El efecto Rosalía
Dejé de pinchar el día que comprendí que no ponía música para la gente sino contra la gente. Tampoco es que haya un gran mercado para DJ que se toman sus sesiones como tesis doctorales y que leen la pista del revés, sometiendo con dancehall y hip hop al público indie o saliendo del armario como grandes amantes de la Fania en una fiesta punk. DJ Kabotzilla, siempre oportuno (si se trata de destruir Tokio y tus ganas de pasártelo bien).
A menudo me piden de dónde surge esta necesidad de ir a la contra. Nunca he sabido si es una forma de significarme, de reivindicar mi individualidad o es más bien una forma de hacerme de más, deir de guays. Quizás sí es pura vanidad, pero en todo caso es una vanidad productiva que ha tenido efectos positivos: me ha mantenido en constante movimiento y atento; ha impedido que mi curiosidad se apagara. En materia de música y referentes culturales, somos poco sospechosos de haberme quedado anclado en la nostalgia. No tengo demasiadas vacas sagradas y no ha sido hasta que mi hijo me pidió qué escuchaba de joven que he vuelto a discos que fueron esenciales en mi formación como persona y en la de mi gusto estético. Incluso en la de mi visión política y moral del mundo.
Porque en realidad esta necesidad de poner en duda el consenso, de ser una cuña constante que abra cruces en todos los muros, es una posición también política. De hecho, es justo eso: para mí el arte es sobre todo político, una forma de posicionarse ante la vida, una actitud.
De esta actitud surge lo que podríamos llamar como Efecto Rosalía.
Me explico: dado que todo el mundo está hablando de lo mismo y parece crucial tener una opinión sobre el disco del momento, yo, que por si no había quedado suficientemente claro somos un tocapilotas de primer orden, me he negado de lleno a escuchar Lux. Me niego. Y me niego porque mi necesidad de confrontar y oponerme a esa sensación de obligatoriedad que envuelve ciertos fenómenos culturales es superior a mí.
Por ejemplo, ni de cachondeo pienso ver Sirado. De hecho, todavía no he visto Breaking Bad, aunque si me dieran un euro por cada vez que alguien me ha dicho "debes verlo", tendría para pagarles a todos una cena. O precisamente por eso: me ha costado años ver disciplinadamente Los Soprano, más allá de algunos episodios dispersos, y he dejado de escuchar a grupos que me encantaban por empalagos popular, cuando empiezo a ver que espacios que consideraba míos, un tesoro íntimo, una expresión de mi individualidad, de repente se empiezan a llenar de gente extraña persiguiendo la tendencia del momento.
¿Me considero mejor que los demás? ¿Somos tan creído y pedante? ¿Me pierde muchas cosas? ¿Importa? Sé las respuestas a todas estas preguntas (Probablemente/Sí/Sí/No). También sé la respuesta a una última cuestión: ¿pienso cambiar de actitud?
Creo que puede intuir lo que vendería justo después.
Me cae bien Rosalía y no tengo ninguna duda de que es el artista más relevante del momento. Seguro que Lux es un gran disco que captura el zeitgeist de forma clarividente. Pero no lo pienso escuchar. Ni pienso ver Sirado. De verdad que no. Paso total.