La culpa es de los ciclistas

"La culpa de todo es de los judíos y de los ciclistas". Este lema ideado por Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, se estudia todavía hoy en las facultades de comunicación y de ciencias políticas como un claro ejemplo de falsa disyuntiva. Se dice que Goebbels planteó la idea a Hitler en plena vorágine de señalamiento y de persecución antisemita, y que éste respondió lo que muchos de vosotros tal vez habrán pensado, teniendo en cuenta el contexto: ¿y por qué los ciclistas?

El impulso del odio a menudo reposa en las capas más bajas del subconsciente. Y por desgracia, el establecimiento de falsas dicotomías y de marcos mentales retorcidos e interesados ​​no es patrimonio exclusivo de los regímenes totalitarios del siglo XX. Es una técnica tan vieja como lo son el populismo, el engaño y el ir a pie, pero que alarga su sombra hasta nuestros días, en los que la construcción de enemigos arbitrarios y comunes todavía nos salpica por todos los lados. Primero fueron las feministas, "que habían ido demasiado lejos". Luego, las personas trans. Hace unos años que Carles Puigdemont ha cedido el puesto de enemigo número uno de la patria (de la 'de ellos', naturalmente) a Pedro Sánchez, y de unos meses a esta parte parece que toca señalar la inmigración y determinadas confesiones religiosas como responsables de los problemas del país.

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Un buen ejemplo de ello es la ofensiva contra el burka orquestada por el PP y Vox en el ámbito estatal (con vistosas chispas, casi caricaturescas, en las Islas Baleares, como es el caso de la sección manacorina de Vox). No sólo porque parte de una premisa falsa, que es que el burka sería un problema real y habitual en las calles de las Islas y del Estado, sino porque tiene más de maniobra de distracción que de lucha honesta por mejorar los derechos de la población. ¿Dónde están, PP y Vox, cuando se debaten medidas de acompañamiento de las víctimas de violencia machista? ¿Dónde queda, su supuesto interés feminista, cuando quien ataca los derechos de las mujeres es un hombre blanco y, sobre todo, poderoso o acomodado? ¿Cómo se posicionan cuando se plantean vías de cooperación con los países de origen de los colectivos que están señalando? ¿Quién se beneficia realmente de todo este ruido calculado? Está claro que todo el tiempo que dedicamos a debatir sobre fantasmagorías como el burka en nuestro país, el "masivo" problema de la ocupación, la discriminación de la lengua española en los Països Catalans o bien sobre la muerte con pimientas es tiempo que no hablamos sobre problemas de verdad, desigualdades reales, vivienda, emergencia climática, condiciones dignas. Y a ellos ya les va bien, pero quizás la ciudadanía debería decir lo suficiente.

La defensa de los derechos de las mujeres, como de cualquier colectivo, requiere unos mínimos de credibilidad y coherencia. Utilizar su libertad como pretexto para señalar a minorías y para inventar enemigos colectivos pide muchos menos escrúpulos, pero parece que por ahora sale más barato. Si no, que se lo pidan a los ciclistas, los culpables más evidentes de todo lo que está pasando.