De docentes depurados a docentes autocensurados. Por una pedagogía antifascista

Hace unos días fui de público a la presentación del último libro de Pere Carrió, El magisterio depurado en las Islas Baleares (Lleonard Muntaner, 2026). Fue en el salón de actos de la UGT, desbordada de maestros jubilados, mujeres y hombres con muchos años de libros, pizarras e infancias crecidas a su espalda que, como Pere, han aguantado y en buena parte explican el sistema educativo en las Baleares.

El proceso de depuración que Carrió detalla en su exhaustiva investigación era uno de los mecanismos de represión del régimen que buscaba, como bien expuso el catedrático Joan Maria Thomàs, borrar el concepto de escuela de la República, es decir: un modelo de escuela entendida como un espacio de formación de ciudadanas y ciudadanos. En el caso de las Islas, el proceso de depuración fue incluso más intenso que en el resto del Estado, solo comparable al de ciudades como Barcelona y Oviedo. De hecho, ya antes del proceso de depuración, también fueron muchos los y las docentes asesinados y represaliados por los golpistas. 

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El simple hecho de estar afiliado a un sindicato, como la Federación de Trabajadores de Enseñanza, o la sospecha de ‘simpatizar’ con alguna idea progresista, ya era suficiente motivo para ser apartado del trabajo de por vida. A muchos incluso les requisaron los bienes familiares. Para otros, la suspensión fue temporal. Y para todos los que continuaron ejerciendo de docentes, el sometimiento a los dictados de lo que Franco consideraba las funciones sociales de la educación generó una gran frustración. Hablamos de maestros y profesores y profesoras muchos de los cuales se formaban desde el s. XIX bajo metodologías nuevas, que entendían la educación como una herramienta liberadora, y no de dominación. Recordemos que Guillem Cifre de Colonya ya había sido décadas atrás uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, apostando por una educación no segregada, laica, significativa y accesible para las clases populares.

Como bien subrayó Bernat Sureda, en realidad el franquismo y el proceso de depuración no solo querían poner fin al ideal de escuela de la II República, sino a toda la tradición liberal acumulada que asumía la educación como una herramienta fundamental de transformación y modernización de la sociedad. La escuela se volvió a dejar en manos de la iglesia nacionalcatólica, la Falange y los comités que dirigieron la depuración de maestros. 

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Y a pesar de todo, muchos maestros depurados no renunciaron a sus ideales ni a una manera de ser que chocaba con la escuela franquista, pero que podían recrear con discreción dentro de las aulas. Muchos maestros jubilados que había el día de la presentación del libro de Carrió en la sala habían sido alumnos de algunos de aquellos maestros condenados al silencio, pero que continuaron apostando desde los márgenes por una educación democrática en medio de una dictadura.

Esta reflexión me lleva a la actualidad, cuando nos llevamos las manos a la cabeza ante las estadísticas sobre la gran cantidad de hombres jóvenes a quienes no les importaría vivir bajo una dictadura. O cuando juega la selección española contra Egipto y todo son gritos racistas e islamófobos. O cuando un docente es agredido en un instituto de Mallorca por motivos homófobos, hace solo unos días.

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Quiero detenerme aquí porque no comparto las reacciones corporativas y en cierta manera reduccionistas que he observado: no es solo un problema de homofobia. Ni tampoco es solo de pérdida de autoridad o de respeto hacia el profesorado. El tema es mucho más profundo, y también hay una parte de responsabilidad de los docentes, que, por supuesto, debemos condenar las agresiones (también cuando las sufren los alumnos y no las resolvemos ni las condenamos con la misma intensidad), pero la respuesta no puede ser la revictimización de los docentes. También hay docentes homófobos, machistas, racistas y autoritarios, por si no se habían fijado. 

Creo que nos hace falta mucha más proactividad, como nos plantea el profesor Enrique Díez en su libro Pedagogía Antifascista (Octaedro, 2025). Empecemos por asumir que el fascismo no es solo un movimiento político, sino un fenómeno educativo y que, por tanto, nos interpela y interpela nuestro trabajo y funciones como docentes. La respuesta no puede ser, como oigo en conversaciones con muchos colegas, la autocensura, como si no se pudiera hablar de cualquier tema en el aula. No abordar estas cuestiones de manera abierta –y pedagógicamente meditada– solo hace crecer el cáncer que representa el autoritarismo. 

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No existe una educación neutra, y para los compañeros y compañeras docentes que aún no lo hayáis descubierto, la idea misma de una educación inclusiva, crítica y emancipadora es contraria a los proyectos políticos de los que hoy amenazan la democracia, y que también socializan a los niños y adolescentes a través del algoritmo. Quien se piense que desde su falsa trinchera de neutralidad no sufrirá las depuraciones que están por venir se equivoca. Por eso la memoria es tan importante como la apuesta por una pedagogía antifascista como condición para una pedagogía de la esperanza.