(Al final?) septiembre

Septiembre suena a alivio. Aunque sea un poco impostado. En cierta manera, es como si después del desbordamiento que representa el verano en Mallorca, las aguas volvieran a su cauce cuando llega septiembre. Sé, sin embargo, que esta es una sensación muy subjetiva: para los docentes comienza un curso tenso, los trabajadores de la hostelería no ven todavía ningún signo de alivio en el horizonte, quien busca casa para vivir no tiene esperanza de que a medida que vaya terminando la temporada vayan saliendo oportunidades para alquilar un piso o una casa, más bien sabe que los precios continuarán subiendo y las posibilidades, reduciéndose. Quizá lo único que baje sea un poco la temperatura, pero ni eso ahora mismo es seguro del todo. Vivir en esta isla –especialmente en verano, pero no solo– se parece cada vez más a una cuestión de resistencia que de existencia, y cada cual se adapta como puede. Algunos, los que pueden, parten a buscar geografías más frescas y con menos personas por metro cuadrado, otros (los que tienen) se autoconfinan en sus viviendas aferrados al aire acondicionado. Otros, entre los cuales me cuento, entramos en una especie de periodo que podríamos llamar de letargo estival, talmente animalillos (que es lo que somos) en proceso de adaptación. Es decir, entramos, como reza la definición de letargo, en un “periodo de inactividad o reducción de las funciones vitales para adaptarse a condiciones ambientales desfavorables, como una temperatura extrema”. Cada cual se adapta y resiste como puede este paraíso fake que es a la vez infierno para demasiada gente. La que es ahora, precisamente, cuando más trabaja, y en condiciones más duras, o no tiene casa ni refugio, ni tiempo ni posibilidad de adormecerse, o llega en una patera con una esperanza que se va deshaciendo por el camino. El mundo es, en general, cada vez más arisco y Mallorca, a pesar de las imágenes de postal, no es ajena –aunque sí privilegiada– a los verdaderos fundamentos de la arquitectura violenta que construye estos mundos, también de falsos paraísos, que algunos tenemos (todavía) la suerte de habitar. Este viernes día 4 se estrena en las salas de CineCiutat el documental Soportando el paraíso, de Marga Melià. El documental recupera conversaciones de Marga Melià con artistas mallorquines y las pone en diálogo con el presente de la turistificación y la gentrificación de la isla. Vendemos un paraíso, de postal o de catálogo inmobiliario, da igual. En esto nos han especializado. Tanto, que incluso nuestras manifestaciones antiturísticas –y si no hubiera sido por el afán este año de la Policía de poner un poco de cruda realidad a base de porrazos, como muestra de la verdadera respuesta represiva que querrían aplicar a todos los que se atreven a molestar la imagen del paraíso– se convierten más en un catálogo vistoso de expresiones creativas del hartazgo isleño para las fotos (¡quién sabe si acabarán convertidas en postales?!), que en movilizaciones verdaderamente incisivas que hagan tambalear las responsabilidades políticas ante las nefastas consecuencias ecológicas y sociales de este modelo.Hace tiempo que políticamente se han asumido los efectos colaterales de la turistificación absoluta de nuestra economía y nuestra realidad, y con ellas las manifestaciones y acciones veraniegas. Aunque es cierto que cada vez hay más voces críticas y articulación colectiva ante estas consecuencias a las que nos pretenden hacer adaptables, hace tiempo que quien gobierna ha convertido el turismo, no en un medio sino en un fin en sí mismo. Podríamos decir que, también políticamente, cada vez es más evidente que lo que determina la toma de decisiones y las políticas económicas, no es que ‘vivamos del turismo’, sino que está asumido de manera descarada que el turismo vive del territorio y la sociedad que lo sostiene, y que hay que sacrificar (y aguantar algunas rabietas en forma de manifestaciones) para que continúe siendo ‘el tractor’ de la economía. No de la sociedad que les vota y a quien se supone que representan, sino de las ‘sociedades’ anónimas y mercantiles, ‘familias’ inversoras y fondos ‘buitre’. Todo un conjunto de conceptos usurpados para disfrazar a los verdaderos actores de esta película. Además, ya cuentan con ello, ellos también, que al llegar septiembre, llega (al menos a nuestro imaginario colectivo) el inicio de lo que se conocía antes como temporada baja, y con ello bajan también los ánimos de protesta y reivindicación y habrán garantizado, para algunos, una buena caja, una temporada más.