No, la marea verde no hizo perder las elecciones en Bauzà
A veces se oye decir, o se lee, que la profunda derrota electoral del PP en Baleares en el 2015 fue consecuencia directa del levantamiento popular contra la aberrante política anticatalanista del Gobierno de José Ramón Bauzá. No, no fue por eso.
En caso de haber pasado tal y como asegura esta suposición, el resultado de los comicios habría mostrado una clara especificidad baleárica y, por tanto, gran diferencia con lo que reflejaron el resto de urnas regionales. Sin embargo, en todas partes fue casi igual: el naufragio del PP –por la situación económica muy grave y, en parte menor, por la corrupción–, la espectacular irrupción de Podemos con una fuerza insospechada, la contundente presencia de Ciudadanos, la ligera caída del PSOE y, en algunas regiones periféricas, los aumentos del nacionalismo progresos, el aumento del nacionalismo progresista que no compensaba a los conservadores ni hacía falta alguna a los progresistas para gobernar; y en cuanto al comportamiento por bloques, la absoluta victoria izquierdista.
No, no existió ninguna especificidad isleña por el efecto antiBauzá. De hecho, los resultados domésticos siguieron la tónica ya expresada en 2011 y que tan nítidamente se han podido confirmar posteriormente: el alto parecido que presentan los isleños con los de la Comunidad Valenciana y Aragón.
La estructura de partidos es la misma: El PP y el PSOE como fuerzas principales a mucha distancia del resto formada por los competidores y –si los necesitan– sin embargo socios respectivos: Vox y, a la izquierda, toda la constelación comunista –Podem, PCE-IU; y, además, por el diferencial autoctonista de las regiones periféricas: el nacionalismo progresista –Compromís, Chunta y los dos MÁS– y el regionalismo –PI, PAR, Existe– que presenta en Valencia la única diferencia con los otros dos territorios porque no existe oferta electoral de este ámbito desde el fallecimiento de Unió Valenciana.
Otra característica que hermana a las tres regiones: la importancia creciente del voto en clave nacional pese a la existencia de los citados partidos autoctonistas. Además, desde hace 15 años los blogs ideológicos ganan o pierden a la vez; acaso no es mucho tiempo para dar por hecha la tendencia estructural, pero tampoco es que sea algo puntualmente anecdótico.
El comportamiento en urnas de cada partido también es altamente coincidente, con ligeras variaciones. El PP aumenta o disminuye al mismo tiempo por todas partes, pero en Baleares siempre presenta un diferencial positivo sobre los resultados, que obtiene la misma marca en los otros dos territorios –y en los comicios generales sobre la media española– entre 1 y 2 puntos porcentuales. El PSOE igualmente evoluciona al alza o desciende en paralelo, pero su diferencial balear es negativo, entre 1 y 4 puntos. La tercera fuerza, Vox, mantiene en las Islas una media superior a la aragonesa en 2,5 puntos ya la valenciana en 2. En cuanto a la izquierda del PSOE no nacionalista, su comportamiento está en directa consonancia con la media general. Por otro lado, el nacionalismo de izquierda siempre funciona por vasos comunicantes respecto al PSOE y el regionalismo ha perdido en los tres territorios la presencia que llegó a tener antiguamente. Es inexistente en los parlamentos balear y valenciano y fuertemente reducida al aragonés.
Si, por tanto, la situación política en cuanto a estructura de partidos es igual a la de Aragón, si los resultados por bloques es el mismo y tan parecido resulta también en los casos concretos de las siglas de partidos, ¿qué cabe esperar que ocurra en el Archipiélago después de lo que hemos visto que ha pasado en las urnas aragonesas el pasado domingo?
No parece que sea atrevido aventurar que la suma de la derecha va a ensanchar otro pico la izquierda. Incluso podría ser que lo hiciera más de lo que ya lo hizo en el 2023 y así igualar –o quién sabe si superar– el tsunami a favor del PP del 2011, cuando logró 35 de los 59 escaños. Aragón casi ha desvanecido cualquier esperanza de victoria progresista balear en el 2027. Solo un evento con un impacto político brutal –hoy por hoy inimaginable– podría evitarlo.
Otra cosa será cómo pactarán, si es que lo hacen, PP y Vox. Dependerá de la estrategia general que imponga –como siempre– la jefatura del movimiento nacional ultra. No influirá ningún elemento autóctono.
Lo que está fuera de duda es que si cuajara una nueva alianza postelectoral entre los dos partidos derechistas, no sería como la que hicieron en el 2023, cuando los neofascistas eran muy novatos y no supieron maniobrar ante un PP muy acostumbrado a los juegos de manos de la política. Por el contrario, ahora los ultras son veteranos y conscientes de su gran fuerza frente a los conservadores. Así que sería lógico esperar que el precio que harían pagar a Prohens fuese mucho más alto que el de entonces, en especial en temas urbanísticos, lingüísticos, inmigración y desmemoria.