Cuando crecemos demasiado: la lección de Keynes que las Baleares no pueden olvidar

En Baleares no tenemos solo un problema de crecimiento. Tenemos un problema de cómo lo gestionamos. A menudo este debate se presenta como una discusión entre más intervención o más mercado. Pero la cuestión no es esta. La cuestión es cuándo, cómo y con qué límites se aplica cada política.John Maynard Keynes es recordado como el economista que defendía la intervención pública en tiempos de crisis. Pero su idea central es más incómoda de lo que a menudo se presenta: para poder gastar cuando todo cae, antes has de haber sido capaz de no gastar cuando todo crece. Esta es la parte que hemos olvidado.Durante los años previos a 2008, la recaudación pública aumentó con fuerza. Pero una parte relevante de estos ingresos no respondía a un crecimiento estructural de la economía, sino a un momento excepcional del ciclo inmobiliario. Eran ingresos elevados, sí, pero inestables. El problema no fue gastar. Fue gastar como si aquellos ingresos fueran permanentes.Esto no es una anomalía puntual. Es un patrón recurrente. Cuando los ingresos públicos crecen rápidamente, se genera la ilusión de que se puede sostener más gasto de manera permanente. Pero una parte de estos ingresos depende de factores excepcionales –precios, crédito, actividad concentrada en determinados sectores– que no se pueden mantener en el tiempo. El gasto, en cambio, sí que queda. Y aquí es donde empieza el problema.Cuando el ciclo se giró, la recaudación se desplomó con la misma rapidez con que había crecido. Y con ella, el margen fiscal.En aquel momento se intentó aplicar una política expansiva para compensar la caída de la demanda privada. Era coherente. Era necesario. Pero no era viable en los términos que exigía la situación.El aumento del déficit, la desconfianza de los mercados y la tensión sobre la deuda pública forzaron un ajuste prematuro. La política keynesiana se interrumpió antes de tiempo. Y el coste se trasladó a la economía real: destrucción de empleo, cierre de empresas, una recesión más profunda de lo que habría sido con un margen fiscal suficiente.La teoría no había fallado. Lo que había fallado era el momento en que se había decidido ser prudente.Este patrón no es excepcional. Es recurrente. En fases de expansión, los ingresos extraordinarios se incorporan al presupuesto como si fueran estructurales. El gasto crece sobre esta base. Y cuando el ciclo se invierte, el sistema queda sin capacidad de respuesta.El problema no es ideológico. Es institucional. Ningún gobierno –del signo que sea– tiene incentivos para contener el gasto cuando todo va bien. Es mucho más fácil gastar ingresos presentes que reservar margen para crisis futuras. Pero sin este margen, la política anticíclica deviene teórica.En territorios como Baleares, esta dinámica es aún más acentuada. Una parte importante de los ingresos públicos depende de sectores muy sensibles al ciclo, como la construcción y el turismo. Esto hace que los años buenos sean muy buenos… y los malos, mucho más difíciles de gestionar.La cuestión no es si el sector público debe intervenir en una crisis. Es si tendrá capacidad real para hacerlo. Y esta capacidad no se decide en la recesión. Se decide en los años buenos.El debate sobre la política económica a menudo se plantea en términos de más o menos intervención. Pero quizás la pregunta relevante es otra: ¿somos capaces de diseñar reglas que nos obliguen a ser prudentes cuando no lo necesitamos? Porque, sin esa disciplina, el margen fiscal no desaparece por accidente. Desaparece por diseño. Y entonces, cuando llega la crisis, ya es demasiado tarde.Ser keynesiano no es solo saber intervenir cuando la economía cae. Es saber no gastar cuando la economía crece.