resbaladizos, imprevisibles. Torrentes que calman, momentáneamente, los lenguajes de las mariposas del pensamiento. Porque los pensamientos son, tal vez, el rumor del vuelo de las mariposas que capturamos con la escritura.Este espacio es demasiado breve para explicarles la anatomía corporal de la escritura, la organización sintáctica de los cuerpos en movimiento —recordando a Sócrates—, y ya sabemos que tanto el pensamiento –poético– como la expresión de los cuerpos son disidentes, si estamos dispuestos a arriesgar el yo y quitarnos de en medio o, si más no, a desplazarlo, transfigurarlo, como preferiría Clarice Lispector. Personalmente, aún no lo he conseguido; tan solo hago humildes ensayos y recojo de ellos los mejores fracasos.Cuando nos aproximamos al cuerpo –el texto también lo es– desde afectaciones heréticas, las semánticas normativas se resquebrajan y revelan sintaxis latentes. La sintaxis corporal —las relaciones entre movimientos, emociones, pensamientos y percepciones que crean significados— investiga nuevos vínculos, pero, para hacerlo, debe partir de patrones familiares. El cuerpo no puede lanzarse al abismo de la creación sin algún punto de apoyo. Eso sería el caos, y la creación exige decisiones. No necesariamente de control, pero sí de riesgo: riesgo de torpeza, de pérdida de umbrales. Improviso la gramática de mi cuerpo tomando decisiones. No hay improvisación sin este riesgo.De la misma manera, intento ordenar este texto según las leyes de la gramática normativa, el punto de apoyo. El polen o lo dejo ser con sus dudas, rutas, fallas, intuiciones. ¿Por qué impedimos al texto —y al cuerpo— ser desorden? ¿Y si lo dejáramos quedar en la retaguardia? Este es el lugar donde resta la simiente del acto creativo: a nuestra espalda, en aquello que no podemos mirar de cara sin perder. Quizás por eso yo soy un poema órfico.Los cuerpos, en movimiento o en silencio, tienen su propio ritmo, puntuación y relaciones internas. El poema, por ejemplo, es un cuerpo que lee a quien se le acerca. Deberíamos acercarnos a él con respeto por sus tiempos y por lo que quiera mostrarnos de su intimidad y vulnerabilidad –las normas logocéntricas tan solo deberían ser fuentes de consulta, nunca un discurso incuestionable. Deberíamos permitir que nos transforme: no somos las mismas cuando el poema nos ha leído. Lo hace con un cuerpo de ojos que nos sumerge dentro de la leche de su madre, el misterio de lo que es informe. El cuerpo-texto percibe con paciencia el ritmo y las fluctuaciones de la pluma blanca. Hélène Cixous y Clarice Lispector ya lo sabían: su experiencia de la escritura femenina es testimonio de ello.Leer y escribir deforman el tiempo, pues, existe además una forma extraña de lectoescritura: el déjà-vu de todo lo que aún no has leído y escrito. Cuando finalmente se desvela —como un algoritmo místico—, te reconoces en la escritura, porque escribir siempre es reescritura. Y el acto de leer, es la bendición.Si el yo es capaz o no de quitarse de en medio no es cosa de la voluntad racional. Tan solo hay un faro, un propósito: el extrañamiento de moverse por lugares que una ha atravesado cientos de veces y, a pesar del presente de la incertidumbre, reescribir in aeternum una certeza: el vacío. Una ha de comerse este vacío. Oh, qué absoluto y maravilloso fracaso el del cuerpo hecho del miedo al vacío. Me he de detener un instante aquí: las últimas palabras me han revelado déjà-vu. ¿Podré estar presente cuando algo acontezca, aquí y ahora?Es desde este vacío que nos acercamos al cuerpo del prójimo. Lo hacemos con el anhelo de comprender los principios que rigen el uso de la gramática propia, con la finalidad de convergir en comunicación. Mi experiencia es que este acercamiento es un gesto performativo que se lleva a cabo desde la fantasía de entrar en comunión con la herida de cada persona. Buscamos una sintaxis que dé sentido al don que esconde cada herida. Esta sintaxis es presilábica, escrita con leche materna, como decía antes.Tú, estimado lector, no lees este texto: te inscribes en él a medida que te mueves con él. La paradoja es que yo todavía no sé escribir —dudo de si realmente sé leer—, porque cada vez que me muevo entre estos dos verbos lo hago con desasosiego e incomodidad. Cultivar la paciencia y la curiosidad, pero también la frustración y la alegría del hallazgo, es la única manera que he encontrado de continuar ensayando. Si en uno de estos movimientos silenciosos de la pluma nos emocionamos juntos, habremos engañado por un instante el tiempo. Quizás esta fue la invitación de val flores: leer desde el cuerpo para reescribirlo.