La conductora podrida

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04/10/2026 - 08:31 h
Jefe de redacción

Vuelvo del supermercado y veo a una mujer que conduce con una bolsa de basura sobre el capó del coche, apoyada sobre la luna delantera, en la parte del copiloto. Perplejo, no puedo dejar de mirarla. Solo se me ocurre una explicación: no quiere soportar el olor de sus propios residuos ni siquiera un par de minutos. No hace falta ser Sherlock Holmes para deducir que vive en el barrio, seguramente en alguna de las calles contiguas. Obviamos que son las 9 de la mañana, otra prueba de incivismo.

La escena, patética, funciona como una radiografía de nuestro tiempo. Vivimos en la era de la asepsia y la desodorización. Nos obsesiona el consumo, pero nos repugna el residuo. Queremos el pescado limpio, la fruta brillante y la vida envuelta en plástico protector, pero somos incapaces de convivir, ni que sea durante el trayecto de tres calles, con el olor de nuestra propia basura. Preferimos jugarnos la seguridad vial colocando una bolsa de basura sobre el parabrisas antes que soportar el recordatorio físico e invisible de que generamos mierda.

Hay algo sintomático en el coche moderno como burbuja. El interior es el templo privado: climatizado, con música a la carta y el (repugnante) olor de ambientador de pino. El exterior –el capó, la carretera, el espacio común– es el muladar. El mensaje implícito de la conductora es claro: “Que huela el barrio, que lo vea la calle, pero que no contamine mis dos metros cuadrados de bienestar. Que no me manche ni un dedo. Que no pierda ni un segundo de mi valioso tiempo”.

Nos hemos vuelto intolerantes a la incomodidad, a la espera y a aquello que es feo. No tenemos cinco minutos para bajar la basura a la hora que toca; por la noche y a pie. La prisa y la productividad son la religión de la sociedad multitarea, la de matar dos pájaros de un tiro siempre que sea posible. Es la sublimación de la clase media de eso que llaman lujo silencioso, de esas casas horribles de arquitectura uniformizada wannabe donde todo es blanco y beige, despersonalizado, aséptico, muerto. Sin un poco de color. Ni vida.

Externalizamos la suciedad, aceleramos el paso y conducimos mirando de reojo un residuo ajeno que, paradójicamente, ha salido de nuestra propia cocina. Ojalá fuera tan fácil deshacerse de aquello que nos huele mal por dentro; bastaría con sacarlo al capó, acelerar y esperar a que la velocidad se lo llevara. La conductora está podrida. Quizás ya lo estamos todos.

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