La factura
Unos políticos dicen que el Impuesto del Turismo Sostenible debería subir dos euros. Otros quieren cuatro. Mañana alguien propondrá seis. Mientras tanto, los hoteleros lo miran de reojo, no sea que esta subasta acabe subiendo demasiado. Por otro lado, hay un Gobierno que procura no mojarse mucho, no sea que alguien le pase factura en las próximas elecciones. Yo escucho a unos y a otros con cierta fascinación, porque siempre me queda la misma pregunta: ¿dos o cuatro, en base a qué? ¿Por qué cuatro y no tres? ¿Por qué dos y no siete? ¿Qué cálculo nos ha llevado exactamente hasta esa cifra?Que yo sepa, ninguna. Es una manera bien curiosa de hacer cuentas: primero decidimos cuánto queremos cobrar y después ya miraremos qué cuesta. Si vamos a cenar y cuando pedimos la cuenta el camarero nos pregunta si preferimos pagar dos, cuatro o seis, seguramente le pediremos una cosa más elemental: la factura.Pues eso es exactamente lo que nos falta.Cuando un turista parte de las Islas ha pagado el hotel, el restaurante, el avión, el coche de alquiler y todo lo que le hemos querido cobrar. Pero hay otra factura que no sabemos si ha pagado entera: la de los efectos que su estancia deja sobre los demás. Hay, por lo tanto, muchas cuentas sin cobrar. Pero no son exactamente del turista. Él paga lo que le pedimos. Somos nosotros quienes no le hemos presentado toda la factura.Los economistas las llamamos externalidades: efectos de una actividad sobre terceros que no quedan recogidos en el precio. La factura que buscamos es el coste que estos efectos tienen sobre el bienestar de quienes vivimos aquí. Y no es suficiente con sumar los gastos de las administraciones. Una parte del coste aparece en los presupuestos públicos; otra la sufrimos en forma de congestión, presión sobre la vivienda, escasez de agua, saturación de espacios o, sencillamente, pérdida de tiempo y de calidad de vida.No todo será fácil de convertir en euros. ¿Qué vale una hora perdida dentro de un atasco? ¿Qué coste tiene el hecho de que encontrar vivienda sea cada vez más difícil? No saber poner precio a una cosa es muy diferente de pensar que no cuesta nada.Hay otra cuestión que para mí es importante. Cuando hablo de turismo no pienso solo en quien duerme en un hotel o en una vivienda vacacional. También pienso en quien tiene una casa en las Islas y viene a pasar las vacaciones. Que duerma en su propia casa no hace desaparecer los efectos de su presencia. Aquella casa forma parte del parque residencial, aunque se utilice solo una parte del año; y cuando está ocupada consume agua, utiliza carreteras, infraestructuras y servicios.A la factura, por tanto, le debería ser bastante indiferente dónde dormimos. Un hotel, una vivienda alquilada o una segunda residencia pueden generar costes diferentes, pero todos deben entrar en la cuenta. Si solo miramos las plazas turísticas regladas, dejamos una parte de la actividad fuera de la fotografía.Y tampoco basta con contar cabezas. No es lo mismo venir tres días que pasar allí tres meses. Importa cuánta gente viene, pero también cuánto tiempo está, cuándo viene, dónde se concentra y qué presión ejerce sobre recursos que no son infinitos. Por eso, más que de número de turistas, prefiero hablar de nivel de actividad turística.Además, la factura no tiene por qué crecer al mismo ritmo que la actividad. Un coche más en una carretera vacía casi no se nota; en una carretera colapsada es otra historia. Con el agua, la vivienda, los servicios y determinados espacios puede pasar algo parecido. Cuando nos acercamos a los límites, añadir más actividad nos puede salir cada vez más caro.Esto es lo que deberíamos saber. No busco una gran cifra que diga “el turismo cuesta tanto”. Me interesa saber qué factura tenemos con diferentes niveles de actividad y cómo cambia cuando aumenta o disminuye. Quizá algunos costes crecen poco y otros, mucho. No lo sabemos. Y este ‘no lo sabemos’ me parece bastante más riguroso que algunas cifras que circulan con una seguridad admirable.Y así volvemos a los dos euros y a los cuatro. A ratos, el debate sobre el Impuesto del Turismo Sostenible parece una subasta al revés. Yo empezaría por una cosa bastante menos emocionante: haría la factura.La haría, eso sí, sin decidir antes qué resultado nos gustaría obtener. Si hay efectos positivos que no estén ya recogidos en la actividad económica, también deben entrar en la cuenta. Si hay cosas que no podemos estimar con suficiente rigor, se debe decir. No buscamos que la factura salga grande ni pequeña. Buscamos que sea creíble.Después están los hoteleros. Las patronales representan a sus asociados y es muy legítimo que se preocupen por los márgenes, los costes y la competitividad de sus empresas. Lo que sería más sorprendente es que se preocuparan primero por nuestra cuenta de resultados. Los tenemos que escuchar, naturalmente. Conocen el negocio y tienen información que necesitamos. Pero una cosa es escucharlos y otra, darles la calculadora.Cuando una patronal dice que cuatro euros pueden perjudicar la competitividad, puede tener razón. También podría resultar que cuatro euros fueran demasiado poco. Sin conocer la factura, no sabemos ni una cosa ni la otra. La factura de las Islas no la puede calcular quien tiene interés en que salga barata. Y tampoco me tranquilizaría mucho que la calculase quien tiene interés en que salga cara.Yo encargaría el trabajo a un grupo de expertos de reconocido prestigio, independientes tanto de los sectores afectados como del Gobierno. Economistas y especialistas en vivienda, agua, movilidad, territorio, servicios públicos y medio ambiente. Con los datos, la metodología y los posibles conflictos de interés sobre la mesa. Que calculen lo que se pueda calcular, estimen con rigor lo que se tenga que estimar y digan también lo que no podemos saber.Entonces sí que tendríamos un debate político interesante. ¿Qué parte de los costes externos ya está cubierta? ¿Cuál queda sin pagar? ¿Quién debe asumirla? ¿Tiene sentido cobrar igual a formas de actividad que pueden generar costes diferentes?Entonces sí que podemos discutir cómo lo tenemos que cobrar.Hasta entonces podemos continuar con los dos euros, los cuatro o la cifra que haga más fortuna aquella semana. Pero no confundamos una posición política con un cálculo económico.¿Dos, cuatro o cuarenta?No lo sé.Y me sorprende que haya tanta gente que sí.Solo sabremos si son dos, cuatro o cuarenta cuando tengamos la factura.Ya es hora de hacerla. Y solo entonces sabremos de cuánto es, realmente, la cuenta sin pagar que el turismo nos deja cada temporada.