La ecovengadora ‘topless’

Me encantaría deciros que soy una de ellas, de aquellas personas asertivas que dicen lo que piensan y hacen escuchar su voz. No lo soy. Soy de aquellas que ante un conflicto o una leve amenaza se hace pequeña. Eso sí, unas horas más tarde gano todas las discusiones dialécticas en la ducha. Me tendríais que ver: soy rápida, con argumentos afilados y hago valer mi parecer. Incluso me puedo permitir el lujo de emplear la ironía, elevando mi posición frente al adversario. En la ducha. Sola. Muy triste, todo ello. Por lo tanto, cuando me encaro con alguien, tened bien seguro que ha tenido que ser algo grave. Y eso es, precisamente, lo que me ha pasado este verano.Para poneros en contexto, hemos pasado unas semanas de vacaciones en el norte de Mallorca, cerca de la zona de donde eran mis abuelos y donde veraneaba de pequeña. Mi nueva rutina ha consistido en esperar para ver salir el sol (ventaja de un niño que no duerme), ir a la playa a las 9.00 y volver a las 11.00. Y, de manera involuntaria, convertirme en una especie de Capitán Planeta ‘topless’. Ya lo dicen: no todos los héroes llevan capa; algunos ni siquiera llevan la parte de arriba del bañador. Y si hay una cosa que no puedo entender y que cada año llevo peor es el tema de las duchas públicas en la playa. Puedo comprender que te duches, que te aclares las algas —muchas, muchísimas, que hemos tenido este verano y que nos han regalado playas vacías en pleno mes de agosto—, pero no que estés más de un minuto en la ducha. Si por mí fuera, el botón te tendría que dar un calambrazo si lo tocas más de una vez; como unos Juegos del Hambre en versión mediterránea. Has venido a la playa: sí o sí te llevarás unos granitos de arena entre los dedos. Espóiler: mojarte las chanclas solo empeorará la situación, ya que ahora eres una esponja con patas. Si mis bufidos y gruñidos no te han incomodado, además de un bebé en brazos que te mira igual de mal que yo, no sé qué lo hará. Mi táctica es sencilla: espero pacientemente un turno de ducha —dos, porque me siento generosa—, empiezo a balancear el peso sobre un pie y el otro, exhalando cada vez más fuerte por la nariz. Y ya directamente paso a la acción y explico en inglés que en Mallorca no tenemos agua y que deberíamos ir acabando… La mayoría de gente se sorprende; algunos hacen como si la cosa no fuera con ellos y otros se encaran. Me encantaría pensar que les molestan a partes iguales: los granos de arena y la loca que hace topless que les habla en tres idiomas para que elijan en cuál se quieren ofender.

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En el concurso de castillos de arena del pueblo, unos jóvenes llenan cubitos con el agua de la ducha. Me acerco y les explico que mejor cojan agua del mar, que más vale no desperdiciar agua clara. Ellos, y sus tres cabezas más altas que yo, se encogen de hombros y dan media vuelta. Después, vienen los niños pequeños, siguiendo el ejemplo de los mayores, y se lo vuelvo a explicar al estilo Club Super3. Y después viene una madre. ¡UNA MADRE local! Así, en mayúsculas, para que quede constancia de la gravedad de la cuestión. Le digo que coja agua del mar, que si les decimos a los niños que no lo hagan, deberíamos predicar con el ejemplo. “En el mar hay algas” es su respuesta. Mis ganas de matar van en aumento y hoy no pienso esperar a llegar a la ducha. “Es un concurso de castillos de arena. Son algas, no ántrax”, respondo. Me felicito por este comentario tan perspicaz y en su respuesta se limita a decir que vaya a regañar a los adolescentes. Nos enganchamos mientras le digo que ellos ya lo saben y que me da bastante vergüenza tener que echar la bronca a un adulto. La tía empieza a gritarme y yo, niño en brazos, le digo que estoy perpleja, ¿¡que no ve qué pasa a su alrededor!? Ella insiste en que es su derecho (¿legítimo, imagino?) y anima a sus hijos a llenar más cubitos, hasta que su pequeño le pide que se vayan a coger agua del mar. “No, tú harás lo que yo te diga, porque yo soy la adulta y he dicho que la cogemos de aquí”. Solo diré que cada vez entiendo más a Michael Douglas en Un día de furia.

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Mi figura de ecovengadora no debería existir. En un momento en que medio mundo arde —además, a las puertas de casa—, en que el mercurio escala temperaturas dignas de Mad Max y con un futuro sombrío, ¿qué hacéis con vuestra vida? Los recursos no salen de manera mágica de un botón, por mucho que nos lo haya parecido durante todos estos años. El agua es un bien escaso y a estas alturas no hay ninguna excusa para hacerse el tonto. Leo noticias sobre hoteles que pagan multas irrisorias mientras pueblos enteros llenan cubos para encarar los cortes de agua; de lagos artificiales y fiestas donde nadan en la abundancia de quien se piensa que su riqueza le mantendrá sano y salvo, y creo que no acabamos de entender de qué va esto. Sí, todos deberíamos salir de las zonas de confort y ayudar a hacernos mejores los unos a los otros. Con todo, nuestras pajitas de papel, vasos reutilizables y separación de residuos no pueden llevar todo el peso de la lucha climática, ni soportar los estragos de la ecoansiedad. Porque los cambios pequeños empiezan en nosotros, sí, pero no olvidemos los lagos artificiales, las mujeres de futbolistas que cogen un jet para ir a comprar chorizo o las corporaciones haciendo oídos sordos a un mundo que nos muestra que ya no puede más.