Desaparecer un poco (pero nunca completamente)
Llega un día en que todo ya te parece excesivamente repetitivo y desesperadamente aburrido. Si tomas un poco de distancia, percibes la repetición incesante de las tácticas y estrategias con las que el mundo capitalista se va reinventando, reposicionando, resituando, dejando cada vez más ‘efectos colaterales’ sobre las sociedades que, discursivamente, parece que deba salvar del abismo que las mismas dinámicas han abierto bajo nuestros pies. Te cansas de ver las dinámicas políticas de siempre en esta disputa casi infantil del ‘yo soy mejor, él es el malo’ y el aprovechamiento sin miramientos de determinadas circunstancias sobrevenidas, en forma de estallidos sociales de rabia, frustración y ejercicio sanos, necesarios y urgentes de dignidad. Ya tenemos los posicionamientos típicos y tópicos de los partidos de derecha, de izquierda, de extrema derecha, de extrema izquierda y de los que se autodenominan “transversales”, porque ya no se pueden llamar “de centro” (porque el centro no existe). ¿No os cansa?
Y mientras esta gente, que es la que copa los medios y llena el tiempo y las cabezas de la gente de manera intensiva, incisiva y sin descanso (no fuera cosa que nos quede un poco de tiempo para pensar por nosotros mismos), continúa en su espiral de refinamiento grosero y perverso, la vida de la mayoría va derivando aceleradamente hacia situaciones desesperadas, desconcertados, situaciones límite que ya cuestan de digerir, sostener, atravesar. Ahora, además, se añade un signo. Un signo de final del tiempo. Un signo inquietante: un clima crítico que nos deja incendios imposibles de apagar, noches imposibles de dormir y en los peores casos, casas imposibles de habitar.
Este año, el verano tórrido, que ya no tropical, con meses enteros de temperaturas extremas sin tregua, un mar demasiado caliente y demasiada gente haciendo como si no pasara nada, nos dejaba un desasosiego, una inquietud, una tristeza profunda, también, a veces, cuando te venía a la cabeza aquello de: “qué hemos hecho…”. Ahora también las lluvias violentamente desatadas como las que hace semanas destrozaron el puerto del Canonge y la finca de la familia de Toni Feliu, Sa Casa Pagesa, donde solo 15 minutos bastaron para dejar animales muertos, naves arrasadas, árboles arrancados y una familia sin su medio de subsistencia, nos dejan bien claro que se han roto las reglas del juego de aquello que considerábamos hasta ahora previsible; los efectos y consecuencias del estallido de todo ello no vienen acompañados de justicia, golpean donde golpean y sin miramientos, y no todo el mundo dispone de las mismas condiciones para hacerle frente.
En paralelo, la gente también estalla. El ahogo de no encontrar donde vivir, que te saquen de tu casa a los 87 años, de no tener horizonte vital, de ver a jóvenes que han tenido que cruzar el mar en patera viviendo y viendo situaciones que ninguna persona debería vivir jamás, y que una vez llegados aquí, se ven escupidos a dormir a la intemperie al cumplir 18 años, y quedan a merced de la violencia de unas calles que se esconden de las postales del falso paraíso que vendemos a cambio de miseria, precariedad, violencia, racismo, desastre… en un mundo que también se deshace. Donde la realidad más siniestra que no esperábamos vivir parece que va superando ampliamente la ficción de los escenarios más oscuros, nos toquen o no a nosotros directamente, porque todo nos toca, aunque hagamos ver que no.
No es fácil de digerirlo, todo ello. Pero hay mucha, muchísima gente que continúa, día tras día, intentándolo, intentando enderezar, encontrar alternativas, tejer vínculos, comunidad, posibilidades... Porque la vida no es más que eso, ir haciendo y no desfallecer, a pesar del desamparo que sentimos a veces cuando todo nos llega a parecer amenazador. Pero nos sostenemos en ello: en redes de apoyo mutuo (aunque no le den este nombre), en comunidades pequeñas y barrios donde se cuida la cotidianidad que es la vida, y donde se generan belleza y sonrisas en un mundo horroroso, donde se genera esperanza en un mundo que, a veces, y como decía Mark Fisher, nos aboca a un futuro cancelado a manotazos. Gente que se rompe la cabeza, dedica horas, se organiza, enfoca y persiste. Pone la cabeza, el tiempo y las horas en espacios comunes que sostienen, que acompañan, que generan un posible para vidas de aquellas que parecen no importar, no tener valor; que son violentadas, sacrificadas y deshumanizadas, si hace falta.
Hay días en que, por todo, querríamos encontrar un hueco para desaparecer un poco. Como apunta Francisco Martínez en su último ensayo, Escondites. Cómo desaparecer sin desaparecer del todo, de la editorial Menguantes. Martínez recorre, desde la mirada de antropólogo, cuevas, sótanos, garajes, refugios, túneles, trenes, aeropuertos, huertos, fotomatones, búnkeres y cables submarinos para mirar qué hacemos cuando queremos salir del campo de visión de los demás, con la idea de que estos espacios no son simplemente lugares donde esconder cosas: son espacios de posibilidad. El autor habla del escondite como un lugar donde pueden nacer otras formas de vida, relaciones y pensamientos. Desaparecer puede dar tiempo, descanso y protección, pero que solo sea un poco, ¿eh? Porque también puede convertirse en abandono o inexistencia. Por eso, el escondite necesita una salida. Como dice Martínez, “Desaparecer es bueno, pero reaparecer es mejor”. Así que no dejemos de intentarlo. Nos podemos esconder, pero para salir más lúcidos, más sosegados, un poco regenerados, y continuar.