Fracasar mejor contra la presión de tener que tener éxito
En nuestra sociedad, neoliberal, se impone una dialéctica perversa de éxito-fracaso, como si el fracaso fuera el umbral del éxito
PalmaDeberíamos “fracasar mejor”, nos aconseja Beckett. Jorge Riechmann convirtió el consejo en el título de un libro precioso. En esta estela, hace muy poco, ha llegado a las librerías Gran manual del fracaso, de Juanpe Sánchez López. El comienzo me golpea como una pedrada desde la infancia: nos cuenta que de pequeño fue un niño gordo y gay, por eso sentía que no podía fallar en nada más. Y como si dibujaran el mapa de la misma experiencia, Sara Torres empieza Lo que hay así: “Soy una niña que recogía flores y volvía a casa con el vestido sin ningún pliegue y la diadema bien colocada. Nunca subí a los árboles, no jugué con pelotas”.
Existe una vara de medir, recta, silenciosa, persistente; que muchas llevamos bien cerca de la conciencia. La palabra justa, el gesto medido, la risa suave, la comida sana, el deporte por fuerza, el corsé imbatible que nos tiene que salvar del fracaso. Queremos salvarnos porque vivimos el fracaso como una sensación de pérdida, de no ser lo suficiente, de no poder ser mejores de lo que somos. De no estar donde querríamos en este momento preciso de la vida, de no haber cumplido las metas que nos habíamos marcado hace tiempo. De tener un cuerpo vulnerable, de habernos tragado el veneno aunque sabíamos que no era amor.
En nuestra sociedad, neoliberal, se impone una dialéctica perversa de éxito-fracaso. Como si el fracaso fuera el umbral del éxito, un estadio del aprendizaje, que siempre tiene que tener la mirada puesta en el éxito. Nos dicen que aprendemos del fracaso, pero lo que aprendemos no es a no equivocarnos, sino a equivocarnos mejor. Juanpe revuelve la dualidad éxito-fracaso, se niega a entender la vida como si fuera la flecha que busca, unívoca, el centro de la diana final. Prefiere ser la risa de los amigos que toman algo, sin prestar mucha atención a la flecha, sin tener en cuenta las puntuaciones del juego.
Vivimos un presente apocalíptico: la muerte de la poesía, del yo, del autor, de los libros; el final del amor, de la historia, de todas las cosas (menos del capitalismo, que quedará hasta el final, a contemplar la derrota). La crónica de una muerte anunciada, la sensación de fracaso colectivo y singular, secuestra nuestra capacidad de acción. El cinismo cubre cualquier resistencia posible. Las narrativas prediseñadas nos empujan a participar en una carrera de la cual hace rato que somos los perdedores.
Ideales sociales
Sabemos, gracias a los feminismos, gracias a las apuestas éticas de los movimientos queers y antirracistas, que el éxito que perseguimos va unido al cumplimiento de unos ideales sociales que no son originales ni inocentes. Tener éxito, nos dice la vocecita neoliberal, es reproducir los roles que mantienen el sistema capitalista: trabajo (y productividad), casa (y familia), pareja (y monogamia). Desde aquí, controlan nuestras expectativas y cartografían la vida, nos estructuran los ritmos de la felicidad.
El Gran manual del fracaso nos invita a huir de la prisión de las expectativas, no para convertirnos en narcisos de alma libre, sino para atarnos a la vida sin coraza ni espada. Siempre estamos a tiempo de deshacer aquello que ya no nos vale, que nos hace daño; a tiempo de cuestionarnos si no queremos aquello que deberíamos querer.
En la página que abre La seducción, de Sara Torres, encontramos: “Para mí, la historia del deseo es fundamentalmente la historia del fracaso, todo aquello que he querido y no ha podido ser, todas las veces que he temblado en la distancia entre mí misma y aquello que quería”. Quizá se trate de esto, de romper la vara, de dejar de medirnos, de hacer sitio al temblor. El grupo Mishima nos lo promete con aquella canción, “volverás a temblar”, podríamos añadir, si no fuera por demás, “fracasar es sinónimo de vivir”.
Al leer este libro, recordamos que no estamos en una carrera individual, ni siquiera cuando el miedo nos pone a prueba. Existimos porque una red de manos nos saca, continuamente, de alta mar. Frente a la dialéctica dominante de éxito-fracaso, justo en la otra orilla, nos espera la amistad. Los instantes que compartimos porque sí, en un castillo lejano, más allá de cronos, más allá del tic-tac de la maquinaria. Las amigas, los amigos, amores del alma, hacen el milagro, perforan la carrera invivible y frenética, para dejar entrar la alegría. Para asegurarnos de que han visto nuestras sombras y nuestras luces, y nos quieren tal cual así.
Nos miran a los ojos y nos prometen: tenemos tiempo, darling.