El primer cuarto
Parece que haga más tiempo, pero en este 2026 sólo hemos pasado sólo el primer cuarto de siglo XXI. Hace veinticinco años se vivían momentos de euforia. Diez años atrás se había terminado la Guerra Fría y se hablaba de la Pax Americana y de un nuevo orden mundial en el que los valores Occidentales de la democracia y los derechos humanos acabarían imponiéndose por doquier. Pero el optimismo duró poco.
Si hay una fecha que inaugura el siglo es el once de septiembre del 2001, cuando un enemigo, hasta ese momento marginal y casi invisible, atacó el corazón de Occidente y desató el fantasma de la guerra global. De repente el mundo se convirtió en inseguro y por todas partes proliferaron la paranoia islamófoba, los controles policiales, la videovigilancia... Si el siglo XX se cerró con la imagen de la gente saltando como locos el muro de Berlín ante la mirada impávida de la Policía, el siglo XXI empieza con las ordenadas colas de los controles policías armados como para ir a la guerra.
El mundo de la seguridad y el orden, que ya había sido llorado por Zweig setenta años atrás, ahora volvía a perderse. Pero no es lo único que el siglo XXI se deja por el camino. Hay una segunda fecha que determina la configuración del mundo actual: el 8 de noviembre del 2016, el día en que Donald Trump logró la mayoría de los votos electorales para poder ser elegido presidente de Estados Unidos.
Más allá de las consecuencias directas de sus políticas, Trump es la manifestación más evidente de un fenómeno de nuestro siglo que poca gente imaginaba hace veinticinco años: el retroceso de la democracia. Ante la inseguridad, real o inducida, pronto la gente no duda en sacrificar la libertad, apelando a la necesidad de control y además severidad en las leyes, abriendo la puerta a los tiranos.
La percepción de la inseguridad y el retroceso de la democracia se mantienen gracias a un tercer factor que, pese a pasar más desapercibido que los anteriores, quizá sea el más grave: el descrédito de los medios de comunicación y del mundo académico en general, y su sustitución, en buena parte, por las redes sociales y otros productos digitales. Aunque pretenden ser una herramienta para facilitar relaciones pacíficas, las redes sociales no son más que un espacio digital en el que unas pocas empresas controlan la opinión de la gente a través de algoritmos, al servicio de otras empresas que pagan por ello. Son un negocio redondo que puede ser también un arma política. De la misma forma que ofrecen consumidores domesticados, pueden ofrecer votantes convencidos (recuerden el referéndum del Brexit de 2016).
La libertad de expresión y los medios de comunicación, con todos sus defectos, son el mejor, por no decir el único, antídoto ante la tiranía –no en vano son el primer objetivo en abatir de cualquier régimen autoritario– y hay que reivindicarlos. Pero los medios no pueden sobrevivir sólo con el esfuerzo de quienes escriben, sino que necesitan el compromiso de los lectores y su apoyo, también el económico. Ahora a algunos puede parecerles una extravagancia, pero en el siglo XX la gente pagaba por leer los periódicos. Y porque los pagaban, los leían y eso les permitía entender su entorno más allá del punto de vista particular, condición fundamental para empezar a recuperar la democracia que nos están tomando. Ésta será nuestra lucha en el siguiente cuarto de siglo.