Deseo
En este primer artículo del año el deseo empuja a escribir. Al finalizar el año, hacemos balance de la vida, de la nuestra y la del mundo que habitamos. Al empezar otro, formulamos deseos, por lo general deseos de cambio. Aunque también puede haber deseos, inmutabilidad y certeza en una realidad, pero lo único que nos deja claro es precisamente que lo único cierto es la incertidumbre y el cambio.
Los cambios, por tanto, pueden ser deseados, impulsados o sobrevenidos. Sea como fuere, siempre representan un aprendizaje a fluir sin resistencias, a soltar lo que pensamos controlar. Nos obligan a avanzar en el vacío, a modelarnos leyendo el devenir constante de las cosas, que, en este mundo de ahora, cada vez se vuelven más inciertas, más amenazantes, violentas y definitivas. Y es precisamente en este escenario en el que es necesario recuperar el deseo, problematizar el deseo, politizarlo, reapropiarnos desde la genuinidad, la radicalidad, la colectividad y el 'buen vivir'(sumak kawsay), y no desde la imposición de la saturación tecnológica, la individualidad hedonista, la sociedad del consumo, o la necesidad de evasión que genera la impotencia y el cansancio de una vida que agota.
Y justo estos días me ha llegado información de un ciclo, en Barcelona: Deseo postcapitalista Deshacer el fin: el curso que Fisher no impartió'. Mark Fisher murió hace ocho años. En los últimos meses de su vida impartió un curso en el que pretendía indagar sobre la idea del deseo por hacer pensable otra vida en común. A él se le atribuye la frase "la verdadera lucha es por la imaginación y la posibilidad". Y el mundo está ahora aquí, en esa lucha. Es ahora y aquí donde la disputa está en la posibilidad: en la que nos quieren hacer creer que no existe”there's no alternative'" de Thatcher, ya que no queremos renunciar a imaginar, construir y habitar.
A la espera del tiempo para poder adentrarme más en las lecturas y el pensamiento de Fischer ('Realismo capitalista ¿no hay alternativa, Deseo postcapitalisa' o 'K-pink') y saber que no podré asistir presencialmente a las sesiones que desde enero y hasta el mes de abril llevarán a disertaciones que me encantaría poder escuchar de Clara Serra, Amador Fernández Savater, Alicia Valdés, Carolina Yuste y Marcelo Expósito, entre otros muchos, me refugio en algunas reflexiones suyas.
Mark Fisher hablaba de "futuro cancelado" que es lo que acontece cuando la cultura empieza a repetirse: nostalgia, 'remakes' y 'revivales'. Cuando el futuro deja de ser una promesa y pasa a percibirse como una amenaza o algo simplemente ausente. No es que falten ideas, sino que lo que se debilita, dice Fischer, es la capacidad colectiva de imaginar algo verdaderamente distinto: cuando no hay horizonte también se erosiona el deseo de transformación.
Fischer instaba a utilizar lo conocido para leer el presente y no como refugio nostálgico, descartar el romanticismo de la derrota, evitar el cinismo, abrir espacios donde respirar, conectar los malestares con sus causas, no con la culpa.
Y así, entiendo yo, recuperar el deseo por lo desconocido para poder configurar futuros deseables que no reproduzcan viejas normalidades conocidas, que por viejas y conocidas quieren mantenerse al margen de los cuestionamientos y la politización necesaria que se requiere para aprender de ellas sin quedarse cautivos. Es necesario recuperar el deseo de ensayar estas nuevas formas de articulación colectiva para generar espacios y vidas vivibles y deseables como tales, ante un mundo que ahoga con retornos a viejos pasados oscuros ahora glorificados, con unos niveles de violencia, tergiversión, falsedad y manipulación inauditos. El pasado malentendido como '-a 'seguridad' es un peligro que hace que ahora mismo estructuras, pensamientos y organizaciones colectivas sólidas que podrían y deberían apuntalar el cambio deseable para dibujar horizontes ecosocialistas deseables se conviertan en espacios inmóviles que se recogen en sí mismas para mantener el ''statuquo', sin cuestionarlo. Y en este contexto, capturamos otro pensamiento igualmente revelador de Fischer: dice que el problema no es que las personas no se adapten a esa realidad impuesta oa la retrogradación, sino que se nos exige adaptarnos a una forma de vida que enferma. Es necesario, por tanto, politizar los malestares como gesto de radicalidad para disputar la vida, la posibilidad y recuperar el deseo. Un deseo que parte de otras coordenadas, que no tiene un rumbo claro más allá del horizonte común de la transformación radical para posibilitar una vida vivida con conciencia, plenitud y con la libertad como faro.